09/12/2014

La epopeya cubana


Lunes 8 de diciembre
de 2014,

 





En
los años 60 el castrismo rompió todos los dogmas al demostrar que un proceso
socialista era posible en el continente. A 90 millas de Miami introdujo
generalizadas nacionalizaciones para responder a las conspiraciones del
imperialismo. Posteriormente intentó una heroica extensión regional de la
revolución.

La
decisión cubana de resistir la restauración capitalista luego del colapso de la
URSS generó un nuevo asombro. La población de una pequeña isla lindante con el
centro imperial afrontó un sofocante aislamiento internacional y realizó
inconmensurables esfuerzos para mantener su independencia.

La
perdurabilidad de ese proceso fue determinante del cambio que ha registrado el
escenario sudamericano. La reinstalación de una colonia estadounidense en Cuba
habría obstruido la resurrección de los procesos radicales y limitado las
victorias logradas contra el neoliberalismo.

Resulta
muy difícil imaginar los avances de Venezuela o Bolivia sin el ejemplo de un
país que supo confrontar con el poderío estadounidense. La repetición en la
isla de la trayectoria seguida por Rusia o Europa del Este habría sepultado,
por un largo período, todas las tradiciones revolucionarias transmitidas al
continente.

Pero
transcurridas más de dos décadas del desplome de la URSS y su bloque económico
internacional (COMECOM) se han registrado importantes transformaciones en Cuba.
Estos cambios contienen enormes posibilidades e incuestionables peligros.

Logros
y desafíos

La
principal enseñanza reciente de lo ocurrido en Cuba es la enorme capacidad de
mejora popular que ofrece un esquema económico-social no capitalista. En medio
de la penuria económica, el aislamiento diplomático, las provocaciones
militares, las presiones financieras y la agresión mediática se logaron
preservar parámetros de esperanza de vida, escolaridad o mortalidad infantil
muy superiores al resto de la región.

Esta
extraordinaria realización resulta incomprensible para los apologistas del
capitalismo. Como no pueden presentar ejemplos equiparables, eluden cualquier
mención de esos logros. Cuba demostró de qué forma se puede evitar el hambre,
la delincuencia generalizada y la deserción escolar con escasos recursos.

El
país afronta actualmente graves dificultades para mantener la gratuidad de los
principales servicios, pero esas limitaciones son muy diferentes a las
adversidades que predominan en los países semejantes.

Cuba
no es Argentina, Brasil o México. Hay que comparar su situación con las
economías latinoamericanas situados por debajo de ese escalón de desarrollo
económico. Ninguno de esos casos puede exhibir el perfil de una isla sin
desempleo, indigencia o pobreza masiva.

En
la isla están cubiertas las necesidades básicas de la población. Todas las
familias tienen acceso a la alimentación, la educación y la salud. La escasez
de abastecimientos o la falta de variedad de los consumos, no incluyen a los
bienes indispensables para garantizar esa cobertura.

Cuba
cuenta con un excelente nivel de escolaridad. Un reciente estudio del Banco
Mundial estima que su sistema educativo mantiene parámetros de formación
profesional, en muchos planos semejantes al nivel de Finlandia, Singapur o
Canadá (Lamrani, 2014).

También
ha logrado un índice de esperanza de vida que supera en cinco años al resto del
continente y cuenta con tasas de mortalidad reducidas en todos los grupos
etarios. Consiguió el promedio más bajo de malnutrición de América Latina y uno
de los porcentajes más elevados de conexión de viviendas a las redes de agua
potable (Navarro, 2014) .

El
país preserva, además, el índice de seguridad alimenticia más elevado de la
región y un bajísimo nivel pobreza (4%), en comparación a la media de Latinoamérica
(35%) (Vandepitte, 2011). De acuerdo a las estimaciones del Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) Cuba es uno de los tres países
latinoamericanos que ha logrado ubicarse en el casillero de alto nivel de
desarrollo (PNUD, 2014).

Pero
la isla afronta un serio problema para sostener esos avances. El estancamiento
y las privaciones que siguieron al derrumbe de la URSS se atenuaron, pero
obligan a implementar un giro económico. Toda la sociedad reconoce esa
impostergable necesidad, puesto que nadie ha podido recuperar el patrón de
ingresos vigente en los años 70-80.

El
desplome del sostén soviético fue seguido por un agravamiento del bloqueo
estadounidense ( ley Torricelli en 1992 y acta Helms Burton en 1996). Ese cerco
obstruye el comercio y genera costos monumentales. Un barco que toca puerto
cubano no puede amarrar en Estados Unidos y al principal mercado del mundo no
puede ingresar un producto con componentes cubanos.

