27/05/2016

No es el 68 pero se le parece

No es para menos lo que ahora ocurre: el texto de esta ley,
que el mandatario dice estar dispuesto a defender hasta “las últimas
consecuencias”, contempla la primacía de la negociación directa entre
empresario y trabajador, por encima del código de trabajo y los convenios
colectivos; establece un techo en las indemnizaciones por despido improcedente
e impone las condiciones que justificarían el despido económico. El texto va en
la línea de las reformas que Bruselas exige a Francia y tanto el primer ministro
Manuel Valls como Emmanuel Macron, ministro de Economía, la defendieron porque
otorga flexibilidad a las empresas. Además, como si fueran el argentino
Mauricio Macri o el brasileño Michel Temer, los que estuvieran hablando,
aseguran que “es beneficiosa para los más jóvenes y da más garantías a los
trabajadores”. Sin duda, son tiempos en que las medidas más brutales se tratan
de vender en un paquete con hermoso moño, acompañado de gestos que edulcoren la
tragedia.

 

El anuncio de dicha legislación causó conmoción en las
alicaídas centrales sindicales francesas, que venían arrastrando crisis tras
crisis, un comportamiento no acorde a las demandas de sus afiliados, en
especial la reformista Confederación Francesa de Trabajadores (CFDT), que sólo
atinó a pedir suaves cambios en la ley, sobre todo en lo que hace a la retirada
del límite de las indemnizaciones. Sin embargo, las otras entidades del
movimiento obrero, con más intuición o 
históricamente inclinadas hacia la izquierda, no dudaron que tal
provocación del Gobierno no podía tener otra respuesta que la lucha organizada
y en la calle. Tanto la CGT como Fuerza Obrera, FSU y SUD comenzaron a reunirse
con organizaciones estudiantiles y movimiento sociales para preparar el
“levantamiento generalizado” como definió un veterano dirigente obrero.

Frente a las primeras escaramuzas sindicales, el Gobierno
apuró el trámite y este mismo mes de mayo en lugar de ponerla a debate en el
Parlamento, aplicó de urgencia una legislación que le permite dar por válido el
texto sin mayores modificaciones y sin necesidad de que los diputados la
discutan. O sea, pase directo al Senado y en poco tiempo retorno a Diputados,
donde si hubiera objeciones sería aprobada “manu militari”.

 

La ley, que ha provocado que el 70 por ciento de la población
muestre de distintas maneras su descontento, cuenta obviamente,  con el apoyo total del núcleo duro del
Movimiento de Empresas de Francia (Medef), dirigida por la millonaria
derechista Laurence Parisot, aunque paradójicamente los principales partidos de
derecha se oponen, ya que la consideran muy “suave” para la realidad que vive
el capitalismo francés.

 

Cansados de esperas y chicanas que retardaban definiciones
que los favorezcan, y convencidos de que la ley es sólo el comienzo de una
política destructora de todos los lazos de solidaridad social y preservación de
las conquistas históricas de la clase obrera, las centrales sindicales
decidieron jugarse el pellejo en un enfrentamiento a gran escala. Desde ese
momento, ya se han producido ocho grandes jornadas de protesta nacional. En
términos concretos, esto ha significado masivas manifestaciones de obreros,
estudiantes y luchadores sociales diversos que tanto en la capital francesa
como en las grandes ciudades están dispuestos a demostrarle al gobierno
falsamente socialista que la fuerza de los de abajo no es algo que se pueda
pasar fácilmente por alto.

 

Así las principales terminales petroleras y centrales
nucleares han quedado paralizadas, mientras que se producen numerosos bloqueos
en las principales autopistas, acompañados de la aparición de un fenómeno que
no es exclusivamente europeo sino que recorre todo el mundo: miles de jóvenes
se lanzan a las calles, encapuchados para defender su identidad frente a la
represión, y producen choques de gran dimensión con los policías y gendarmes
gubernamentales. Reaparecen las conocidas imágenes del Che Guevara entre el
humo de las barricadas, acompañadas de puños en alto y maldiciones al
imperialismo yanqui, a la socialdemocracia francesa y hasta vivas al Comandante
bolivariano Hugo Chávez. Otra vez, los pueblos saben de qué lado de la vereda
está cada protagonista.

 

Al calor de estas protestas también comienza a adquirir
potencia un movimiento como el Nuit Debout, surgido a consecuencia de la gran
movilización del 31 de marzo en la Plaza de la República, y que recuerda mucho
a los mejores tiempos de los “indignados” madrileños. Se trata de un núcleo
juvenil, informal y «sin etiquetas», que se propone construir una
“convergencia de las luchas”. Organizado en comisiones (coordinación,
logística, recepción y sanidad, comunicación, etc.), las tomas de decisiones se
hacen por consenso en asambleas generales.

 

Al calor de la “batalla”, a la que se han sumado
también los conductores de las grandes compañías ferroviarias y los
controladores aéreos (logrando paralizar gran parte de los vuelos
internacionales, algo que van a repetir el próximo 14 de junio), se anuncia
también una huelga en todos los aeropuertos del país para el 1, 2 y 5 de junio.
La RATP, la compañía que gestiona la red de metro de París y otros transportes
urbanos de la capital, ha convocado una huelga indefinida a partir del próximo
2 de junio, y la empresa de trenes SNCF paraliza sus labores todos los
miércoles y jueves aunque podría también convertirse en indefinida a partir del
1 de junio. Por el momento, los bloqueos en depósitos de carburantes y
refinerías, a pesar de los intentos de las autoridades por evacuar las zonas
cortadas, han dejado desabastecidas al 30% de las gasolineras del país. La situación
ha motivado al gobierno a hacer uso de las reservas de las que dispone el país.

 

Si esta pueblada no fuera suficiente para la pulseada que
libra con las políticas neoliberales representadas por Hollande (al que ya se
le pide la renuncia en cada acto callejero), los sindicatos saben que tienen
otra llave de presión, y es el refuerzo de las medidas de fuerza que ya se
anuncian durante la celebración de la Eurocopa, cuya iniciación está anunciada
para el 10 de junio. Para ese momento, los gremios sostienen que se llegará al
clímax del enfrentamiento, y suponen que el Gobierno tendrá que aflojar en su
tozudez o “arderá el país” por sus cuatro costados.

El desafío está planteado y no es menor lo que pueda derivar
del mismo. Por un lado, saber si el movimiento de protesta tiene aguante
suficiente como para, dentro de la gradualidad que se ha impuesto, obtener una
victoria, o si por el contrario, como ocurriera en otras oportunidades, las
políticas de “ablandamiento”, cooptación o directamente el auge represivo a
nivel masivo, no deviene en un nuevo retroceso. Las espadas están en alto, y
por ahora, la calle sigue siendo el termómetro de la inmensa respuesta que
genera el capitalismo con sus provocaciones.

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