15/04/2013

La fuerza de la unidad desde el respeto a la diversidad

El fallecimiento de Hugo Chávez ha sido un gran golpe para toda la izquierda coherente del mundo. Las movilizaciones en Nuestra América, como la llaman los ciudadanos de América Latina y el Caribe, demuestran el afecto que le tenían, y tienen, las clases más humildes y prueban que ha dejado medio huérfano al movimiento bolivariano, de emancipación social y política. Medio, porque, pese a la enorme e irreparable pérdida que supone la muerte del líder venezolano, afortunadamente hoy día son varios los dirigentes carismáticos y de izquierda en América.

Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador o Raúl y Fidel Castro en Cuba son los máximos exponentes, y a ellos habría que añadir a Dilma Rousseff en Brasil o Mugica en Uruguay. El propio Nicolás Maduro goza de respeto y afecto de gran parte de su pueblo. Este elenco de líderes progresistas, con sus matices y sus grandes diferencias, nos muestra una foto de América Latina muy diferente a la que, por desgracia, existe en Europa, por señalar nuestro entorno más cercano, y otras partes del mundo.

Se objetará que las políticas de los gobiernos de Venezuela, Ecuador o Bolivia en Sudamérica tienen un cariz mucho más social, y abogan por cambios políticos más radicales, que las que pueden estar llevando a cabo los gobiernos de Uruguay o Brasil, por citar dos ejemplos. Si bien esto es indiscutible, al igual que no se puede obviar la existencia de determinados errores en la gestión de algunos de estos gobiernos (papel de liderazgo de Brasil en la ocupación militar en Haití, acuerdos de compra de armamento de Uruguay con Israel…), no es menos cierto que hay que entender la realidad continental como un todo, en el que coinciden diferentes sinergias que son cruciales. Esto, que la derecha a nivel mundial tiene muy claro cuando se trata de atacar y agredir a los diferentes gobiernos de izquierdas y progresistas de América Latina, se nos olvida demasiado a menudo a los militantes y movimientos sociales de izquierda en Europa.

En este contexto, existen dos países claves en el panorama de América Latina, por su peso específico económico y su importancia geopolítica. Sí, estamos hablando de Brasil y Venezuela. Estos países, a pesar de haber llevado a cabo políticas diferenciadas, han actuado de forma complementaria en muchos aspectos. El hecho de que el Gobierno de cualquiera de estos dos países pasara a manos de la derecha recalcitrante que los gobernó hasta la década de los 90 conllevaría un efecto dominó, porque por su importancia económica y política influirían definitivamente en los procesos emancipadores en Bolivia, Ecuador o Uruguay.

Lo logrado en estos años en América Latina, bajo el liderazgo de Chávez y otros dirigentes, no es poco. Mucho antes de que explotase la burbuja inmobiliaria y diese comienzo en su formato actual la crisis capitalista, los pueblos y naciones de América Latina dieron la espalda a las políticas ultraneoliberales que el FMI y el Banco Mundial aplicaron durante décadas en esa parte del mundo, las mismas que hoy imponen a la clase trabajadora europea, y se negaron a continuar siendo el «patio trasero» de EEUU o los súbditos poscoloniales de Europa. Para ello se organizaron en heterogéneos movimientos sociales y políticos, y en las diferentes elecciones fueron optando sucesivamente por gobiernos de carácter progresista en muchos de los países del continente.

