17/05/2016

El miedo no es buen consejero

Tomemos como síntoma, las últimas elecciones en Filipinas.
En un país en el que los tiempos sangrientos de la dictadura de Ferdinando
Marcos no son un recuerdo lejano (una revolución popular en 1986 lo obligó a
abandonar el poder), la población ha elegido como presidente con gran margen, a
Rodrigo Duterte, un hombre cuyo lema de campaña fue: “Vamos a matarlos a
todos”.

 

Se refería a los criminales, ladrones y traficantes de
droga, a quienes persiguió con grupos paramilitares como alcalde de la ciudad
de Davao. Durante la campaña, declaró que una vez presidente se encargaría él
mismo de matar a algunos de ellos, para luego concederse el perdón
presidencial. El presidente saliente, Benigno Aquino III, trató de frenarlo,
avisando que tales promesas equivalían a volver a la dictadura de Ferdinando
Marcos. Se hizo un llamamiento a la unidad de los otros candidatos para
derrotar a Duterte, pero no lograron ponerse de acuerdo.

 

A pesar de un fuerte crecimiento económico, las Filipinas todavía
tienen un alto nivel de pobreza y de desempleo. Proliferan los conflictos
armados contra los insurgentes en el sur así como las bandas de secuestradores.
Las encuestas confirman una sensación generalizada de miedo: desde el miedo de
los desempleados buscando trabajo, al de los trabajadores que temen perderlo.
Todos interpretaron la falta de seguridad como un elemento importante a la hora
de votar.

 

Al otro lado del planeta, en Brasil, la presidente Dilma
Roussef, elegida hace menos de dos años con 50 millones de votos, ha sido
depuesta por el Congreso. Mientras la élite política se enfrenta a un enorme
escándalo de corrupción, a Roussef no se le acusa de robar, sino de falsificar
el presupuesto, práctica común en todo el mundo.

 

Una encuesta realizada por una empresa brasileña
especializada descubrió que los cientos de miles de personas que claman en la
calle por su destitución pertenecen básicamente a la clase media y que además
saben perfectamente que más del 50% de los diputados y senadores que votaron a
favor de la destitución estaban bajo investigación criminal por delitos mucho
peores que falsificar un presupuesto. Mientras que el común denominador que
unía a los manifestantes era deshacerse de la corrupción (algo de lo que no fue
acusada Rousseff), los ciudadanos estaban molestos con la creciente crisis
económica, que ha dejado a Brasil en una situación dramática, y consideran que
el actual gobierno es incapaz de hacer frente a la crisis.

 

Es importante notar que bajo las presidencias de Lula da
Silva y Dilma Rousseff, el Partido de los Trabajadores (PT) ha sacado de la
pobreza a 30 millones de personas, integrándolas en la clase media. Esos
millones temen regresar a sus orígenes y constituyen la gran mayoría de los que
se tomaron las calles. Lo impresionante es que otra encuesta reveló que el casi
32% de los manifestantes expresan nostalgia de los tiempos del régimen militar
(1964-1985), cuando se garantizaba el “orden”.

 

Ahora, véase Estados Unidos, que muchos consideran un
ejemplo de democracia. El último libro de dos destacados científicos sociales,
John Hibbing y Elizabeth Theiss-Morse, “Democracia Sigilosa”, utiliza
una encuesta de Gallup del 1998 y la actualiza al día de hoy. Pues bien, a un
sorprendente número de estadounidenses no le gusta el caos de la democracia. El
60% de los encuestados cree que el gobierno “funcionaría mejor si las
decisiones se tomasen como en una empresa” y  32% está convencido de que el gobierno
estadounidense “funcionaría mejor si dejásemos que los hombres de negocios
exitosos tomen las decisiones”, mientras que el 31% creía que el gobierno
funcionaría mejor si las decisiones las tomasen “expertos no
elegidos”.

 

El New York Times publicó hace algún tiempo un estudio
sorprendente, según el cual un tercio de los encuestados también habría
aceptado un gobierno militar, si éste significase mayor eficacia. Los dos
autores creen que estos datos explican el éxito de Donald Trump. Pero también
coinciden en que la base principal de Trump proviene de aquellos que se han
sentido excluidos y temen por su futuro.