La
isla ha sufrido periódicas provocaciones que obligan al estado a solventar un
gravoso aparato militar defensivo. El gobierno cubano necesita mantener 600.000
hombres en condiciones de acción bélica inmediata y debe financiar una
estructura armada totalmente desproporcionada para las dimensiones del país
(Isa Conde, 2011).

Además,
en los últimos años el país padeció fuertes adversidades comerciales y
climáticas. Cayó el precio de las exportaciones (níquel) y subió el costo de
las importaciones (alimentos). Hubo huracanes, sequías e inundaciones de gran
intensidad, especialmente entre 1998 y 2008. Estos trastornos no provocaron
tragedias humanas como habitualmente ocurre en el resto del continente, pero
que implicaron costos millonarios. La crisis internacional generó también una
reducción de los ingresos del turismo, a pesar del moderado aumento de los
visitantes.

La
economía es gestionada desde hace varios años con cierto déficit presupuestario
y el nivel de actividad es sostenido al filo de la navaja. El equilibrio
comercial es tan ajustado como la financiación externa.

Cuba
resistió la restauración del capitalismo con el gran sacrificio que implicó el
“período especial” de los años 90. El impacto económico del desplome de la URSS
fue demoledor. Todo el comercio de la isla estaba asociado con los países del
COMECON y las ventas de azúcar a ese bloque solventaban el conjunto de los
gastos externos.

El
país se quedó sin nada y tuvo que asegurar su defensa y abastecimiento de
bienes básicos, en condiciones de encierro y colapso del transporte, la
electricidad y el combustible. Muy pocos regímenes políticos han logrado
sortear adversidades de esa envergadura.

Un
reciente estudio explica la fuerza de esa resistencia por la memoria de las
transformaciones sociales logradas en los años 60-70. También resalta el
rechazo a convertir nuevamente a la isla en un burdel estadounidense. El
trabajo traza una aleccionadora comparación con la devastación de derechos
populares padecida por los países del COMECON, que reingresaron al capitalismo
durante el mismo período (Morris, 2014).

Pero
al cabo de esa experiencia, Cuba no está en condiciones de continuar el camino
precedente al socialismo. Salta a la vista la imposibilidad de erigir en forma
solitaria una sociedad de abundancia e igualdad, en una pequeña localidad del
Caribe. La continuidad de la revolución permitió defender lo conquistado, pero
no asegura el desarrollo productivo y el bienestar material que supondría la
consolidación del socialismo. Si en la URSS se verificaron dificultades para
forjar esa sociedad cortando lazos con el mercado mundial, es obvio que Cuba ni
siquiera puede concebir esa posibilidad.

El
importante cambio de contexto latinoamericano ha contribuido a revertir el
aislamiento del país. Se aligeraron las privaciones y se normalizó el
funcionamiento de la economía, especialmente a través de la cooperación con
Venezuela. Pero este desahogo sólo ayuda a sostener lo conquistado.

Tres
problemas

Las
mutaciones que debe encarar Cuba obedecen a tres cambios de largo plazo. En
primer lugar, la nueva realidad geopolítica que introdujo el colapso de la URSS
desajustó toda la estructura productiva. El país había amoldado su economía a
una expectativa de grandes avances pos-capitalistas en el mundo o por lo menos
en la región.

Siempre
se supo que un alcance efectivo del socialismo era imposible en una sola isla y
por esta razón se intentaron altos de niveles de complementación con los socios
del Este. Esa conexión fue combinada con la apuesta a una sucesión de victorias
revolucionarias en América Latina.

Esa
estrategia política explica la elevada especialización que desarrolló la isla
en médicos, ingenieros, educadores y militares. En torno a esas actividades se
construyeron los valores de una sociedad que ponderaba a los héroes en combate,
a los brigadistas y a las misiones internacionalistas.

El
legado de ese período se verifica en muchos planos. Cuba aportó sus métodos de
alfabetización, medicina preventiva y preparación militar a numerosos países de
Latinoamérica y África. Este acervo fue particularmente compartido con Angola y
Nicaragua en los años 70-80, con Haití (durante el terremoto) y actualmente con
Venezuela (intercambio de educadores por petrolero) o con Bolivia (médicos y
cirugías de alta complejidad).

