02/08/2016

¿Cómo llegamos a este caos?

Y estos son, por cierto, tiempos interesantes, en que se
acumulan acontecimientos dramáticos, desde terrorismo a golpes de Estado y desde
desastres climáticos pasando por el declive de instituciones hasta agitación
social. Sería importante, aunque difícil, repasar brevemente cómo llegamos a
esta situación de “falta de armonía”.



 


Comencemos por algo conocido. Tras la Segunda Guerra Mundial,
hubo consenso en la necesidad de evitar que se repitiera el horror vivido entre
1939 y 1945. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) fue el foro que reunió
a casi todos los países, y la consiguiente Guerra Fría propició la creación de
una asociación de jóvenes estados recién independizados, los Países No
Alineados, devenidos en una zona de contención entre Oriente y
Occidente.



 


La brecha entre el Norte y el Sur Global se convirtió en el
asunto más importante de las relaciones internacionales. Tan así que en 1973, la
Asamblea General de la ONU adoptó de forma unánime una resolución sobre el Nuevo
Orden Económico Internacional (NOEI). El mundo acordó un plan de acción para
reducir las desigualdades, impulsar el crecimiento global y hacer de la
cooperación y el derecho internacional la base de un mundo en armonía y en
paz.



 


Tras la adopción del NOEI, la comunidad internacional comenzó a
trabajar en ese sentido y tras la reunión preparatoria de París, en 1979, se
organizó una cumbre con los jefes de Estado y de gobierno más influyentes en el
balneario mexicano de Cancún, en 1981, para adoptar un plan de acción
global.



 


Entre los 22 jefes de Estado y de gobierno presentes, estaban
el presidente estadounidense Ronald Reagan (1981-1989), elegido pocas semanas
antes, quien se encontró con la primera ministra británica Margaret Thatcher
(1979-1990), y ambos mandatarios procedieron a anular el NOEI y la idea de
cooperación internacional. Los países diseñarían políticas según sus intereses
nacionales y no se inclinarían ante ningún principio
abstracto.



 


La ONU comenzó su declive como ámbito para fomentar la
gobernanza. El lugar para la toma de decisiones pasó al Grupo de los Siete (G7)
países más poderosos, hasta entonces un órgano técnico, y otras organizaciones
dedicadas a defender los intereses nacionales de las naciones más
fuertes.



 


Además, otros tres acontecimientos ayudaron a Reagan y a
Thatcher a cambiar el rumbo de la historia.



 


El primero, fue la creación del Consenso de Washington, en
1989, por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, el Fondo Monetario
Internacional (FMI) y el Banco Mundial, que impusieron la política según la cual
el mercado era el único motor de las sociedades y los estados pasaron a ser un
obstáculo y debían achicarse lo más posible. Reagan incluso evaluó la
eliminación del Ministerio de Educación.



 


El impacto del Consenso de Washington en el llamado Tercer
Mundo fue muy doloroso. Los ajustes estructurales redujeron drásticamente el
frágil sistema público.





El segundo, fue la caída del Muro de Berlín, también en 1989,
que trajo aparejado el fin de las ideologías y la obligada adopción de la
globalización neoliberal, que resultó ser una ideología todavía mucho más
estricta.



 


La globalización neoliberal se caracterizó por el predominio
del mercado, que liberó a las empresas “libres” o privadas de toda obligación
con el Estado; la reducción del gasto público en servicios sociales, la que
destruyó las redes de protección social; la desregulación, la disminución de
toda regulación estatal que pudiera reducir las ganancias, y la privatización,
la venta de las empresas estatales, de bienes y servicios a inversores
privados.





Además, implicó la eliminación del concepto de “bien público” o
“comunitario” y lo reemplazó por la “responsabilidad individual”, obligando a
las personas más pobres a buscar soluciones por su cuenta para su falta de
atención médica, de sistemas de educación y de seguridad social y luego
culpándolas de su fracaso, considerándolas “flojas”.



 


El tercero, fue la eliminación progresiva de las normas que
regían al sector financiero, iniciada por Reagan y terminada por Bill Clinton
(1993-2001) en 1999, en el marco de la cual los bancos de depósitos pudieron
utilizar el dinero de sus clientes para la especulación.





Entonces, las finanzas, consideradas el lubricante de la
economía, siguieron su propio camino, embarcándose en operaciones muy riesgosas
y sin relación con la economía real. Actualmente, por cada dólar de bienes y
servicios producidos, se generan 40 dólares en transacciones
financieras.



