08/06/2012

El periodismo originario, contra los relatos transgénicos



En nuestras tierras, antes de ser “latinas” y “americanas”, los
pueblos creaban sus propias historias. Las contaban de generación en
generación, para que los relatos  no perdieran el origen y pudieran
continuar sin fin.
No existía el cuento del fin de la historia. No existía la planta sin
conciencia de su raíz. No existían las semillas que no nacieran de sus
respectivos frutos. No había relatos transgénicos.
Hacer la historia y contarla eran tareas comunitarias. Cada cual hacía
su parte. El relato era responsabilidad de los mayores. Su palabra era
escuchada y multiplicada. Los pueblos originarios creían que en los
ancianos y ancianas estaba la sabiduría y el conocimiento del mundo.
Hacia ellos se ejercía veneración y no desprecio, como en este tiempo
descartable. A esos hombres y mujeres de estas tierras -que todavía no
eran latinoamericanas-, periodistas que contaron la historia del
origen mismo del mundo, reconocemos en nuestras actuales prácticas de
comunicación, en las maneras en que intentamos entretejer las palabras
y los actos.
Después, muchos siglos después, llegaron los conquistadores con sus
armas, con sus Biblias, con sus escribas. Desde entonces hubo por lo
menos dos tipos de periodistas. Quienes cuentan las historias del
pueblo, para que nadie olvide el origen, la raíz, la semilla, ni la
tierra; y que contando historias, las hacen y rehacen junto a su
gente. No son ni quieren ser “la voz de los oprimidos”. Son los
oprimidos y las oprimidas que encuentran sus propias voces.
Pero está también el otro periodismo, el de la Biblia y la espada, el
de las guerras y la CNN. El de las semillas y los relatos
genéticamente construidos para complacer a la Corona de turno y a sus
virreyes.
La batalla ha sido y es despareja. Atraviesa el tiempo y llega hasta
nuestro siglo 21.
Hoy los periodistas de la Corona cuentan sus cuentos a través de
poderosos monopolios de la comunicación. Son muchos, demasiados, los
que venden sus noticias por cuentas de vidrios, utilizan sus palabras
como cosmético para decorar el rostro sucio del poder.
Muy lejos de ellos y de sus mentirosos relatos, las y los periodistas
que cuentan las historias que crean los pueblos, continúan batallando
en los templos sagrados de todas las resistencias. La mayoría no tiene
nombres conocidos, pero sus palabras corren de boca en boca, como
conjuro contra el olvido y la desmemoria. Hay algunos nombres tan
sagrados como los templos de la resistencia. No hace falta nombrarlos.
Dicen los antiguos habitantes de la tierra que no conviene gastar las
palabras sagradas. Basta con reconocer lo que ellas nombran.
Periodistas del hacer cotidiano, del mensaje anónimo, de la
clandestina revelación del mundo. Periodistas que no se entregan, ni
por cuentas de vidrio, ni por todo el oro del mundo, ni por un lugar
en el establishment, ni por casualidad, ni por error. Son muchos,
muchos más de los que imaginamos detrás de unos pocos nombres queridos
que siguen siendo testimonio y dando la pelea. Periodistas originales
y originarios, que cuentan aquello que crean junto al pueblo, que
entibian la memoria con los fuegos de todos los olvidados, que han
sabido juntar las palabras con los actos, y comparten las historias de
los vencidos como quien ceba un mate que luego andará de mano en mano.
Periodistas que no se resignan, y vuelven una y otra vez a desafiar a
la derrota. Periodistas que desaparecidos, aparecen en el fuego de la
pasión que nombra. Periodistas que olvidadas, tejen en los desvanes de
la memoria, telares de identidad.
Periodistas que poniendo palabra sobre palabra, utilizan la verdad
como cemento y la historia del pueblo como cimiento. Periodistas de la
verdad y de la tierra, del pueblo que crea y de la pasión que
continúa.
Desde los templos de las resistencias, el abrazo a las periodistas que
honran la memoria sagrada de quienes no cuentan para el poder. Y en el
genérico femenino en que las nombramos, incluimos también a los
periodistas desafiantes de todas las dominaciones que impone la
cultura patriarcal, racista, burguesa.
Periodismo originario, comunicación que circula la verdad, lanzando
con la onda del pueblo, piedras de palabras verdaderas a la
desinformación globalizada.

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