Otra
prueba reciente de esta especialización cubana en acciones de socorro y
solidaridad es el cuerpo de médicos enviados al África para lidiar con la
epidemia de ébola. Nada menos que el New York Times dedicó un elogioso
editorial a esta acción, contrastando los riesgos que asumen esos profesionales
con la reticencia estadounidense a enviar misiones al lugar. Más chocante es la
negativa de las compañías de seguros a cubrir el financiamiento de esas
operaciones (New York Times, 2014).

Los
ponderados médicos cubanos son un producto de la educación militante que la
revolución introdujo para apuntalar la expansión internacional del socialismo.
Cuando esa meta se frustró, el país debió afrontar la paradoja de contar con
una población educada y con ambiciones del Primer Mundo, en una frágil economía
del Tercer Mundo.

Una
masa de trabajadores y profesionales con altos niveles calificación y
conciencia laboral se desempeña en una isla con industrias y sectores agrícolas
de baja productividad. Este divorcio entre el alto desarrollo cultural e
intelectual de la sociedad y el estrechísimo basamento económico tiene
incontables manifestaciones. Los receptores del turismo, por ejemplo, cuentan
con mayor preparación profesional que el promedio de los visitantes.

Esta
desconexión genera difíciles problemas para quienes no encuentran trabajo con
remuneraciones acordes a su especialidad. Que un taxista o un camarero
multipliquen con toda facilidad el ingreso de un ingeniero o un médico es la
mayor evidencia de esa extraña situación (Padura, 2010, 2012).

En
los últimos 20 años Cuba registró cambios radicales en su economía, que
generaron un segundo tipo de problemas estructurales. El país sobrevivió
aceptando el turismo, los convenios con empresas extranjeras y un doble mercado
de divisas, que segmenta a la población entre receptores y huérfanos de las
remesas.

La
aparición de este importante flujo de divisas determinó una transformación
económico-social muy significativa. El grueso de los dólares ingresados no es
invertido. Se transfiere al consumo, produciendo una fractura en el poder de
compra entre los sectores favorecidos o privados de esa moneda.

Algunos
analistas describen cómo este doble mercado creó una importante estratificación
social. Los marginados de ese circuito viven con presupuestos ajustados y se
alimentan con comidas austeras. Los que tienen divisas pueden disponer de
mejores vestimentas, computadoras o teléfonos celulares (Vandepitte, 2011).

Esta
brecha surgió en 1993 con la implantación de un doble mercado que buscó paliar
la falta de divisas. Ese impacto inequitativo fue atenuado con políticas
impositivas. Para adaptar el ideal igualitario a la adversidad externa, el
estado acotó con gravámenes la nueva desigualdad.

Un
tercer problema de la economía cubana deriva de la errónea imitación del modelo
ruso de estatización completa. La fascinación acrítica con la URSS condujo en
los años 70 a una inoperante extensión del sector estatal, que impactó en forma
muy negativa sobre la productividad agro-industrial. Esa oleada de
estatizaciones anuló todos los pequeños comercios y fabricantes privados. En
1977 se eliminaron los últimos vestigios de las actividades por cuenta propia.

Esas
medidas desconocieron que la transición al socialismo sólo es factible mediante
un paulatino avance del plan sobre el mercado, en función de la eficiencia
lograda por el sector estatal en comparación al privado. Cuba repitió la
modalidad rusa de estatización integral, sin considerar la aplicación de las
estrategias más moderadas que adoptaron Yugoslavia o Hungría.

Todos
los intentos para subsanar los inconvenientes creados por la estatización
completa fueron infructuosos. El trabajo voluntario, la zafra de 10 millones o
la rectificación de fines de 80 sólo aportaron paliativos. Tampoco fueron
escuchados los cuestionamientos expuestos en algunos organismos de la época
como el CEA (Centro de Estudios sobre América). El principal efecto negativo de
esa estatización fue el declive de la productividad y la dependencia que
mantiene Cuba de la importación de alimentos.

Seguramente
esta equivocación obedeció a problemas teóricos (incomprensión de la transición
al socialismo) y a manejos burocráticos. Pero también es cierto que no
resultaba fácil compatibilizar la prioridad asignada a la estrategia
revolucionaria continental, con políticas contemplativas hacia el mercado. El
primer objetivo requiere un nivel de idealismo, heroísmo y equidad que choca
con la vida comercial. Para los revolucionarios nunca fue sencillo equilibrar
el romanticismo con el realismo. Lenin y Trotsky enfrentaron problemas muy
semejantes a fines de los años 20 [2].

