25/03/2012

Hablar de Walsh desde este presente

Pensar en ANCLA (Agencia de Noticias Clandestina) hoy, ineludiblemente lleva a imaginarse a ese hombre enjuto pero movedizo, cerebral pero a la vez dicharachero, brillante pero también dotado de una humildad que casi siempre nos dejaba perplejos. Rodolfo Walsh, de él se trata, era un tipo de militante que siempre estaba imaginando nuevas alternativas para desafiar al sistema, y lo hacía teniendo en cuenta que una de las armas más valiosas con las que se puede contar en una batalla desigual es el manejo de la información. Sobre todo, la que incide en los formadores de opinión y la que penetra filosamente en las filas del propio enemigo a enfrentar.
De allí, que Walsh trabajara en sus inicios en solidaridad con la Revolución cubana a la que tanto amaba, conformando un colectivo noticioso denominado Prensa Latina, que con el tiempo se logró instalar con gran aceptación en la mayoría de países del Tercer Mundo.

Sin embargo, ANCLA fue algo más específico y no menos contundente en los resultados. Vivíamos en plena dictadura militar, soportando una cerrazón informativa como jamás había ocurrido en el país, y es en ese marco, que el oficial montonero Walsh se fusionó mental y físicamente con el Walsh estratega comunicacional.  Parió entonces un instrumento que sirvió para romper el muro de silencio que nos quería imponer la dictadura, y además, supo vencer el discurso del terror, que actuaba como desmovilizador y paralizador de la sociedad.
Con esas premisas y la recomendación tácita de que para quienes formáramos parte del equipo ANCLA, ésta iba a ser, desde ese mismo momento, nuestro ámbito prioritario, nace en junio de 1976 una herramienta que duró casi un año pero que marcó una profunda huella en el escenario del periodismo insurgente.
El tema era de una gran trascendencia: teníamos que transformar un espacio de clandestinidad en una fuente contra-informativa y de denuncia sobre los desmanes, atropellos, violaciones de los derechos humanos (torturas, asesinatos, campos de concentración) y demás fechorías que estaban cometiendo los militares de las tres armas, y el grupo importante de civiles que les acompañaban en el genocidio.
Además, se hacía fundamental eludir la censura para dar a conocer las numerosas acciones que la resistencia popular (no solamente la armada) estuviera generando día a día en cada rincón del país.
En la práctica cotidiana, ANCLA abordaba todos los temas que era necesario incluir en una agenda insurgente, y poco a poco las convertía en despachos periodísticos: lucha popular, represión, sindicatos (burócratas que hacían de claque a la dictadura, y activistas que resistían en sus puestos de trabajo). También se entraba de lleno a denunciar a los empresarios que sostenían el poder militar o que generaban listas de futuros secuestrados en las que incluían a sus trabajadores más contestatarios.
Iglesia y Fuerzas Armadas eran otros dos rubros que tanto Walsh como su equipo buscaban penetrar informativamente a fin de ahondar en contradicciones internas o simplemente a manera de denuncia sobre sus relaciones carnales (era el caso de la jerarquía eclesiástica) con los militares torturadores y asesinos.
Aparte del grupo básico de la Agencia, existía una importantísima red de colaboradores fijos que jugándose el pellejo como cualquier militante, acercaban datos, informaciones y denuncias, para que las procesáramos convenientemente y las lanzáramos al mundo.
Gracias a estos informes llegados desde la intermediación que dichos colaboradores hacían con los barrios, las fábricas, y otras trincheras de resistencia, pudimos ir elaborando listados de desaparecidos, asesinados, ubicando con bastante precisión algunos campos de exterminio, pero también dando a conocer características ocultas hasta ese momento, del accionar político, económico y represivo de la Junta Militar.
Cabe destacar que los más de 200 cables informativos que envió ANCLA llegaron no sólo a periodistas locales, empresarios, miembros de las distintas Iglesias  y personalidades de la cultura, sino que también penetraron y llegaron a generar fuertes tensiones entre altos cargos de las estructuras policiales y militares, a las cuales se las “operaba” desde la contra-inteligencia con datos precisos e “inquietantes” que hacían a sus planes de corto y mediano plazo.
Otra parte esencial vinculada a la recepción de los cables de ANCLA estaba en el exterior, especialmente en algunos diarios y revistas que ayudaban –publicando casi textualmente lo que se enviaba- en difundir la otra verdad sobre la dictadura militar argentina. Esa actividad afectó mucho al gobierno de Videla, Massera y Agosti, tanto que tuvieron que montar –ellos también- sus propios mecanismos “informativos” en el exterior para enfrentar lo que denominaban “campaña anti-argentina”.
También muchos despachos informativos llegaron a funcionarios de gobiernos europeos y centros de denuncia internacional en relación a los derechos humanos, dando mayor crédito a las denuncias que realizaban ya  en ese momento, algunos familiares de desaparecidos o asesinados.
