13/08/2016

Fidel, la llama con que siempre nos hemos iluminado

Ese gigantesco corazón sensible en el que han cabido todas las
tristezas de los más necesitados y también las alegrías por las pequeñas
y grandes victorias conquistadas. En Fidel, digo, y en su forma de
generar conciencia, formación, coraje y toda la audacia necesaria para
conquistar el poder y no servirse del mismo, están concentrados todos
los anhelos de quienes jamás se habrán de dar por vencidos en la lucha
por un mundo diferente. Socialista, sin más aditamentos, al decir y el
hacer del Comandante.

Justamente ahora, que la situación
internacional no parece la más favorable para los pueblos y hay dudas
sobre el futuro que le espera a la Humanidad, vale la pena buscar
respuestas a la existencia de este inagotable referente del campo
revolucionario que sigue dando lecciones de sabiduría y humildad.


¿Cuántos
Fideles hay en este Fidel que en estos días cumple 90 años de muy
vivida existencia? Seguramente que muchos. Tantos que no alcanza la
memoria para evocarlo. Hay un Fidel -menos conocido-, que desde muy
joven se puso en marcha para, en los claustros universitarios, comenzar
un intenso camino de agitación que lo llevó pocos años después a militar
activamente – haciendo honor a un internacionalismo al que luego
abrazaría con pasión- contra el dictador dominicano Leónidas Trujillo.


Hay
otro Fidel que se dio cuenta enseguida que todas las teorías del mundo
no son suficientes si no se ejerce una práctica audaz e inteligente
contra el autoritarismo, y junto con un puñado de valientes asaltó el
Moncada, abriendo así un sendero que no se detendría más hasta la toma
del poder, una meta imprescindible si se quiere hacer una Revolución con
mayúsculas.Pero qué decir de ese Fidel, que con Raúl, el Che y otros
tantos patriotas desembarcó del Granma, y cuando todo parecía venirse
abajo, entre cadáveres de sus mejores hermanos y las balas del enemigo,
contó los fusiles y se repitió varias veces, como para que lo oyeran los
esbirros de la dictadura batistiana, que con esa decena de hombres que
quedaban en pie, ganarían la batalla.


Del Fidel de Sierra Maestra
habría mucho para contar. Él mismo lo ha hecho, con su estilo locuaz y
sumamente descriptivo, en dos libros de lectura imprescindible para
entender de qué se trató esa epopeya :”La contraofensiva estratégica” y
“La victoria estratégica”.


Allí, en aquellas montañas victoriosas,
apareció con toda claridad el Fidel combatiente, el estratega militar
capaz de convertir en triunfo aplastante lo que minutos antes iba camino
a convertirse en derrota, el Fidel compañero de sus compañeros, severo
cuando se trataba de hacer que se cumplan sus órdenes, sabedor de que
cualquier duda en un combate tan desigual como el que libraban, podía
hacer capotar el proyecto revolucionario.


Pero también supimos en
esos pocos años de batalla directa contra la soldadesca de Batista, de
ese Fidel que respetaba la vida de sus enemigos una vez que eran
capturados en combate, marcando de esa forma un territorio de humanidad,
que en varias ocasiones provocó deserciones masivas entre los
uniformados del régimen, y generó las bases para que pocos miles de
rebeldes vencieran a un ejército regular y bien equipado de cien mil
soldados, que contaban con tanques, aviones bombarderos, y la ayuda
internacional de los imperios yanqui e inglés.


Después, cuando los
barbudos felizmente marcharon victoriosos hacia La Habana, en aquellos
días memorables del 59, comenzó a desarrollarse la vida de un Fidel que
terminó asombrando al mundo. Revolucionario hasta la médula, liberó a su
pueblo de la opresión y de la cultura gringa que lo asfixiaba, expropió
y nacionalizó todo lo que antes era de cuatro magnates subordinados a
la mafia norteamericana, y ejerció el internacionalismo con la misma
potencia que antes había desarrollado para derrotar al tirano.


Codo
a codo con el Che, no dudó de emprender una prolongada marcha para
conquistar la por ahora pendiente segunda Independencia latinoamericana.
Venció al Apartheid sudafricano, ayudó a liberar Angola, abrazó a
Salvador Allende y apretó los puños de rabia, como pocos, cuando se
enteró que su hermano Guevara caía en combate en Ñancahuazu.