 


Ya nadie defiende el Consenso de Washington ni la globalización
neoliberal. Quedó claro que si bien desde el punto de vista macro, la
globalización aumentó el comercio e impulsó el crecimiento financiero y global,
a escala micro, resultó un desastre.



 


Los defensores de la globalización neoliberal sostenían que el
crecimiento le llegaría a todo el mundo. En cambio, se concentró cada vez más en
un número creciente de manos. En 2010, 388 personas concentraban la riqueza de
3.600 millones de personas. En 2014, ese número se redujo a 80 personas, y en
2015, a 62.





Tan así que ahora, el FMI y el Banco Mundial piden que se
refuerce al Estado como regulador indispensable. Pero desde la caída del Muro de
Berlín, Europa perdió 18 millones de personas de la clase media, y Estados
Unidos, 24 millones. Además, ahora hay 1.830 multimillonarios con un capital
neto de 6,4 billones de dólares. En Gran Bretaña se pronostica que en 2025 la
desigualdad será la misma que en 1850, en plena época victoriana y cuando nacía
el capitalismo.



 


El nuevo mundo creado por Reagan se basó en la codicia. Algunos
historiados sostienen que la codicia y el miedo son los dos motores de la
historia, y los valores y las prioridades cambian en una sociedad
codiciosa.



 


Volviendo a nuestros días, tenemos un nuevo grupo de jinetes
del Apocalipsis, los daños de los pasados 20 años (1981-2001) se agravan en los
siguientes 20 años (2001-2020), los que todavía no
transcurrieron.



 


El primer jinete, fue el colapso del sistema bancario en 2008
en Estados Unidos por especulaciones absurdas con los créditos hipotecarios. La
crisis se expandió a Europa en 2009, a raíz de la caída del valor de los títulos
inmobiliarios, como los griegos. Recordemos que para salvar al sistema
financiero, los países destinaron cerca de cuatro billones de dólares, una cifra
enorme si se tiene en cuenta que los bancos siguen teniendo unos 800.000
millones de dólares en activos tóxicos.



 


Mientras, los bancos tuvieron que pagar 220.000 millones de
dólares en multas por actividades ilegales, pero ningún gerente fue condenado.
Europa no volvió a la situación anterior a la crisis. Además, numerosos puestos
de trabajo desaparecieron por la deslocalización de la producción a lugares más
baratos y aumentaron los empleos de bajos salarios, además de los
precarios.



 


Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo
Económicos (OCDE), un trabajador gana actualmente en términos reales 16 por
ciento menos que antes de la crisis, lo que afectó principalmente a los sectores
más jóvenes, con 10,5 por ciento de empleo promedio en Europa. Sin embargo, el
único estímulo al crecimiento es para el sector bancario, al que el Banco
Central Europeo vuelca 80.000 millones de dólares al mes. Ese monto habría
resuelto fácilmente la falta de empleo juvenil.



 


Los economistas hablan ahora de una “Nueva Economía”, en la que
el desempleo es estructural. De 1959 a 1973, el crecimiento mundial se ubicó por
encima de cinco por ciento al año, el que se redujo a tres por ciento en 1973,
cuando la crisis del petróleo, que marcó un cambio. Y desde 2007 no logramos
llegar a uno por ciento.



 


Además, hay que agregar el desempleo creciente propiciado por
el desarrollo tecnológico. Las fábricas necesitan una proporción menor de
trabajadores. La Cuarta Revolución Industrial, que implica la producción
robotizada y que ahora representa 12 por ciento del total se elevará a 40 por
ciento en 2025.



 


Algunos economistas, como el estadounidense Larry Summers, una
voz oficial del sistema, dicen que estamos en un período de estancamiento que
durará varios años. El temor por el futuro se volvió una realidad, avivado por
el terrorismo y el desempleo y por el sueño de muchas personas que creen que es
posible volver a un pasado mejor.



 


De eso se aprovechan, figuras populistas, desde el
estadounidense Donald Trump a la francesa Marine Le Pen. Una de las
consecuencias de la crisis es que en varios países europeos aparecieron partidos
populistas, con plataformas nacionalistas y xenófobas, 47 la última vez que se
contó. Muchos de ellos ya están en el gobierno o integran coaliciones
gobernantes, como en Eslovaquia, Hungría y Polonia, y habrá que prestar atención
a las próximas elecciones de Austria.



