14/10/2012

Resignación universal por hijo



Además, en esos tiempos, los calefones podían estar en los baños, lo cual fue
prohibido, y luego fue prohibido fumar hasta en los baños. Por eso usar
el papel de la biblia para limpiarse es la mayor degradación que al
libro sagrado puede hacerse. Hasta ahí el genio de Discépolo. Pero todo
cambalache, más o menos problemático, más o menos febril, degrada la
suavidad que termina siendo apta para que los trapos sucios (podría
agregar los culos, pero no voy a hacerlo) se limpien en casa.


Por supuesto, la casa es otra metáfora. La casa donde se lavan los
cu.., digo los trapos sucios es la misma donde nadie saca los pies del
plato. Pies sucios, naturalmente, para no hablar del plato. Los
cambalaches se han multiplicado, aunque ahora se llamen colectoras, o
listas testimoniales, o incluso frentes electorales. Nos manoseamos en
el lodo, y como nos gusta ver la mugre en el cuerpo ajeno, nos pensamos
limpios e inmaculados. El pensamiento de derecha es proyectivo. Jesús
advirtió sobre la necesidad de ver la viga en el propio. Anticipo del
análisis colectivo de la implicación. El pensamiento de izquierda es
introyectivo, tanto que a veces exagera y se melancoliza. Siempre hace
algo para merecer esto. Es necesario un debate sobre Izquierda, Culpa y
Castigo para poder profundizar en uno de las causalidades que terminan
en mesianismo y sectarismo. Pero no quiero melancolizarme. Quiero pensar en una variante de esa melancolización que es la resignación. A mi criterio, la marca de esa actitud que tiene un futuro político más
cercano al contra frente y a la calle sin salida, es lo que llamaré el
“teorema de las compensaciones”. El refrán que le puse letras de molde
al imperio de las compensaciones es “roba, pero hace”.
Tomar nota del “pero”. No es “roba y hace”.

Lo que de todos modos sería cambalachesco, porque es obvio que primero roba y con lo que sobra del banquete, hace. El “pero” es más absoluto. El “pero” es la impunidad. O sea: “como hace, no importa que robe”. A nadie le importa
si robó, cuanto robó, mas allá de que no huyó y tampoco lo pescaron. Una cinta de Moebius permite recorren en un eterno devenir “robar-hacer-robar-hacer”, y así hasta uno de los tantos infinitos
posibles. En un aforismo implicado, me permití invertir la fórmula:
“hace para poder robar”. O sea: no hay pero que valga. El hacer, cuanto
más, peor, es sólo una ingeniería del robo sin mano armada. Apenas es
necesario sujetar lapicera o teclado, y estampar firma hológrafa o
digital. Ejecútese. Archívese. Y que la gansa y los gansos sigan
poniendo. En ese sentido, si toda propiedad es un robo, según enseñó el
credo anarquista, toda asignación es una resignación.
Como el robo en su versión mas difundida, la corrupción, es, está,
llegó para quedarse, y siempre irá por más, entonces de ese banquete
fenomenal, que mi mente ni siquiera puede concebir, las sobras son
suculentas. No pensemos en los magros banquetes de los flacos galgos.
Hoy, superávits mediante, los banquetes son pantagruélicos, para usar un arcaísmo decadente. Por eso las sobras no son nada desdeñables.

No se tira manteca al techo. Lamentablemente, si se tira leche a la tierra.
Pero entre asignaciones, subsidios, prebendas, eximiciones varias,
impuestos al salario, al consumo, etc, parecen los clásicos almuerzos
domingueros donde se inventaba el hambre para poder seguir comiendo. Lo
grave de todo esto, es confundir el alimento conseguido con el sudor de
la frente (y de algunas otras zonas menos evidentes) que aquel que
proviene de voluntades ajenas, y que de tan ajenas, enajenan.
Cuantas veces repetimos que es necesario enseñar a pescar, no
repartir pescados. ¿Cómo nos sacamos ahora el anzuelo?

El teorema de las compensaciones pondrá las cosas en su lugar. Sin subsidios, los pasajes se irían a las nubes, incluso con el cielo despejado. Sin asignaciones, el pobre sería indigente. Y al indigente, ni el indec le hace justicia. Pero nadie ama su pobreza. El pobre sólo desea dejar de serlo, y es
bueno que así sea. Pero la clase alta está lejos y sólo se acerca a ella cuando mira televisión, esa caja nada boba pero muy perversa. En cambio, la clase media está medio cerca. Alguna vez hasta se codea con
ella en la fila del super del barrio, o en algún subte cuando funciona.
Para llegar a la clase alta sabemos que sólo tenemos dos constantes
de ajuste: el azar y el delito. Lo deportivo y lo artístico lo incluimos en el azar, porque si bien llegan los talentosos, no todos los talentosos llegan. Para llegar a la clase media, aunque sea por el
momento media baja, no es tan difícil. Ni en la lógica del consumo, ni en la lógica de la producción.

El ascenso y movilidad social no fue otra cosa que clase media.
Vituperarla es escupir para arriba y para abajo. Infiltrados,
reaccionarios, fascistas, oligarcas, garcas de todo pelaje, también,
insisto, también, están en las clases medias. Pero bastaría un paseíto
por Puerto Madero, la Gran Manzana, los barrios cerrados, los countries
todo servicio, hasta los cementerios totales, para darse cuenta que las
infamias se incuban en clases nada medias, sino totalmente
reaccionarias. Pero, teorema de las compensaciones, con discursos,
bueno, historias, bueno, relatos nacionales y populares, de batallas que jamás dieron. No es lo mismo un kirchnerista que un menemista arrepentido. No es lo mismo un luchador por la unidad popular que un kirchnerista despechado.

No es lo mismo, pero el teorema de las compensaciones explica porque parece como si fuera…más de lo mismo.
Resignarse a las sobras del banquete del Poder es el mejor camino
para convertirse uno mismo en, apenas sobras. Incluso revolucionarias.
Resignarse al capitalismo serio por no haber sabido construir un
socialismo alegre. Me temo que esa resignación es, a esta altura de los
acontecimientos, bastante universal. Y su nombre es re re elección. Y
debo admitir que una de las tantas cosas que le pido y no le pido a Dios (teorema de las compensaciones) es que la resignación no me sea indiferente.

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