20/02/2014

Urge más solidaridad internacional para frenar al fascismo en Venezuela

 

Todo se ha precipitado en el
continente. Recién va a ser un año de la muerte (¿el asesinato?) del Comandante
Hugo Chávez, y la imagen congelada de aquellos días de dolor, de rabia y por
qué no, de impotencia, se ha transformado rápidamente en otras escenas muy
distintas. El imperio no perdió tiempo, y aceleró la ofensiva que lentamente se
venía gestando y a la que algunos optimistas en exceso, no prestaban mayor atención.

Ya el propio Comandante lo
había avizorado cuando en una de las tantas confrontaciones con Alvaro Uribe
Vélez, definía a las bases militares estadounidense en Colombia como la punta
de lanza de una futura desestabilización, no sólo hacia Venezuela sino a nivel
continental.

Cebados por un resultado
electoral demasiado ajustado, producido cuando aún la población venezolana no
salía del duelo, los mandamases de Washington dieron luz verde a  una oposición que por primera vez creía hacer
pie para intentar vencer por la vía de los votos. Como ayuda extra, aparte de
los millones de dólares que reciben desde Miami y otras capitales “amigas”, la
derecha local contó con algo que ya se había probado con éxito en el Chile de
Salvador Allende, y que tiene con ver con operaciones de ablandamiento y
desgaste sobre la población, golpeando donde más duele, en su economía cotidiana.
Así se puso en marcha más desabastecimiento de alimentos y medicinas, fuga de
divisas y especulación con el precio del dólar frente al golpeado bolívar,
sabotaje energético, campaña de rumores, y todo el fuego graneado de las
corporaciones mediáticas. Sin embargo, la reacción del gobierno de Nicolás
Maduro fue severa y a punta de leyes correctivas y sanciones a los
especuladores se pudo llegar a una nueva confrontación electoral en la que la
oposición recibió otra cachetazo en sus ambiciones de poder. Esto ocurrió
también porque el pueblo venezolano, ese porcentaje importante de personas
agradecidas por todo lo que ha recibido de la Revolución, a pesar del desgaste
notorio que le produce la guerra económica no dudó en unir filas y “restearse”
con los suyos.

A partir de ese momento, el
imperio puso en marcha una nueva etapa de su ofensiva, eligiendo para ello la
tan temida vía de la violencia fascista.

Todos recuerdan cómo comenzó
la campaña de apoderarse de Libia. Y lo que vino después en Siria, y lo que
está ocurriendo ahora mismo en Ucrania. Países donde se pasó, en un corto
período de tiempo, de la estabilidad y una regular convivencia a la destrucción
de la mayor parte de sus infraestructuras, y al asesinato de la población,
cuantificada en decena de miles.

Como si fueran fichas de
dominó, el efecto fue dando sus frutos para la política de injerencia e
intervención imperialista. Esto no quiere decir que no se resista (Siria y
Ucrania lo siguen haciendo) pero quién consuela a miles de personas que vivían
más o menos en paz y hoy miran a su alrededor y sólo ven escombros, muerte y
miles de desplazados y refugiados.

El manual de operaciones fijado
por el Pentágono es sencillo: torpedear las economías de aquellos a quienes se
intenta conquistar, y luego acudir a los “civiles” del lugar (o de otras
latitudes como es el caso de los mercenarios de Al Qaeda o Al Nusra, en Medio
Oriente) para que emprendan la guerra devastadora que aniquile cualquier
resistencia.

Venezuela y su petróleo, tan
ambicionado por Estados Unidos y la Unión Europea, no podían escaparse de estas
maniobras.

La criminal escalada fascista
que se ha puesto en marcha en Caracas y en algunos Estados claves, utilizando a
algunos jóvenes de clase media alta y contando con el sostén de la burguesía
empresarial (los mismos que dieron el golpe en 2002 y que lamentablemente no
fueron desarmados y  castigados
contundentemente) no es algo que se pueda minimizar.