 


El segundo jinete del Apocalipsis es el resultado de las
intervenciones armadas de Estados Unidos en Iraq, y luego de Europa en Libia y
Siria, con un papel particular del ex presidente francés Nicolas Sarkozy
(2007-2012).



 


Eso derivo en que a partir de 2012, Europa comenzara a recibir
una inmigración masiva y para la cual no estaba preparada. De repente, a la
gente le dio miedo la ola humana que se venía y su impacto en el mercado
laboral, la cultura, la región, etcétera, convirtiéndose en un elemento
importante del miedo.





Y luego el tercer jinete, fue la creación del Estado Islámico
(EI) en Siria en 2013, uno de los regalos de la invasión de Iraq, encabezada por
Estados Unidos. No nos olvidemos de la crisis global, que comenzó en 2008, y
desde entonces el populismo y el nacionalismo comenzaron a
crecer.



 


El espectacular impacto del EI en los medios y la
radicalización de muchos jóvenes europeos de origen árabe, por lo general
marginados, acentuó el temor y fue un regalo para el populismo, ahora capaz de
utilizar la xenofobia para movilizar a ciudadanas y ciudadanos inseguros y
descontentos.



 


La decadencia de las instituciones europeas llevó a muchos
países, tras el brexit, a pedir una profunda revisión del proyecto europeo. El 2
de octubre, Hungría consultará a su ciudadanía: ¿Aceptaría una cuota de
inmigrantes impuesta por la Unión Europea (UE) contra la voluntad de parlamento
húngaro?



 


Ese mismo día se repiten las elecciones en Austria por
cuestiones de forma, luego de que en las anteriores, la extrema derecha perdiera
por 36.000 votos. Le seguirán Holanda, Francia y Alemania, con la probabilidad
de que crezcan los partidos de extrema derecha. Asimismo, Polonia y Eslovaquia
también quieren realizar referendos sobre la UE. Es posible que para fines de
2017, las instituciones europeas estén profundamente dañadas.



 


El verdadero problema es que desde la fallida Cumbre de Cancún
en 1981, los países perdieron la capacidad de pensar juntos. India, Japón, China
y muchos otros atraviesan una ola de nacionalismo.



 


En Cancún, todos los participantes, desde el entonces
presidente francés François Mitterrand (1981-1995) hasta la primera ministra
india Indira Ghandi (1066-1977 y 1980-1984), desde el presidente tanzano Julius
Kambarage Nyerere (1964-1985) hasta el primer ministro canadiense Pierre Trudeau
(1968-1979), compartían ciertos valores de justicia social, solidaridad, respeto
por el derecho internacional, así como la convicción de que las sociedades
fuertes eran la base de la democracia, excepto, por supuesto, Reagan y Thatcher,
la que declaró: “no existe la sociedad, solo hay individuos”.



 


También consideraban a la paz y al desarrollo como paradigmas
de buena gobernanza. Todo eso desapareció. Los líderes políticos actuales, sin
ideologías y subordinados a las finanzas se han volcado principalmente al debate
administrativo, sobre asuntos puntuales, sin contexto y donde es difícil
distinguir entre la izquierda y la derecha. Claramente, estamos en un período de
codicia y temor.



 


El tiempo no ayuda.





En 1900, Europa concentraba 24 por ciento de la población
mundial. A fines de este siglo, solo cuatro por ciento. Nigeria tendrá más
habitantes que Estados Unidos, y África, que ahora tiene 1.000 millones de
habitantes, tendrá 2.000 millones en 2050 y 3.000 millones en 2100. Sería hora
de que se discutiera cómo hacer frente al mundo que se viene. Se necesitaron 25
años para llegar a un acuerdo sobre cambio climático, y quizá ya demasiado
tarde. En materia de migraciones y empleo, ese tiempo es una
eternidad.



 


Además, ese debe ser un acuerdo global, no solo una reacción
impulsiva de la canciller de Alemania, Angela Merkel, en completa soledad, sin
siquiera consultar al actual presidente de Francia, François Hollande. Pero ese
tipo de agenda es políticamente inimaginable. ¿Cómo discutir algo así con Le
Pen, Trump y otros populistas emergentes en el marco del nacionalismo que se
propaga por el mundo?


*Periodista italo-argentino. Co-fundador y ex Director
General de Inter Press Service (IPS). En los últimos años también fundó Other
News, un servicio que proporciona “información que los mercados eliminan”. Other
News . En español:http://www.other-news.info/noticias/ En
inglés:http://www.other-net.info

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