Cuántos
rebeldes del continente se siente enormemente agradecidos por lo que
hizo Cuba por ellos, cuántos luchadores por el socialismo no hubieran
podido gestar múltiples hazañas en sus países sin la decisión solidaria y
comprometida de Fidel y sus compañeros. La lista es extensa y a través
de ella, Cuba y su Revolución fueron escribiendo páginas de dignidad
imposibles de olvidar.


En esos años y en los venideros, Fidel
debió multiplicarse, para que la Isla no se hundiera tras la caída del
bloque socialista, para intervenir con clarividencia en temas de deuda
externa, anunciando antes que ninguno, que la misma era impagable por
ilegítima. También propuso soluciones para cuidar y defender el medio
ambiente, o encarar gigantescas iniciativas en temas de educación y
salud para su pueblo, que luego fueron y son derivadas de manera
solidaria hacia el resto del mundo.
Sin embargo, la madre de toda las
batallas fue la que libró Fidel, abrazado con su pueblo, contra el
criminal bloqueo imperialista.


Medio siglo de obligadas carencias,
que fueron derrotadas a punta de digno coraje y la convicción de que a
las revoluciones verdaderas se le oponen miles de escollos. Para que
semejante agresión no pueda salir airosa, Fidel lo repitió siempre, la
medicina es tener conciencia revolucionaria y convicción de que se libra
una batalla justa, forjar una inmensa unidad de los de abajo, y
sacrificarse hasta las lágrimas.


“Después de Dios, Fidel”, dijo
emocionado un agradecido ciudadano de Haití, al defender las misiones
médicas y alfabetizadoras que el gobierno cubano derramó por todo el
mundo, llegando allí donde nadie se atrevía. Eso es lo que en estos días
todos los que agradecemos su necesaria vigencia tenemos la obligación
de recordar cuando nombramos a Fidel. Nunca, pero nunca, nos falló.


Lo
decimos desde la constatación de saber en que clase de mundo vivimos,
donde la felonía, la corruptela, el transfuguismo y la claudicación se
han convertido en moneda corriente. Frente a esas lacras, Fidel, Cuba,
su pueblo, la vieja guardia y las jóvenes generaciones revolucionarias,
siempre han mostrado que se puede. Que con voluntad política y
conciencia revolucionaria no hay enemigo invencible.


Ahora, que el
Comandante, ese mismo al que su pueblo llama cariñosamente “el
caballo”, sigue galopando con tantas ansias de futuro, ahora que ese
enemigo al que le soportó la mirada, a pesar de tenerlo a sólo 90
millas, simula acercarse y “flexibilizar relaciones” para seguir
apretando la soga de formas diversas, ahora que ya no tenemos a Hugo
Chávez espalda con espalda con Fidel, como amigo, hijo, hermano,
compañero, ahora que el Imperio se lanza a la ofensiva en lo que sigue
considerando su “patio trasero” y Cuba se nos aparece, como siempre,
intacta, inabordable por sus enemigos que son los nuestros, ahora,
cuando las reflexiones de Fidel en defensa de la vida contra la muerte
son más que necesarias, es momento de detener la marcha por un instante,
y reconocerle a este hombre excepcional todos sus méritos.


Decirle,
sin rubores de ningún tipo, que lo queremos por todo lo hecho, y por
todo lo que seguramente seguirá haciendo. No es cursilería, ni
obsecuencia señalar esto, no somos ni una cosa ni la otra y sabemos de
ambas por vivir en países donde se practican con desmesura, sólo se
trata de hacer justicia con alguien al que desde que nos apareció la
conciencia, siempre tuvimos de nuestro lado.


Por eso, cuando las
dificultades nos apabullen, cuando creamos que nos estamos quedando sin
fuerzas, cuando a veces nos falten respuestas, cuando la confusión
reinante nos haga dudar sobre quien realmente es el enemigo, en esos
momentos de oscuridad y desazón, volvamos a Fidel, a sus ideas, a su
ética, a su audacia, a su coraje, a su lógica revolucionaria y
empinémonos nuevamente en la maravillos aventura de querer tomar los
cielos por asalto.


Por muchos años más, Fidel. Para que nuestros
enemigos sigan rabiando, y los de abajo y a la izquierda (como diría el
Subcomandante Marcos) festejen con ganas tu noble y vital existencia.

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