Las
reformas en curso

Para
lidiar con este complejo escenario, el gobierno ha decidido ampliar la
gravitación económica del mercado con el objetivo de favorecer la inversión.
Después de muchas discusiones, y vacilaciones han comenzado a aplicarse las
resoluciones discutidas desde el 2008 y sintetizadas en los lineamientos del
2011. Se relajan las restricciones vigentes para la pequeña actividad privada,
se autoriza la creación de negocios y la contratación de empleados. También se
anulará la libreta, habrá una paulatina liberalización de los precios y se
buscará eliminar la existencia de dos monedas.

Las
medidas incluyen una mayor autonomía en la gestión de las empresas estatales.
Cada firma podrá manejar en forma descentralizada su presupuesto, adquirir
insumos y vender productos en función de sus propios cálculos (PCC, 2011).

El
objetivo inmediato es el ahorro de divisas. A diferencia de la ex URSS o China,
Cuba no puede sobrevivir en la autarquía. Necesita dólares para adquirir
combustibles e importar alimentos. Por esta razón se ha dispuesto reordenar las
cuatro fuentes de ingreso de moneda dura: turismo, níquel, servicios
profesionales y remesas.

Para
reanimar la agricultura se entregarán tierras ociosas a la pequeña producción
privada y a las cooperativas, buscando repetir la expansión que logró China en
los años 80. Pero la isla no sólo enfrenta una escasa disponibilidad de tierras
fértiles. También carga con un altísimo nivel de urbanización que dificulta los
incentivos para trabajar en el sector rural.

El
punto más conflictivo de las reformas es la introducción de un status de
trabajadores “disponibles”, para todos los afectados por la reorganización de
las empresas públicas. La falta de recursos obliga a transparentar la dura
realidad de compañías deficitarias, que no pueden ser solventadas por el
estado. Por esta razón se elimina el principio de garantía oficial del empleo.
Se busca crear un nuevo segmento de ocupados en el sector privado y cooperativo,
que absorba los recortes del trabajo estatal (Maiki, 2011).

El
gobierno ha pospuesto reiteradamente decisiones que chocan con las aspiraciones
de la revolución y con los valores pregonados durante décadas. Pero entiende
que no le queda otro remedio. Las reformas pro-mercantiles son vistas como el
único camino para superar el crítico estancamiento de la economía.

Estos
cambios no implican por sí mismos un retorno al capitalismo. Este sistema
presupone propiedad privada de las grandes empresas y bancos, formación de una
clase dominante y generalización de la explotación. Las reformas no introducen
ninguna de estas características. Amplían la gravitación de la gestión
mercantil en el marco precedente. Se otorgan concesiones a la acumulación
privada, con límites tendientes a evitar la restauración burguesa.

En
los últimos años comenzaron a implementarse estos cambios. Se han dispuesto
numerosas autorizaciones para la compra-venta de viviendas o automotores y se
han distribuido parcelas cultivables. Aparecieron pequeños negocios (como los
“paladares” de comidas) y numerosos emprendimientos comerciales .

Ya
existe un clima de mayor actividad privada y se avizoran inversiones en el
mejoramiento de las viviendas. La flexibilización introducida en este sector
incluye restricciones a la propiedad de extranjeros y a la herencia, para
evitar una corriente de compras desde Miami. Los principales convenios con
empresas extranjeras están centrados en la renovación del Puerto de Mariel y en
la construcción de una zona industrial en esa región.

Un
punto crítico es la emigración de trabajadores calificados. Desde la
eliminación de las trabas para viajar al exterior se ha registrado una fuerte
corriente de salidas. Esta expatriación se verifica especialmente entre los graduados
universitarios. Mientras no se genere trabajo para la masa de ingenieros ,
sociólogos o médicos será difícil frenar ese drenaje de materia gris.

La
reorganización general del empleo ya comenzó con los 350.000 empleados que
dieron el salto hacia los pequeños negocios. Los trabajadores por cuenta propia
conforman una porción mínima (6%) de la fuerza laboral, pero podrían alcanzar
un alto número en los próximos años.

El
peligro de una gran oleada de corrupción junto a las reformas pro-mercado es
una amenaza conocida. Hay más de 300 funcionarios enjuiciados o encarcelados
por este motivo. Todos saben cómo esa enfermedad desangró a la ex URSS y afecta
a China. Pero el principal desafío es acelerar el ritmo de crecimiento de una
economía que no ha logrado expandirse a más del 2 o 3 % anual. Las inversiones
son escasas y el financiamiento internacional no llega (Rodríguez, 2014).