Por otro lado, los hechos que
se desencadenaron en la “Media luna” venezolana, integrada por Táchira, Zulia y
Mérida, aprovechando la presencia no sólo de importantes sectores de la
oposición más extremista y el concurso de los paramilitares colombianos que
entran y salen sin demasiados problemas, obligan a recordar otra vez a Libia y
Siria. O mejor dicho a Benghasi,  Homs o
Aleppo, ciudades donde los mercenarios pro-yanquis se atrincheraron para
embestir contra Gadaffi y Bachar Al Assad.

Tampoco hay que subestimar el
rol que puede jugar de aquí en más, ese cachorro de la CIA llamado Leopoldo
López, quien pocos minutos antes de ser detenido dejó como “herencia” un video
en el que convoca a sus huestes a la “resistencia” para derrocar al Gobierno de
Maduro. Su mejor partenaire, él lo sabe, se llama Barack Obama.

Frente a este estado de
cosas, el pueblo venezolano está poniendo, como siempre, lo mejor de su
compromiso. Se ha movilizado masivamente acompañando las convocatorias
oficiales, ha rechazado los llamados a la huelga y al sabotaje, y pone el
cuerpo frente a los violentos, que impulsan a sus sicarios a matar fríamente,
tanto a chavistas como a manifestantes de la oposición, pensando en sacar
ganancias de futuras respuestas entre unos y otros.

No poca importancia tiene
también el papel que están jugando las Fuerzas Armadas Bolivarianas, rechazando
una y otra vez los cantos de sirena de la derecha, y ratificando la lealtad a
la Revolución y el Socialismo a construir. Todos sabemos que sin este bloque
uniformado hubiera sido muy difícil sostener el actual andamiaje de poder. Algo
en lo que han jugado un papel fundamental el Comandante Chávez y Diosdado
Cabello.

 

Lo que está faltando

 

En medio de escenas de
incendios, barricadas, bombas y una espectacular y masiva campaña de
desinformación protagonizada por el terrorismo mediático, hay un ingrediente
que se echa en falta. Pareciera que en esta ocasión al continente y a sus
organizaciones de integración (Unasur, CELAC) les vienen fallando los reflejos.
No es malo que se hagan manifiestos  y
declaraciones de buenas intenciones a nivel solidario, pero con eso solo no
alcanza. Sirven para que la gente de a pie exprese sus adhesiones y repudios,
pero la batalla que se está librando exige mucho más que eso. Casi por
mecanismos de autodefensa, las instituciones y los presidentes latinoamericanos
deberían convocarse en Caracas, o donde les venga más a mano, y devolverle a
Venezuela Bolivariana, lo mismo que ese país tanto ha dado: solidaridad concreta,
sin atajos ni mezquindades.

Recordemos lo útil que fueron
estas intervenciones en el caso de Bolivia y Ecuador, ayudando a desactivar con
sus presencias golpes de Estado en desarrollo.

“Si nos tocan a uno, nos
tocan a todos”, suelen decir los luchadores sociales, y tienen toda la razón
del mundo. El tema es que los de arriba entiendan ese significado antes que sea
demasiado tarde.

Al fascismo no hay que
concederle ni tiempo ni ventajas adicionales. Si eso ocurre, nos pueden
aniquilar, ya lo hemos visto en infinidad de oportunidades. Una reflexión que
vale tanto para quienes hoy gobiernan en el Palacio Miraflores, a los efectos
de que sigan radicalizando la Revolución a la vez que combaten los focos
violentistas de la derecha, y también para cada uno de nosotros que estamos
dispuestos a que ese proceso que tanto esfuerzo le costó construir al
Comandante Supremo Hugo Chávez y a su bravo pueblo, no se pierda ni retroceda. Es
evidente que nos estamos jugando, entre todos, la posibilidad de concretar o no
la tan ansiada Segunda Independencia. No es poca cosa.

* Director de Resumen
Latinoamericano

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