02/03/2012

El odio

 

El odio es una energía que, opuesta al amor, es capaz de impulsar las más increíbles conductas, las cuales, sin su influjo misterioso, no serían posibles.

Dividido desde siempre el mundo entre perdedores y ganadores, el odio ha sido el primer argumento que han tenido a la mano los poderosos para mantener las cosas bajo su bota, sable o ametralladora.

No hay una definición que acote una buena descripción de tal sentimiento. Cierto sentido común ha establecido preceptos que de tanto repetirlos, han pasado a ser verdades inmutables: sólo se odia lo que se ha amado,  es posible la convivencia del amor y el odio, y, la peor de todas, el odio es usado por los malos, los buenos no sienten, o no deben sentirlo.

Algún imaginativo experto en comunicaciones estratégicas al servicio de los poderosos, instaló esa verdad inamovible, y desde entonces, sólo los malos tiene derecho a odiar y obrar en consecuencia, mientras los buenos deben conformase con lo que ofrece la  Ley para el efecto de poner las cosas en su lugar, una vez que se ha cometido una injusticia.

De tiempos muy remotos cursa el expediente de ofrecer la otra mejilla  aquel que nos ha golpeado. Abusando de la oferta cristiana, ni cortos ni perezosos, los poderosos, han abusado ese principio con devoción.  Discutible criterio el de Cristo, pero bueno, tendrá sus razones celestiales.

Ha habido casos, extraños, escasos, transitorios, en que los buenos han ganado. Como es del caso suponer, basta que esto suceda para que aparezcan las reconvenciones.

Agraviados, esquilmados, perseguidos, exterminados, los esclavos alzados,  los habitantes de un país ocupado, las víctimas de algún tirano, los explotados, cuando quieren hacer saber sus intenciones de buscarse justicia, dura lex, sed lex, son acusados de ser agentes del odio. Y, a continuación, el remate perfecto: hay que hacer justicia, no venganza.

Así, el odio es pasable, hasta comprensible, en el caso de los malos, pero abominable en el caso de los buenos. Basta que los perdedores triunfen para que, en la pasada de cuentas correspondiente, sean acusados de criminales, asesinos, perversos, odiosos y malvados, cuando la guillotina, la horca o el fusil, cumplen con su cometido de poner las cosas en su lugar.

En alguna parte de las luchas de los oprimidos de todos los tiempos se originó eso de que los buenos no odian. Ni cortos ni perezosos, los malos se dieron cuenta de esta extraña cabriola y respiraron tranquilos.

Los poderosos han enmascarado sus odios en la perfecta armonía de las leyes De esa manera el Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, cuando lanza a centenares de Carabineros para poner orden en Aysén parece que no lo hace impulsado por su odio, sino que afirmado en el estado de derecho, bastón ideológico algo más presentable.

Así, el expediente del cumplimiento de la ley, que dispone, permite y obliga, será cobertura perfecta para el despliegue brutal de la bronca ancestral, quizás genética, hacia esos perdedores que quieren más de lo que ameritan.

El odio, característica excluida de todo ser humano, no ha sido definido con mucha precisión aún por la ciencia. Sin embargo resulta una energía insustituible cuando llega al momento de aplicar la única ley que los perdedores de todos los tiempos han tenido a su lado para los efectos no sólo de hacer pagar tanta injusticia y sufrimiento, sino que para el terapéutico efecto de limpiar la tierra de criminales y explotadores: la venganza.

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