Las
reformas se desenvuelven hasta ahora en un marco semejante a la NEP ensayada en
la URSS en los años 20 y en China en la era pre-Deng. No traspasan los límites
compatibles con la continuidad de un proyecto socialista. La experiencia ha
demostrado que el salto hacia el capitalismo no se produce por simple extensión
del radio mercantil. Aparece cuando predomina el sector de la burocracia que
favorece la reconversión de las elites en clases dominantes.

Lo
ocurrido en la URSS demuestra que esa decisión política es el factor
determinante del retorno al capitalismo. Las divisas para repetir este proceso
de restauración no se encuentran en Cuba en manos de los funcionarios, sino
entre los receptores de dólares. Pero los dirigentes definen cómo se utilizan
esos recursos.

Cooperativistas
y estatistas

La
reforma se debate intensamente en la isla, desmintiendo la imagen de unanimidad
o silencio que existe en el exterior. Todos los mitos sobre la ausencia de
discusiones se basan en el desconocimiento de esas polémicas. Tres corrientes
diferentes han cobrado forma en estos debates. Un planteo destaca la conveniencia
de preservar la preeminencia del Estado, otro promueve mayores mecanismos
mercantiles y un enfoque autogestionario postula expandir las cooperativas.

La
propia marcha de las reformas suscita también duros cuestionamientos al alcance
previsto para el trabajo asalariado. Hay reclamos de establecer impuestos
compensatorios y límites más precisos para esa contratación (Piñeiro Harnecker,
2010).

Otros
señalamientos polemizan con medidas que ampliarían la desigualdad social
(creación de campos de Golf, residencias exclusivas) y con iniciativas para
permitir la adquisición de propiedades por parte de extranjeros (Campos, 2011).

Muchos
cuestionamientos son formulados por los partidarios de reforzar las
cooperativas. Promueven alentar las redes de almacenes en los barrios y
reforzar las empresas de autogestión ya existentes (UBPC). Estiman que
reavivará la economía sin fomentar el individualismo (Isa Conde, 2011).

Este
modelo incentiva firmas auto-administradas que aprovechen el conocimiento de
cada territorio y sector. Propone formas de control social por parte de los
ciudadanos y los gobiernos locales sobre esos emprendimientos (Dacal Díaz,
2013).

Este
enfoque se inspira en un balance crítico del ahogo burocrático sufrido por esas
empresas. Recuerda que las UBPC enfrentaron trabas y tuvieron poca capacidad de
decisión en los esquemas organizativos verticalistas del pasado (Miranda,
2011).

Con
estos planteos se busca acotar el apetito por los beneficios que genera la
reintroducción del mercado. Se defienden los valores socialistas, limitando la
apertura a la iniciativa privada (Alonso, 2013).

Pero
las cooperativas no resuelven por sí solas los cuellos de botella que afronta
la economía. Aportan un complemento indispensable a las reformas introducidas
para transformar las divisas atesoradas (o consumidas) en inversión. En el
escenario actual, la creación de este sector de pequeña empresa privada es
insoslayable. China puede aportar créditos y Venezuela petróleo, pero Cuba debe
reciclar sus propias fuentes de ahorro hacia la actividad productiva.

Algunos
cuestionamientos frontales a las reformas desde ópticas puramente estatistas
presentan otro tono. Afirman que las transformaciones actuales abren el paso al
capitalismo, repitiendo el giro que inicio Gorbachov con la Perestroika.
Denuncian las “propuestas burguesas” de los documentos oficiales, atacan su
contenido “anti-socialista” e impugnan su proximidad con el neoliberalismo
(Fernández Blanco, 2011; Cobas Avivar, 2010).

Esta
mirada retoma los viejos argumentos de la ortodoxia, sin explicar por qué razón
la estatización completa afectó tan seriamente a la economía cubana. Supone que
el colapso de la URSS obedeció a simples conspiraciones reaccionarias,
omitiendo el rol asfixiante la burocracia y los privilegios que acumuló
acallando el descontento popular. Con esa visión supone que Cuba puede congelar
su situación actual, reciclando el estancamiento.

Este
enfoque alerta contra peligros reales de desempleo y polarización social. Pero
no aclara cómo se podría evitar la pauperización general reforzando un proceso
de estatizaciones sin recursos. Es cierto que existe una posibilidad de
gestación de clases dominantes con la malversación de los fondos estatales.
Pero la única forma de contrarrestar ese escenario es ampliando el control
popular.

La
reintroducción del capitalismo no se consumará con el florecimiento de la
pequeña propiedad. Ese fantasma sirvió en el pasado para reforzar
comportamientos burocráticos y sofocar la iniciativa económica individual. No
es cierto que la expansión del comercio derivará en la inmediata creación de
grandes riquezas privadas.

