12/05/2016

En Brasil ahora la victoria o la derrota se juega en la calle

Lo particular de estos golpismos es que no admiten las más
mínimas reformas, ya que cada uno de los gobernantes destituidos fueron
marcados a fuego sólo por el hecho de iniciar emprendimientos que contemplaban
políticas sociales dirigidas a los sectores que el neoliberalismo de los 90
había arrojado a la exclusión pura y dura. Ni siquiera, en los tres casos
citados, se puede hablar de planteos revolucionarios de peso, que incluyeran en
lo interno nacionalizaciones del comercio exterior o reforma agraria, por citar
algunos ítems. Al contrario, como ha quedado patéticamente expuesto  en el caso brasileño, a pesar de que Dilma
Rousseff hiciera todo tipo de concesiones y generara alianzas inadecuadas que
derivaron en políticas de ajuste notoriamente anti-populares, la poderosa
burguesía paulista siguió atacando por todos los flancos y fue desgastando día
a día al gobierno del Partido de los Trabajadores. 

A diferencia de la derecha argentina que impuso a Mauricio
Macri por las urnas, aunque con un muy ajustado resultado, sus pares brasileños
llegan al gobierno por la ventana y con un “candidato” que además de ser
ostensiblemente débil (como dice un humorista brasileño:”si Michel Temer
se presentara a elecciones dudaría de votarlo, porque lo conoce, hasta su
propia esposa”) y con suficientes antecedentes delictivos como para
ingresar en la emblemática cárcel paulista de Itaí y no en el Palacio de Planalto,
como ahora le ha tocado en suerte. Sin embargo, las posibilidades que imponen
las cada vez más desacreditadas democracias burguesas le permitirían a Temer
intentar llevar adelante un plan de medidas que se han venido elaborando en
distintas usinas de la oposición a Dilma. De hecho ya está anunciado el retorno
de personajes que cohabitaron en la estructura política del ex presidente
Fernando Henrique Cardoso, máximo exponente del neoliberalismo “a la
brasileña”, o los aportes en tecnócratas y amigos del FMI y del Banco Mundial
que llegarán de la mano del derechista Aecio Neves.

En ese marco de incorporaciones, quizás la que más ruido
provoca es el retorno de Henrique Meirelles, quien acompañara a Lula al frente
del Banco Central entre el 2003 y 2011, cuando corrían tiempos de auge
económico y no los actuales, donde la novena economía del mundo hace aguas por
donde se la mire. Meirelles, actual ejecutivo de grandes empresas
trasnacionales y hombre de confianza de sectores del partido Republicano
estadounidense, promoverá desde la cartera de Economía, una política de más
ajuste y endeudamiento como ya probara su colega Joaquim Levy en la gestión
Dilma.

Dulces por la “victoria” obtenida, los partidos de derecha
más ligados a instalar a Brasil en la Alianza del Pacífico y emprender
relaciones carnales con Estados Unidos y Europa, tratarán de aprovechar el
tiempo que va hasta fin de año para evitar no sólo que Dilma vuelva (algo que a
esta altura parece improbable) sino que Lula da Silva, el único dirigente
carismático de los sectores populares pueda aspirar a vencer en futuras
elecciones.

Sin embargo, la derecha puede imaginar escenarios idílicos
-desde su punto de vista- de privatizaciones, despidos y devaluaciones
encubiertas, pero hay un factor con el que necesariamente tendrá que contar y
que no es precisamente un imponderable. Se trata de la inmensa resistencia
popular que desde hace meses viene ganando las calles de Brasil. Esos
trabajadores y campesinos que no tuvieron dudas de enfrentar las políticas de
ajuste del ministro Levy ni las provocadoras gestiones en defensa de los
agronegocios de la ministra Katia Abreu, ambos de la gestión que ahora ha sido
destituida. Esos hombres y mujeres que bloquean las carreteras, que están a pie
de barricada, a los que se les ilumina el rostro cuando se encuentran con sus
pares gritando consignas de “tierra, techo y trabajo”, o que marchan de un
punto al otro denunciando que el Brasil de los de abajo tiene años de estar
esperando por demandas incumplidas. Gente de pueblo que prefirió no ocupar
cargos y defender la autonomía de clase, precisamente para no sumergir las
ideas revolucionarias que poseen, en las cloacas burocracia y la politiquería.

Allí, precisamente allí está el Brasil real, con los Sin
Tierra y los Sin Techo, con los metalúrgicos de ABC o los operarios de la
Mercedes Benz, que estos días gritaron para que lo escuche el mundo “Nao vai
ter golpe”. En esas andaduras está la savia que alimentará la resistencia que a
partir de este fatídico 12 de mayo, deberá intentar que Temer y sus secuaces se
den cuenta que cualquier gobernabilidad que trate de llevar a cabo será
imposible.


Los pobres de Brasil saben que si no se mueven con
fuerza se impondrá el gobierno de los ricos. Por eso lo proclaman en sus
asambleas: ya no es tiempo de conciliábulos sino de acción, de paro general, de
rutas y calles cortadas por multitudes, de desobediencia civil en todos los
órdenes, de sabotaje a quienes intenten vulnerar conquistas obtenidas, de armar
frentes de rechazo a empresarios voraces, de denuncia constante al terrorismo
mediático practicado por la Red O’Globo y otras similares. Esas rebeldías de
las que indudablemente el pueblo brasileño está nutrido, son los elementos
básicos para que el golpe producido no funcione. Ahora “es tiempo de
guerra” cantaba Chico Buarque hace años, y no de mansedumbre complaciente. Ya
habrá espacio para pensar en elecciones anticipadas o potenciar la candidatura
de Lula, hoy lo más importante se juega en las calles, que es a lo más le teme
la burguesía. El resto, para que esa resistencia no quede aislada, será obra de
la solidaridad internacional de todos los pueblos que quieren que Brasil le
tuerza el brazo al Imperio.

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