 

No es de extrañar: la clase media estadounidense se ha
reducido a menos del 50% de la población adulta, en comparación con el 61% de
finales de los años sesenta. El Centro de Investigación Pew, junto con el
Financial Times, ha llegado a una conclusión sorprendente. La sociedad se
fragmenta, a medida que la piedra angular de la economía de la post-guerra se
vacía: la clase media se redujo a la mitad de los hogares de Estados Unidos.
Por primera vez, aquellos con ingresos inferiores y superiores superan en
número a la clase media.

 

Para dar un ejemplo, el número de adultos en los dos niveles
superiores ha crecido en 7,8 millones, mientras que los de la clase media en
sólo 3 millones. Los que están en los niveles más bajos aumentaron en 6,8
millones. En esta tendencia, la fuerza de división más importante ha sido la
educación. Aquellos con educación universitaria tienen una probabilidad ocho
veces mayor de vivir con niveles de ingresos más altos que los adultos que no
terminan la escuela secundaria, y el doble de probabilidad que un adulto que
tenga tan sólo un diploma de la escuela secundaria. Por lo tanto, aquellos que
no pueden pagar una educación superior están siendo impedidos de participar con
éxito en el mercado de trabajo. Muchos de los que tienen empleos modestos no
ganan lo suficiente para llevar una vida normal.

 

Miremos ahora a Europa. El único país que ha realizado un
estudio sobre lo que está sucediendo a su clase media es España, pero sin duda
este país es representativo de muchos otros en el continente. Entre 2007 y 2013
(los años de la gran recesión, de la que Europa aún no salió), la clase baja
creció pasando de 26,6% de la población a 38,5%. Un estudio de la Fundación
BBVA ha encontrado tres tendencias principales: 1) el ingreso per cápita y por
familia ha vuelto a los niveles de finales del siglo pasado; 2) ha empeorado la
distribución del ingreso, aumentando la desigualdad económica; 3) el aumento
imparable de esta desigualdad en combinación con la disminución de los ingresos
“ha creado situaciones de pobreza y exclusión social que, hace unos años,
se pensaba habían desaparecido de nuestra sociedad”.

 

Finalmente, centrémonos en China. La clase media china está
tratando desesperadamente de colocar ahorros en el exterior. China ha sacado de
la pobreza a 600 millones de personas, que obviamente temen volver a caer en
ella. La economía china atraviesa actualmente un cambio de modelo económico, de
las exportaciones, al mercado interno. Este cambio va acompañado del cierre de
muchas fábricas y empresas ineficientes, marcando el inicio de un proceso
radical. Individuos y empresas han sacado alrededor de un billón de dólares del
país en el último año y medio.

 

La inseguridad económica se suma a la lista de
preocupaciones del día a día, que incluyen la contaminación del aire, del agua
y de los alimentos, millones de vacunas defectuosas, falta de apoyo médico y de
un sistema de jubilación real. Las redes sociales ahora distribuyen artículos
como “la ansiedad de la clase media” o “¿Serán los de clase
media los nuevos pobres?”.

 

El Financial Times informa que 45,5% de aquellos con
ingresos medios quiso colocar al menos 10% de sus ahorros en el exterior y otro
29% ya lo ha hecho. En 2014, 76.089 chinos en el extranjero recibieron permisos
de residencia permanente con requisitos financieros sólidos, en contraste con
los 4.291 del año anterior. Durante el año académico 2014-15, 304.040 chinos
estudiaron en los EE.UU., en comparación con los 110.000 de 2011-12. Mientras
tanto, de acuerdo con cifras oficiales, las manifestaciones públicas de
insatisfacción han sido más de 850.000 el año pasado.

 

Todos los economistas están de acuerdo en que nos
enfrentamos a un mundo post-industrial, donde la aportación del trabajo en el
valor de los productos va a continuar a disminuir. La robotización pasará del
actual 12% de la producción industrial a 40% en diez años.

 

Los refugiados son ahora cerca de 20 millones de personas,
según la ONU, y su número seguirá aumentando. El gigantesco incendio en Canadá,
que destruyó una ciudad, es una de las señales de alarma del cambio climático.

 

Los periódicos de todos los países dedican un espacio cada
vez mayor a la corrupción, a los documentos de Panamá, al desempleo juvenil, y
a la amenaza del terrorismo, por citar algunas de las fuentes del miedo.

 

Por lo tanto, los Trump, los Duterte, los Le Pen y los
Erdogan son una reacción mecánica al miedo. ¿Pero es el miedo buen consejero?

 

*Periodista italo-argentino. Co-fundador y ex Director
General de Inter Press Service (IPS). En los últimos años también fundó Other
News, un servicio que proporciona “información que los mercados eliminan”

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