En este período, los logros obtenidos y el grado de profundidad de las reformas realizadas ha variado de un país a otro, pero han sido impresionantes: en los países que han dado la victoria en las urnas a gobiernos progresistas la última década y media se ha caracterizado por un aumento del gasto social y una redistribución de la riqueza del Estado entre la clase trabajadora y las clases populares; por la erradicación del analfabetismo en países como Venezuela y Bolivia; por el aumento de la esperanza y el nivel de vida; por el mantenimiento de sectores estratégicos en manos del Estado (Uruguay) o la recuperación de importantes empresas y sectores para el Estado (Venezuela, Bolivia, Ecuador…), o la cesión de la gestión de determinadas empresas a los propios trabajadores, como en Venezuela; la expulsión de misiones militares y cargos diplomáticos estadounidenses de varios países; el enterramiento del neoliberal ALCA y la creación de organismos de integración en América Latina de diferentes niveles, como el ALBA, Unasur o la CELAC; la creación de Telesur para intentar hacer frente (aunque de forma limitada) a los ataques de la derecha mediática, mayoritaria también en América Latina; el reconocimiento, por primera vez, de los derechos de los pueblos indígenas…

Se ha roto con la política de aislamiento que durante décadas impuso EEUU a sus gobiernos títeres de cara a Cuba, lo que ha ayudado a la pervivencia de la Revolución en la tierra de Martí; la oposición a las agresiones imperialistas contra Palestina, Irak o Libia por parte de los dirigentes latinoamericanos ha sido manifiesta, y la apuesta de sus dirigentes por el reforzamiento de los movimientos sociales y participativos en el continente, tal y como han atesti- guado de forma reiterada al participar en foros sociales.

Además, se han dado procesos constituyentes en Venezuela, Bolivia y Ecuador, con participación directa de la ciudadanía y cambios legislativos de carácter progresista. Cabe destacar la aprobación el pasado Primero de Mayo por Hugo Chávez de la nueva Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras (LOTTT), cuyo título no es casual, ya que busca proteger el trabajo como bien social y a las y los trabajadores como productores del mismo. Y ello en un momento en que los ataques al derecho al trabajo y a la negociación colectiva están en su apogeo en Europa.

En definitiva, se ha introducido en la sociedad latinoamericana el concepto indígena del buen vivir o sumak kawsay, donde el ser prevalece sobre el tener, y diversas formas de democracia ciudadana.

Pero, junto a estos logros existen también grandes desafíos porque el modelo neoliberal está muy vivo, y sus valedores máximos (FMI, BM), así como los gobiernos imperialistas de EEUU y la UE no van a perder oportunidad para intentar recuperar el poder político perdido en estos últimos años en América Latina, que ha sido mucho, valiéndose para ello de gobiernos secuaces como los de Colombia o Perú. Con ese fin utilizan todos los medios de comunicación a su alcance y a las oligarquías locales que, además de utilizar la vía electoral cuando no tienen más remedio (caso de Venezuela con Henrique Capriles), no han dudado en recurrir a golpes de Estado, como en Honduras o Paraguay, donde los procesos eran más incipientes y débiles.

Ante esta situación, el gran reto de la América Latina progresista, bolivariana, es seguir ahondando en los procesos de cambio político y social, con medidas ambiciosas de gasto social y redistribución de la riqueza y, junto a ello, forjar un frente regional antineoliberal, basado en la unidad, pero respetando la diversidad que emana de la diferente realidad política, social y económica de cada uno de los países. En definitiva, seguir ahondando en el camino ya comenzado. Así lo dijo Fidel en 1959, con su clarividencia habitual, en un discurso que pronunció en Venezuela:

«…Si queremos salvar a América, si queremos salvar la libertad de cada una de nuestras sociedades, que (…) son parte de una gran sociedad, que es la sociedad de Latinoamérica; si queremos salvar la revolución (…) de todos los países de nuestro continente, tenemos que acercarnos y respaldarnos sólidamente, porque solos y divididos fracasamos».

Hugo Chávez también insistió en esta idea y luchó por ella. Su figura se ha ido, pero su legado político perdurará entre el pueblo venezolano, que mañana le rendirá el mejor homenaje póstumo y superará con creces su primer reto: dar continuidad a la Revolución bolivariana votando masivamente a Nicolás Maduro. Y seremos millones los que a lo largo y ancho de todo el mundo lo celebraremos.

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