Esa
secuencia constituye ciertamente un riesgo, frente a un peligro mayor de
colapso por simple languidecimiento. Cuba enfrenta alternativas de
supervivencia que exigen optar por el mal menor.

Es
puro fatalismo suponer que toda NEP desembocará en el capitalismo como ocurrió
con la Perestroika. En el periodo que sucedió a muerte de Lenin el resultado
fue completamente diferente. Se afianzó la colectivización forzosa y el
estatismo coactivo. El desafío actual es evitar ambos desenlaces.

Los
críticos afirman que las reformas son implementadas por una casta burocrática
para perpetuar sus privilegios sacrificando la revolución. Pero no explican por
qué razón no consumaron ese tránsito luego del colapso de la URSS. En ese
momento tenían más argumentos que en la actualidad para abrazar la causa del
capitalismo.

En
los hechos este enfoque se limita a proponer alguna modalidad de planificación
compulsiva, que en el mejor de los casos conduciría a recrear una situación
semejante a la vigente en Corea del Norte. Cuba ha logrado evitar el encierro
militar que padece ese país. El estatismo extremo aporta más problemas que
soluciones a las disyuntivas que enfrenta el país.

Cuestionamientos
dogmáticos

Una
visión convergente con las críticas del estatismo extremo postulan los enfoques
dogmáticos, que observan el curso actual de Cuba como una ratificación de la
restauración capitalista (Petit, 2011).

Este
diagnóstico no explicita los criterios que utiliza para caracterizar esa
regresión y tampoco expone datos sobre ese proceso. Simplemente constata la
existencia de ese retorno como un hecho que no exigiría mayores explicaciones.
También sugiere que el imperialismo apuntala este proceso, como si la isla no
padeciera un duro acoso estadounidense.

Esa
mirada establece además una analogía con China, suponiendo que el curso
capitalista pos-Deng se reproduce ahora en el Caribe. Con estas afirmaciones
despacha el tema y sanciona el entierro de la revolución.

Otra
caracterización inspirada en fundamentos parecidos ensaya argumentos más
consistentes, polemizando con nuestra visión. Acepta distinguir períodos o
modelos y evita enunciar la simple vigencia de un proceso restaurador. Toma en
cuenta nuestra comparación con la NEP soviética y considera que presentamos un
diagnóstico realista sobre los objetivos de las reformas pro-mercado.

Sin
embargo estima que nuestra mirada es puramente economicista. Considera que
introducimos comparaciones indebidas por la pérdida de una brújula política.
Afirma que la NEP de Lenin podría coincidir con iniciativas semejantes en China
o Cuba, pero estuvo inspirada en políticas revolucionarias ausentes en ambos
países (Yunes, 2011).

Este
enfoque valida a Lenin y desecha a Castro, a pesar de reconocer la existencia
de orientaciones económicas parecidas. Justifica en el bolchevique lo que
objeta en el guerrillero por un simple presupuesto previo. Una figura es
endiosada y la otra descalificada, a pesar del rol equivalente que tuvieron en
dos extraordinarias revoluciones socialistas del siglo XX. No se entiende por
qué razón esa diferenciación invalidaría las semejanzas de programas económicos
en coyunturas comparables.

Si
la NEP rusa fue sólo meritoria por su bautismo leninista carece de relevancia
como modelo para la transición socialista. Si por el contrario brinda pautas
para combinar el plan con el mercado, es un esquema que puede ser valorado en
distintas situaciones. Este segundo criterio permite entender su relativa aplicación
en varios momentos de la URSS, China y Europa del Este. Evaluar esa
instrumentación no implica recurrir a ninguna simplificación economicista.

Nuestro
objetor denuncia a la burocracia como el principal enemigo de la revolución
dentro de Cuba. Pero con esta genérica denominación no indica quiénes son
exactamente esos conspiradores. Sugiere que la dirección castrista cumple ese
rol de manera análoga a Gorbachov, como si la resistencia del “período
especial” hubiera sido liderada por fantasmas.

El
crítico denuncia a los funcionarios que acumulan el dinero que se utilizará en
la reconversión capitalista. Nadie niega ese peligro. Pero de esa advertencia
no se deduce la existencia de una ley de repetición histórica, que augura para
Cuba el mismo destino seguido por la URSS.

Hay
que presentar indicios del cuestionado enriquecimiento para evaluar el alcance
de la involución denunciada. De lo contrario es puro prejuicio. En los últimos
veinte años la dirección cubana dio muestras de ejemplaridad y austeridad y las
principales manifestaciones de desigualdad involucraron más a los receptores de
divisas que a los funcionarios.