Es importante entender que para que todas estas tareas, locales o externas, tuvieran relativo éxito, Walsh imprimía a su equipo constantes directrices vinculadas a la eficacia y el contraste de fuentes informativas para no generar errores que pudieran hacer perder confianza en lo difundido por ANCLA.  A la vez, recalcaba que sin ninguna duda este era un puesto de combate como cualquier otro, por lo cual, la disciplina y las estrictas medidas de seguridad eran esenciales para proteger las tareas encomendadas, pero también cuidaba así la existencia física de cada uno de los integrantes. Nunca conocí un responsable o un jefe político con más sensibilidad por su propia gente que Rodolfo Walsh. Antes de arriesgar a un compañero en una cita peligrosa prefería levantar la misma, y eso no era muy habitual en ese tiempo vertiginoso en el que vivíamos.
En un primer momento la redacción de ANCLA estuvo funcionando en una “casa operativa”, sometida a ritmos similares a cualquier otra Agencia. Allí se acumulaban máquinas de escribir (las ruidosas Olivetti de entonces), los mimeógrafos a alcohol (eficaces por lo silenciosos a la hora de imprimir las copias de los despachos en papel Biblia, para que al ser enviados no abultaran los sobres), el archivo donde se acumulaban cientos de datos útiles para la actividad, y por último los scaners para realizar las escuchas de los móviles policiales y otras dependencias de la represión. Estos últimos representaban para Rodolfo una fuente más para obtener datos y contrarrestar –en muchas ocasiones- operativos represivos.
Si se tiene en cuenta que la tecnología existente en la época no permitía contar con teléfonos celulares, ni computadoras de última generación, ni Internet, ni el popular facebook (que hubiera servido de fuente para la rápida obtención de infinidad de datos personales y grupales, útiles al periodismo de investigación), puede afirmarse -36 años después- que aún así la Agencia funcionó con niveles de excelencia.
No se trató nunca de voluntarismo, sino de conciencia política, desarrollada en términos de clandestinidad extrema y a la ofensiva. Al desánimo, por la intermitente lista de detenciones y asesinatos de queridos compañeros y compañeras, lo combatíamos con la idea de que preservando ANCLA estábamos asegurando que los gritos de la tortura de nuestros hermanos, o las barbaridades cometidas por la dictadura en todos los aspectos, pudieron ser escuchados, leídos, difundidos.
En toda esa difícil tarea de no aflojar ni en las peores circunstancias, Rodolfo Walsh fue un factor esencial de protección y de retemplar la pasión y el ánimo para seguir adelante.
Ahora que se ha escrito tanto sobre él y los Montoneros, estoy convencido de que Walsh siempre se movió en todo momento, dentro de los cánones y obligaciones de la estructura de la Organización. Eso no implica que no cuestionara, discutiera o discrepara ante ciertas iniciativas venidas de la conducción o mandos superiores de la Organización, pero como militante encuadrado que era y reivindicaba, disciplinó todo su hacer –hasta el momento de su caída en combate- a la pertenencia política a la que ingresó voluntariamente y entregó lo mejor de su saber revolucionario.
Podría haberse ido del país, podría haberse desencuadrado y perderse entre la multitud. Sin embargo, cualquiera de esas opciones no hacían a la esencia del fundador de ANCLA: un hombre convencido de que la pelea contra el imperialismo y el capitalismo eran a muerte, y que para lograr más eficacia había que permanecer en el territorio donde se libraba la batalla principal. Para él, de nada servían los atajos o apearse del caballo a mitad del camino.
No, no se inmoló como sugirieron algunos de sus “reivindicadores” de último momento, sino que dio ejemplo de militancia hasta las últimas consecuencias, y esto, visto desde las actuales circunstancias, en que la historia se escribe con certezas y retaceos, agranda aún más su figura y convoca a tener en cuenta sus enseñanzas para aplicarlas al presente.
Pensando en tiempos actuales, no tengo dudas, de que Walsh ya habría investigado a fondo sobre el paradero de Julio López, o embestido contra las excusas qué siguen facilitando las repetidas incursiones de las trasnacionales mineras que devastan la cordillera, Famatina, Andalgalá u otros puntos de nuestro país. ¿Alguien cree por ventura que  no estaría maldiciendo, junto a Paco Urondo y Haroldo Conti, a quienes votaron la ley antiterrorista?
 
ANCLA fue uno de sus grandes aportes –no el único- y por ello es necesario reafirmar que esa experiencia revolucionaria hecha en un tiempo difícil, fue su forma de demostrarnos que aún en las peores circunstancias, si se pelea por una causa justa se pueden obtener victorias que logran trascender a través de los años. Que hoy la experiencia de la Agencia Clandestina de Noticias se estudie en Facultades y escuelas de periodismo, que se recojan sus cables periodísticos en un libro como el presente, que el nombre de Walsh figure al frente de nuevas iniciativas periodísticas o de agrupaciones combativas, hablan a las claras de que los que fueron a asesinarlo aquel aciago día de marzo del 77 no se imaginaron que el cuerpo de ese hombre valiente que los enfrentó revólver en mano, estaba lleno de futuro.

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