24/04/2016

El final de un ciclo o el agotamiento del posneoliberalismo

Los gobiernos progresistas

Los nuevos gobiernos de Brasil, Argentina, Uruguay,
Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Paraguay y Bolivia, pusieron en marcha políticas
restableciendo el Estado en sus funciones de redistribución de la riqueza, de
la reorganización de los servicios públicos, en particular el acceso a la salud
y a la educación y de inversiones en obras públicas. Se negoció una
distribución más favorable del ingreso de las materias primas entre
multinacionales y Estado nacional (petróleo, gas, minerales, productos
agrícolas de exportación) y la coyuntura favorable, durante más de una década,
permitió importantes ingresos para las naciones en cuestión.

 

Hablar sobre el final de un ciclo introduce la idea de un
cierto determinismo histórico, lo que sugiere la inevitabilidad de alternancias
de poder entre la izquierda y la derecha, concepto inadecuado si el objetivo es
sustituir la hegemonía de una oligarquía por regímenes populares democráticos.
Sin embargo, una serie de factores permiten sugerir un agotamiento de las
experiencias post-neoliberales, partiendo de la hipótesis que los nuevos
gobiernos fueron post-neoliberales y no poscapitalistas.

 

Obviamente, sería ilusorio pensar que en un mundo
capitalista, en plena crisis sistémica y por lo tanto particularmente agresivo,
el establecimiento de un socialismo “instantánea” es posible. Por
cierto también existen referencias históricas sobre el tema. La NEP (Nueva
Política Económica) en los años veinte en la URSS, es un ejemplo para estudiar
de manera crítica. En China y en Vietnam, las reformas de Deng Xio Ping o del
Doi Moi (renovación) expresan la convicción de la imposibilidad de desarrollar
las fuerzas productivas, sin pasar por la ley del valor, es decir, por el
mercado (que se supone el Estado debe regular). Cuba adopta, de forma lenta
pero prudente a la vez, medidas para agilizar el funcionamiento de la economía,
sin perder las referencias fundamentales a la justicia social y el respeto por
el medio ambiente. Entonces se plantea la cuestión de las transiciones
necesarias.

 

Un proyecto posneoliberal


El proyecto de los gobiernos “progresistas” de
América Latina para reconstruir un sistema económico y político capaz de
reparar los desastrosos efectos sociales del neoliberalismo, no fue una tarea
fácil. La restauración de las funciones sociales del Estado supuso una
reconfiguración de este último, siempre dominado por una administración
conservadora poco capaz de constituir un instrumento de cambio. En el caso de
Venezuela, es un Estado paralelo que se instituyó (las misiones) gracias a los
ingresos del petróleo. En los demás casos, nuevos ministerios fueron creados y
renovaron gradualmente a los funcionarios. La concepción del Estado que
presidió al proceso fue generalmente centralizadora y jerarquizada (importancia
de un líder carismático) con tendencias a instrumentalizar los movimientos
sociales, el desarrollo de una burocracia a menudo paralizante y también la
existencia de la corrupción (en algunos casos a gran escala).

 

La voluntad política por salir del neoliberalismo tuvo
resultados positivos: una lucha efectiva contra la pobreza para decenas de
millones de personas, un mejor acceso a la salud y la educación, inversiones
públicas en infraestructura, en pocas palabras, una redistribución por lo menos
parcial del producto nacional, considerablemente aumentado por el alza de los
precios de las materias primas. Esto dio lugar a beneficios para los pobres sin
afectar seriamente los ingresos de los ricos. Se añadieron a este panorama
importantes esfuerzos a favor de la integración latinoamericana, creando o
fortaleciendo organizaciones como el Mercosur, que reúne a unos diez países de
América del Sur, UNASUR, para la integración del Sur del continente, la CELAC
para el conjunto del mundo latino, más el Caribe y, finalmente, el ALBA, una
iniciativa venezolana con unos diez países.

 

En este último caso, se trataba de una perspectiva de
cooperación bastante novedosa, no de competencia, sino de complementariedad y
de solidaridad, porque, de hecho, la economía interna de los países
“progresistas” permaneció dominada por el capital privado, con su
lógica de acumulación, especialmente en los sectores de la minería y el
petróleo, las finanzas, las telecomunicaciones y el gran comercio y con su
ignorancia de las “externalidades”, es decir los daños ambientales y
sociales. Esto dio lugar a reacciones cada vez mayores por parte de varios
movimientos sociales. Los medios de comunicación social (prensa, radio,
televisión) se mantuvieron en gran medida en manos del gran capital nacional o
internacional, a pesar de los esfuerzos hechos para rectificar una situación de
desequilibrio comunicacional (Telesur y las leyes nacionales en materia de
comunicaciones).

 

¿Qué tipo de desarrollo?


El modelo de desarrollo se inspiró en los años 60 del
“desarrollismo”, cuando la Comisión Económica para América Latina de
la ONU (CEPAL) propuso sustituir las importaciones por el aumento de la
producción nacional. Su aplicación en el siglo XXI, en una coyuntura favorable
de los precios de las materias primas, combinada con una perspectiva económica
centrada sobre el aumento de la producción y una concepción de redistribución
de la renta nacional sin transformación fundamental de las estructuras sociales
(falta de reforma agraria por ejemplo) condujo a una
“reprimarización” de las economías latinoamericanas y al aumento de
la dependencia con respeto al capitalismo monopolista, yendo incluso hasta una
desindustrialización relativa del continente.