Pero
si todo el problema se redujera a señalar quién se enriquece, los dilemas de la
economía cubana quedarían inmediatamente superados difundiendo ese listado. El
mayor problema radica en definir una agenda: ¿Habría que prohibir el ingreso de
divisas desde el exterior? ¿Convendría anular el turismo? ¿Se deberían cortar
las inversiones extranjeras? ¿Habría que impedir el resurgimiento de la pequeña
propiedad?

Frente
a estos escabrosos problemas nuestros críticos optan por el silencio.
Consideran que cualquier definición induce al “economicismo” y prefieren
transitar por la nebulosa, olvidando que Cuba enfrenta dramáticas disyuntivas
de subsistencia. De sus críticas a las reformas sólo se deduce la promoción de
alguna modalidad de anulación total del mercado (como por ejemplo existió en
Albania).

La
otra opción sugerida es la convocatoria a una revolución mundial inmediata, que
permitiría superar todos los dilemas del aislamiento construyendo el socialismo
universal. Pero las propias dificultades que han enfrentado en la última
centuria las corrientes dogmáticas para concretar esas victorias socialistas,
ilustran la complejidad de ese camino.

Realismo
y escepticismo

Los
críticos depositan grandes expectativas en la democracia soviética para
resolver las asfixias económicas cubanas. Resaltan la centralidad que le asignó
Trotsky a este mecanismo, para superar los problemas de la economía rusa en los
años 30.

Sin
duda este aspecto es importante, pero al sobrevalorarlo se termina esperando
resultados mágicos de su aplicación. La isla afronta embargos comerciales,
provocaciones militares, penuria de aprovisionamientos, carencia de recursos y
pérdidas de aliados estratégicos, que no desaparecen (ni se atenúan
automáticamente) con mayores cuotas de democracia interna.

Trotsky
era un político realista y nunca apostó al milagro de la democracia. Enfatizaba
sus críticas a la contrarrevolución stalinista, pero enunció propuestas
económicas muy precisas para Rusia. Se oponía a la estatización forzosa y
proponía combinar el plan con el mercado en sintonía con la NEP. Ese esquema
puede servir de antecedente a las reformas en curso en la isla (Trotsky, 1973;
1991: 55-72).

En
el tema de la democracia hay que ser muy cuidadoso con las comparaciones.
Trotsky confrontaba con Gulags y fusilamientos de bolcheviques que jamás
existieron en Cuba. Al contrario, ese país fue el epicentro del proceso
revolucionario con mayor nivel de democratización y participación popular del
siglo XX. Logró consumar transformaciones sociales ciclópeas con un número
reducido de pérdidas humanas. Además, mantuvo regímenes de excepción muy
acotados en comparación a procesos semejantes, incluido el caso soviético de la
era Lenin-Trotsky.

Los
dogmáticos ubican a las reformas cubanas pro-mercantiles dentro del paradigma
ortodoxo neoliberal. Estiman que introducen un plan de ajuste, contrapuesto a
la resistencia desarrollada durante el período especial (Yunes, 2010).

Lo
más curioso de esta caracterización no es la ceguera frente al evidente abismo
que separa a la política económica cubana de Thatcher, Merkel o Cavallo. Se
presenta un contrapunto con lo realizado por el mismo gobierno en la década
precedente. Los dirigentes que encabezaron una proeza de lucha contra el
imperialismo, ahora implementarían las recetas de Washington. ¿Cómo se produjo
semejante mutación?

La
explicación dogmática habitual señala el “comportamiento bonapartista de
Castro” frente a la “presión de las masas”. Pero resulta muy difícil encontrar
alguna evidencia de esa relación, puesto que sobran los indicios opuestos de
liderazgo oficial en la resistencia de los 90. Tampoco es fácil demostrar la existencia
de rechazo popular a la posterior introducción de las reformas.

Los
críticos navegan en una maraña de contradicciones. Cuestionan la baja
productividad de la economía, pero sugieren encierros que acentuarían esa
adversidad. Rechazan el aislamiento, pero objetan la alianza de supervivencia
que estableció Cuba en el pasado con la URSS. Pronostican el fracaso de
reformas económicas que recién comienzan , sin explicar por qué razón las
previsiones de colapso cubano fallaron en los últimas dos décadas. Con ese tipo
de miradas no se puede calibrar la excepcional epopeya cubana de los últimos 50
años.

