25/06/2016

Una Europa amurallada de racismo no quiere inmigrantes

Parece de locos pero Bulgaria construyó una valla a lo largo
de su frontera con Turquía. Hungría completó en septiembre pasado una barrera
en su frontera con Serbia. Austria erigió otra en el cruce fronterizo con
Eslovenia. Muros y más muros para separarse de otros seres humanos que,
desesperados, buscan un sitio más o menos tranquilo para rearmar sus vidas.

 

Todos estos últimos meses se han visto escenas de policías
antimotines disparando gases lacrimógenos contra inmigrantes que son ni más ni
menos que hijos de las guerras que provocó y provoca Occidente contra el mundo
árabe.

 

Lo que ha pasado es que las naciones del Báltico se han
convertido en los ‘laboratorios’ de las ideas de los políticos europeos, dice
Elizabeth Collett, directora de la región de Europa del Instituto de Políticas
de Migración, un centro de estudios basado en Washington, EE.UU.

 

“Se quiere ver qué es lo que funciona y cómo funciona. ¿Debe
permitirse la entrada a los países del norte? ¿Deben cerrarse las fronteras?”.

 

“Creo que los países de los Balcanes están siendo muy útiles
para Europa al hacer lo que los países del norte no han querido hacer, o sea,
decirle ‘No’ a la gente que quiere entrar al continente“, agrega.

 

Mientras tanto las estadísticas golpean las conciencias de
muchos europeos que no se resignan a aplicar contra otros lo que en su momento
les fue insinuado a ellos mismos. Se calcula que más de 10.000 personas, todos
ellos migrantes que huían de Afganistán, Libia, Siria o Iraq, han muerto al
intentar cruzar el Mediterráneo desde 2014. Mujeres, niños, ancianos perecieron
ahogados en el intento de acercarse a la orilla de los que en importante número
los rechazan.

 

Además de su peligrosa travesía por el mar y los tratos
violentos de guardias fronterizas en algunas ocasiones, los solicitantes de
asilo que tratan de llegar a Europa afrontan otro peligro: los cazadores de
refugiados.

Es el caso de un aficionado búlgaro a las artes marciales de
29 años de edad que reside en la ciudad de Yambol, a unos 60 kilómetros de la
frontera, y que ha sido presentado en los medios de comunicación locales con el
apodo de “cazador de inmigrantes”, después de que retuviera en marzo a un grupo
de 16 refugiados sirios.

 

Se trata de un típico racista que sin duda vota por alguno
de los candidatos neonazis que han surgido en cada uno de los ex-países del
Este, se jacta de ser un “duro”, y cuenta que tras avistar a un grupo de
inmigrantes —entre ellos, tres mujeres y un niño— y repeler la agresión de
algunos de ellos, los retuvo y mantuvo maniatados hasta la llegada de una
patrulla policial.

 

El “cazador de inmigrantes” dice defender su derecho
“a proteger Bulgaria de la llegada de inmigrantes”, a los que
considera “basura”. “Son gente mala y asquerosa y deberían quedarse donde
están”, afirma Valev sobre los inmigrantes y los describe como peligrosos
“terroristas, yihadistas y talibanes”. De hecho, este sujete ha usado su
reciente fama para atraer a más gente que se le quiera unir patrullando la
frontera.

 

Otro tema que ha surgido inmediatamente de producirse las
primeras oleadas de inmigrantes es el descarado mercadeo generado por
auténticas mafias que actúan como los antiguos “negreros” esclavistas.

 

Una persona paga a los traficantes 1.300 dólares para poder
cruzar los 6 km del mar Egeo, de Turquía a Grecia. Y abonan  650 para llevar a un bebé. No es nada, frente
a los diez mil dólares que se pagan para cruzar desde la orilla marroquí hasta
la costa española, para que en pocos minutos patrullas de policías lo capturen,
le quiten el poco dinero que traían encima y los deporten en el mejor de los
casos. En el peor, los cargan en un camión y los trasladan al desierto, donde
la mayoría muere abrazado por el sol y la falta de agua.

 

De esta manera no son pocos los que están ganando mucho dinero
debido al fracaso para establecer rutas legales y organizadas para la gente
atrapada en Medio Oriente.

 

Por otra parte, así como algunos ciudadanos europeos
desafían a los intolerantes y se avienen a ayudar a los recién llegados,
incluso facilitándoles alojamiento y trabajo, otros inician campañas xenófobas
y muchas veces de gran violencia. Varios hoteles de inmigrantes han sido
incendiados en Alemania, Francia, Austria y Dinamarca.

 

Paradójicamente, en vez de ayudar a que no crezca aún más el
racismo, se da el caso de autoridades religiosas que se destacan por echar más
gasolina al fuego. Es el caso del Dalai Lama (líder espiritual del budismo
tibetano), quien  afirmó hace pocos días
en una entrevista para el el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung que
“Europa recibió a demasiados inmigrantes y refugiados y que Alemania no
puede convertirse en un país árabe”.

 

Como se ve, todas son fórmulas gestadas para rechazar y no
para integrar. Mientras tanto, la llegada de personas de todas las edades y clases
sociales (menos los más adinerados que siempre tienen recursos para no correr
riesgos ni padecer penurias) no se detiene. Las voces exigiendo “mano
dura”  también crecen al unísono. Y
paralelamente comienza a producirse con mucha asiduidad otra migración parecida
pero al revés. Azuzados por la crisis que viven la mayoría de los países del
Viejo Continente, muchos de sus ciudadanos deciden irse, ellos también, en
busca de un mejor pasar económico. Y a la vez, se alejan con gusto de sus
gobernantes, de los muros, las cercas de alambre de púa, los campos de
concentración de inmigrantes, las guerras. En fin, del capitalismo rapiñero y
voraz. No saben que muy pronto, todo empezará nuevamente a serles familiar, ya
que en los tiempos que corren no existe “un lugar en el mundo” en el que
esconderse.

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