 

El proyecto se transformó gradualmente en una modernización
acrítica de las sociedades, con matices dependiendo del país, alguno, como
Venezuela haciendo hincapié en la participación comunitaria. Esto dio lugar a
una amplificación de consumidores de clase media de bienes del exterior. Se
estimularon los megaproyectos y el sector agrícola tradicional fue abandonado a
su suerte para favorecer la agricultura agroexportadora destructora de los
ecosistemas y de la biodiversidad, incluso llegando a poner en peligro la
soberanía alimentaria. Cero rastros de verdaderas reformas agrarias. La
reducción de la pobreza en especial mediante medidas asistenciales (que también
fue el caso de los países neo-liberales) apenas redujo la distancia social,
siendo la más alta del mundo.

 

¿Se podría haber hecho de otra manera?


Uno puede preguntarse, por supuesto, si era posible haberlo
hecho de otra manera. Una revolución radical hubiera provocado intervenciones
armadas y los Estados Unidos disponen de todo el aparato necesario para ello:
bases militares, aliados en la región, el despliegue de la quinta flota
alrededor del continente, informaciones por satélites y aviones awak y han
demostrado que intervenciones no estaban excluidas: Santo Domingo, bahía de
cochinos en Cuba, Panamá, Granada…

 

Por otra parte, la fuerza del capital monopolista es de tal
manera que los acuerdos hechos en los campos de petróleo, minería, agricultura,
rápidamente se convierten en nuevas dependencias. Hay que añadir la dificultad
de llevar a cabo políticas monetarias autónomas y las presiones de las
instituciones financieras internacionales, sin hablar de la fuga de capitales
hacia los paraísos fiscales, como lo demuestran los documentos de Panamá.

 

Por otra parte, el diseño de la formación de los líderes de
los gobiernos “progresistas” y de sus consejeros era claramente el de
una modernización de las sociedades, sin tener en cuenta logros contemporáneos,
tales como la importancia de respetar el medio ambiente y asegurar la
regeneración de la naturaleza, una visión holística de la realidad, base de una
crítica de la modernidad absorbida por la lógica del mercado y finalmente la
importancia del factor cultural. Curiosamente, las políticas reales se desarrollaron
en contradicción con algunas constituciones bastante innovadoras en estas áreas
(derecho de la naturaleza, “buen vivir”).

 

Los nuevos gobiernos fueron bien recibidos por las mayorías
y sus líderes reelegidos en varias ocasiones con resultados electorales
impresionantes. De hecho, la pobreza había disminuido notablemente y las clases
medias se habían duplicado en peso en pocos años. Existía un verdadero apoyo
popular. Por último, hay que añadir también que la ausencia de una referencia
creíble “socialista”, después de la caída del muro de Berlín, no
incitaba a presentar otro modelo que el post-neoliberal. El conjunto de estos
factores sugieren que era difícil, objetiva y subjetivamente, esperar otro tipo
diferente de orientación.

 

Las nuevas contradicciones


Sin embargo, esto explica una rápida evolución de las
contradicciones internas y externas. El factor más dramático fue, obviamente,
las consecuencias de la crisis del capitalismo mundial y, en particular, la
caída, en parte planificadas, de los precios de las materias primas y en
especial del petróleo. Brasil y Argentina fueron los primeros países en sufrir
los efectos, pero rápidamente siguieron Venezuela y Ecuador, Bolivia
resistiendo mejor, gracias a la existencia de importantes reservas de divisas.
Esta situación afectó inmediatamente el empleo y las posibilidades consumistas
de la clase media. Los conflictos latentes con algunos movimientos sociales y
una parte de intelectuales de izquierda salieron a la luz. Las fallas del
poder, hasta entonces soportadas como el precio del cambio y sobre todo en
algunos países, la corrupción instalada como parte integrante de la cultura
política, provocaron reacciones populares.

 

Obviamente la derecha se tomó esta situación para iniciar un
proceso de recuperación de su poder y su hegemonía. Apelando a los valores
democráticos que nunca había respetado, logró recuperar parte del electorado,
sobre todo tomando el poder en Argentina, conquistando el parlamento en
Venezuela, cuestionando el sistema democrático de Brasil, asegurándose la
mayoría en las ciudades en Ecuador y en Bolivia. Trató de tomar ventaja de la
decepción de algunos sectores, en particular de los indígenas y de las clases
medias. También con el apoyo de muchas instancias norteamericanas y por los medios
en su poder, trató de superar sus propias contradicciones, sobre todo entre las
oligarquías tradicionales y los sectores modernos.

 

En respuesta a la crisis, los gobiernos
“progresistas” adoptaron medidas cada vez más favorables a los
mercados, hasta el punto de que la “restauración conservadora” que
denuncian con regularidad, se introdujo subrepticiamente dentro de ellos
mismos. Las transiciones se convierteron entonces en adaptaciones del
capitalismo a las nuevas exigencias ecológicas y sociales (un capitalismo
moderno) en vez de pasos hacia un nuevo paradigma poscapitalista (reforma
agraria, apoyo a la agricultura campesina, tributación mejor adaptada, otra
visión de desarrollo, etc.).

 

Todo esto no significa el final de las luchas sociales, al
contrario. La solución radica, por una parte, en la agrupación de las fuerzas
para el cambio, dentro y fuera de los gobiernos, para redefinir un proyecto y
las formas de transición y por otra, en la reconstrucción de movimientos
sociales autónomos con objetivos enfocados en el medio y largo plazo.

 

* Sacerdote católico y sociólogo marxista belga,
fundador del Centro Tricontinental (CETRI) que funciona en la Universidad
Católica de Lovaina. Es una figura reconocida del movimiento altermundista

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