En
otros sectores del progresismo hay mayor cautela con los pronósticos, escasa
preocupación por la naturaleza social del régimen y gran escepticismo sobre el
futuro. Suelen remarcar el peso de la represión, el declive de la utopía
libertaria y la consolidación de un sistema político autoritario (Stefanoni,
2013).

Pero
olvidan que en las terribles condiciones de hostigamiento que ha padecido la
isla se pudo concretar una revolución con inéditos grados de libertad. Este
nivel de tolerancia no sólo superó los precedentes de Rusia o China, sino
también al grueso de las experiencias nacionalistas radicales. El trasfondo del
problema es la legitimidad de cualquier revolución y sus protecciones
defensivas.

No
es muy sensato suponer que los logros en la isla se habrían podido obtener sin
sufrimientos, sacrificios y errores. La valoración de la revolución es
particularmente importante en un momento de tantas presiones para convertir a
Cuba en un “un país normal”. Con ese engañoso estandarte se puede enterrar todo
lo construido en medio siglo y abrir las puertas para recrear la desigualdad y
criminalidad predominantes en América Latina [3].

Oportunidades
y expectativas

Algunos
analistas registraron en los últimos años la existencia de un clima de
entusiasmo con los cambios en curso. Destacan que Cuba vive una primavera que
rompe con el inmovilismo (Burbach, 2013). Otros partícipes más directos de este
proceso resaltan el impacto positivo del curso actual, pero advierten la
necesidad de adoptar iniciativas de mayor democratización, como la reforma del
sistema electoral y el acceso irrestricto a Internet (Campos, 2011).

En
esta misma evaluación se inscriben las propuestas de nuevos esquemas de
difusión de la información y control popular sobre la estructura estatal . Se
remarca la tardanza en implementar los cambios y también la insensibilidad
frente a las críticas (Dacal, 2013).

Esos
desaciertos tuvieron negativas consecuencias en el pasado. El entusiasmo por un
cambio no dura eternamente. Conviene recordar todas las oportunidades de
renovación del socialismo que se perdieron en los países del Este. La
frustración que siguió a la Primavera de Praga desmoralizó a toda una generación
y facilitó la posterior restauración del capitalismo.

La
apatía es el principal peligro en una sociedad que pasó la prueba del período
especial, pero debe cicatrizar las heridas que dejó ese trauma. En la coyuntura
actual hay que lidiar con la desesperanza que genera la necesidad del cambio y
la preocupación por sus consecuencias. El giro hacia el mercado implica la
adopción de medidas que muy pocos desean y todos comprenden (Guanche, 2011).

Involucrar
a los ciudadanos en el manejo directo de su futuro es el principal antídoto
contra los peligros de las reformas. Este propósito puede lograrse apuntalando
la democracia socialista. La vitalidad de este sistema es un remedio efectivo
contra la apatía. Lo ocurrido en la URSS debe servir de contra-ejemplo. Como la
población se consideraba ajena al régimen político se mantuvo al margen de los
cambios que restauraron el capitalismo.

Cuba
cuenta con niveles de democracia real superiores a cualquier plutocracia
capitalista. Sus líderes no son elegidos por una elite de banqueros e
industriales, ni surgen de la cosmética publicitaria que construyen los medios
de comunicación. Tampoco rige el terror contra la población o la intimidación
que impera en varios regímenes policíacos de Centroamérica. Pero existen incontables
manifestaciones de insuficiencia de la democracia en el sistema político y la
prensa. Las reformas son la oportunidad para corregir esas deficiencias.

Si
los cambios económicos logran combinar acertadamente las cooperativas, la
pequeña propiedad y la primacía estatal, la recuperación de la economía
renovará el optimismo. Las transformaciones productivas y comerciales podrían
generar mejoras visibles en el nivel de vida de la población. El gran desafío
es motorizar esos avances con el mercado, impidiendo al mismo tiempo la
restauración del capitalismo.

La
clave inmediata para sortear ese peligro es limitar la desigualdad social,
mediante el mantenimiento de sistemas educativos y sanitarios públicos y
únicos. La ejemplaridad de los dirigentes, junto a este soporte permitirá
superar la nueva encrucijada que afronta el país.

El
pueblo cubano ha demostrado una extraordinaria capacidad para sobreponerse a
las dificultades retomando la confianza en la revolución. Es el país que exige
mayor cautela a la hora de formular pronósticos. Muchas veces se dijo que no
soportarían el bloqueo, las invasiones, las penurias o el aislamiento y siempre
salieron airosos. Seguramente volverán a ganar la partida.

*
Doctor en Ciencias Económicas. Docente de la UBA. Integrante de Economistas de
Izquierda (EDI)

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