16/03/2012

“Entre todos y todas hemos construido una CLATE con madurez política y donde se respetan los valores y la palabra”

 

La CLATE es la organización más importante que tenemos los trabajadores estatales en Latinoamérica y el Caribe. Se trata de una entidad unitaria, de clase, plural, que contempla y contiene dentro de su estructura a organizaciones diversas. Cuando nace la CLATE, concurrían aquí sindicatos que por un lado pertenecían a Internacionales como la CIOLS, la CMT o la FSM, y que tenían a la vez diversas expresiones ideológicas (comunistas, social cristianos y social demócratas), o casos como el de ATE que éramos autónomos. Sin embargo, todos nos reuníamos en la CLATE y convivíamos perfectamente.

Esto se debió a que construimos entre todos un ámbito donde afloraba una madurez política importante, se respetan los valores y la palabra, o las opiniones de cada uno. Sin embargo también hubo tiempos con discusiones fuertes, no en la etapa en la que yo he sido presidente, sino mucho antes. Había varias organizaciones que militaban en la que era la rama profesional de la AFL-CIOLS, la Internacional de Servidores Públicos (ISP) (que ahora sigue existiendo pero como Internacional), y decidieron abandonar la CLATE, porque no compartían el enfoque ideológico que llevábamos entre otros, ATE, COFE y los compañeros cubanos.

Los que siempre se mantuvieron fueron los gremios de tendencia social-cristiana, que militaban en su momento en la CLAT (Confederación Latinoamericana de Trabajadores). Ellos siempre tuvieron y tienen un rol importante en CLATE, más allá de que hoy son parte de la Confederación Sindical de las Américas (CSA).

De la ISP hay algunos gremios que siguen en la CLATE y otros que no.

De todos modos hoy resulta mucho más fácil la discusión que en aquel tiempo del que hablábamos, ya que se fue dando una realidad que nos emparejó a todos. Esa fue la lucha común que dimos contra el neoliberalismo. Delineamos una política común, no sólo en la palabra y el discurso, sino también en la acción.

Después de todo lo que pasó internacionalmente con el tema sindical, y de la fusión que se dio entre la CIOLS y la CMT, hoy la CLATE vuelve a recobrar un rol fundamental en este espacio que es Latinoamérica.

 

 

Cambiar en serio o simular que se cambia

 

Hay un discurso de muchos gobiernos progresistas que difiere en la práctica de lo que enuncian teóricamente. Muchos de ellos son compañeros, como es el caso del Pepe Mujica, en Uruguay, al que nadie puede dejar de  reconocerle su pasado de guerrillero heroico y luchador de clase. Sin embargo, muchas veces parece que hubiera comprado, él también, el discurso del Banco Mundial. A partir de ello, cree que los trabajadores del Estado somos burócratas y variables de ajuste.

Esto es algo que tiene que ver con una cuestión cultural y que se da mucho en las sociedades latinoamericanas. Allí donde ha influenciado el enemigo, la derecha, el neoliberalismo, a través de estos instrumentos, que son los organismos multinacionales de crédito. Ellos siempre aparecen como gendarmes y son los que fijan las reglas, mostrándose como abanderados de la democracia y de la transparencia de la gestión pública. Son los mismos que han construido una imagen de los trabajadores del Estado, como gente que vive gracias a los favores de los políticos y funcionarios, y no debido al trabajo que realizan.

Esta forma de actuar es lo que a veces nos hace chocar con muchos compañeros, que se olvidan, cuando llegan al Gobierno, que hasta hace muy poco peleaban en la calle junto a nosotros.

Por todo ello, reitero que la CLATE puede jugar un rol importantísimo. No es lo mismo que a Mujica o a otro presidente por el estilo, le planteen críticas respecto a la negociación colectiva en Uruguay, no sólo los compañeros de la COFE, sino que a nivel de CLATE pudiéramos tener una entrevista con él y aclararle estas cuestiones.

Precisamente el tema de las negociaciones colectivas es un punto álgido en la discusión de hoy con los gobiernos progresistas. Lula no la implantó en Brasil, y en su momento se lo reclamamos.

Sin duda, hay contradicciones entre avances importantes que hacen los gobiernos progresistas y revolucionarios del continente, y el rol que debe jugar el Estado en cada uno de esos países.

De todos modos, la América Latina de hoy, con los gobiernos que se ha dado, se presenta en mejores condiciones que en los 80-90. No es lo mismo discutir en Bolivia con Evo Morales, que hacerlo con Sánchez de Lozada. No es lo mismo hablar en Ecuador con Bucarám, que hacerlo con Correa, más allá de que haya problemas y desinteligencias.

Nosotros caracterizamos a los gobiernos como revolucionarios si es que han avanzado en la transformación del Estado. Quien ha mantenido la matriz neoliberal de los años 90, como es el caso de Argentina, no puede ser considerado un gobierno revolucionario. El argentino sigue siendo el mismo Estado regresivo y represivo de aquélla época.

 

“El Estado no es asexuado”

 

No nos debemos confundir en esta etapa, tenemos que trabajar fuerte para convencer a la gente sobre la propuesta que llevamos adelante. Si bien hubo fracaso absoluto del capitalismo, también se dio lo mismo con el socialismo de Estado. No nos olvidemos que en esta última experiencia, el Estado terminó controlando todo a partir del partido gobernante. Como bien dijo en su momento, nuestro compañero Germán Abdala, “el Estado no es asexuado, tiene el color y el sexo de quien gobierna”.

La propuesta nuestra es de que lo estatal tiene que estar acompañado de lo público. ¿Qué es lo público?. No es la propiedad privada, sino es lo estatal con control de los usuarios y de los trabajadores. Ese es el modelo que sería superador de todo lo que hemos conocido hasta ahora.

 

Megaminería y resistencia popular

No hay que dejar la lucha contra la megaminería solamente en manos de las organizaciones ecologistas. Es un tema que deben dirigir y coordinar las asambleas del pueblo, como ya viene ocurriendo en Famatina, en Tinogasta, en Bariloche. En el caso argentino, esto se ha transformado en una protesta masiva, porque el pueblo la hizo suya. Greenpeace podía hacer una vistosa protesta, pero si la gente no cortaba las rutas y se movilizaba no hubiera tenido el efecto masivo que se logró.

El camino es la concientización popular: no puede ser más importante un anillo de oro que un vaso de agua. Hay que convencer a la gente que si se sigue defendiendo al anillo de oro, se van a quedar sin el agua. Y digo esto porque aún hoy hay importantes sectores de la población que no creen que se vaya a agotar el agua, o que se contamine el medioambiente. Están robando los recursos naturales y destruyendo nuestras tierras y todo lo que en ella hay.

Por otra parte, hay que combatir una campaña gigantesca a nivel mediático, de los grupos mineros, que afirma que la sociedad “no puede vivir sin minerales”. Claro que es así, pero no al costo de la minería a cielo abierto que destruye todo lo que hay a su alrededor y reparte contaminación a gran escala.

A la vez, tampoco se puede aceptar lo que dicen algunas ONGs ecologistas, que sostienen: “fuera toda la minería”.

Nosotros respaldamos el uso de la minería controlada, que por supuesto no contamina, como se viene aplicando en algunos países. De esta manera enfrentamos el discurso oportunista oficial y el fanatismo de ciertos ambientalistas.

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