12/09/2016

El dirigente revolucionario Boli Lescano despedido por sus compañeros y compañeras con un Hasta la Victoria, Siempre!

Revolucionario hasta la médula, no dudó en alzarse en armas
junto a sus compañeros del Ejército Revolucionario de Pueblo en los años 70 y
por ello, como tantos otros sufrió torturas y prisión. Su rostro sereno volvió
a crisparse en los años 90 cuando Menem gobernaba para los ricos, el
capitalismo y el imperialismo, y no pocos traidores festejaban con champan,
mientras en las calles ardían las barricadas de la resistencia. Por ahí,
corría, sudando la camiseta, el Boli, mientras Quebracho gritaba “Patria o Muerte”
o “Libres o Muertos jamás esclavos” en las esquinas de una Patria que se
rebelaba contra las relaciones carnales con los gringos. Muy parecidas a las de
este infame presente que nos ofrecen Macri y sus socios.

Crispado por la impotencia del asesinato de otros dos
queridos militantes, Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, el Boli y sus
compañeros piqueteros de la CTD Aníbal Verón cortaron calles y rutas, 
proclamaron a quienes los quisieran oir aquello de que “la sangre derramada no
será negociada” y que para ello había que hacer lo que hubiera que hacer,
aunque muchas veces no fuera totalmente entendido por la mayoría.

Es en ese camino de protestas y persecusiones que los
enemigos de siempre, esta vez en la provincia de Neuquén, nos roban a tiros la
vida del maestro Carlos Fuentealba que participaba en una manifestación
reivindicativa. Frente a esos hechos, Quebracho reaccionó con lógica furia en
Buenos Aires, rompiendo un par de míseros cristales en un local partidario del
responsable de aquel asesinato, el ex gobernador Sobisch, y esa fue la excusa
para que tanto el Boli como Fernando Esteche fueran otra vez perseguidos,
acusados por jueces venales , y finalmente encarcelados injustamente (mientras
Sobisch goza de plena libertad) durante el gobierno de Cristina Kirchner. En el
medio, quedaron clandestinidad, huelgas de hambre que mellaron aún más la salud
del Boli y un cúmulo de miserias de la politiquería barata que casi con
habitualidad padecemos las y los argentinos.

Cuando finalmente la presión popular obligó a los jueces
dejar libre al Boli, después de padecer un derrame cerebral que casi adelantó
su muerte en la cárcel, y pasar por un período extra de prisión domiciliaria,
su cuerpo estaba infinitamente golpeado por toda una vida de malos tratos. Sin
embargo, su cabeza y su temple de revolucionario, no se amilanaron, y pudimos
verlo y compartir su sonrisa en reuniones, marchas, protestas, y todo tipo de
expresiones rebeldes contra el macrismo, hasta el último día de su digna
existencia.

Puedo decir que conozco al Boli y a Fernando Esteche hace
décadas, ambos han sido los arquetipos de esa singular construcción política
que fue y es el Movimiento Patriótico Revolucionario Quebracho. Siempre los
imaginé como un todo, como una amalgama en la que cada uno se aferraba en el
otro, espalda contra espalda.  Así los vimos pelear codo a codo en las
calles en cada ocasíón que el pueblo se movilizaba.  Otras tantas, supimos
de ellos masticando su bronca en los calabozos. Es en ese marco, que no me quedan
dudas de que muchos que a partir de ahora extrañaremos al Boli, nos sentimos
representados en ese inmenso y conmovedor gesto de tristeza de Fernando, en la
despedida de su amigo y compañero. Pero también en sus palabras pronunciadas en
un entorno de jóvenes encapuchados según la mística de Quebracho, en los muchos
rostros que no ocultaban lágrimas y en la imagen de Roberto Mario Santucho
flameando desde una de las tantas banderas, proclamando el infaltable “Hasta la
victoria, siempre”

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