21/07/2016

Cien ollas populares contra el hambre neoliberal

Jóvenes, niñas, niños, ancianas y ancianos marchando por las
calles de Buenos Aires, en una gran caravana que da cuenta de la pobreza
integral en que se encuentra una importante franja de la población. Es cierto
que se venían arrastrando problemas que son casi crónicos para que esto suceda,
pero es imposible negarse a reconocer que se han acentuado en los últimos seis
meses, precisamente desde que el gobierno derechista, neoliberal y excluyente
de Mauricio Macri se sirvió de los votos para instalarse en la Casa Rosada y
aplicar desde allí políticas de matriz fondomonetarista.

 

Eso y mucho más pudo verse patentemente reflejado en la
inmensa movilización que llevaron a cabo la Confederación de Trabajadores de la
Economía Popular (CTEP) y la organización Barrios de Pie este martes 19 de
julio, día en que  las organizaciones
populares recuerdan la muerte de dos grandes revolucionarios: Mario Roberto
Santucho y Envar El Kadri. El ejemplo de ambos seguramente revolotearía en esta
manifestación de pies encallecidos por la miseria y el sufrimiento.

 

Como si fueran flores de invierno, el pobrerío caminó y
caminó hasta que en un momento hizo surgir del pavimento cien ollas populares,
enclavadas en otros tantos puntos cardinales de la urbe. La mayoría de ellas
instaladas cerca de grandes supermercados de alimentación, dando cuenta de lo
que se necesita y no se tiene en la mesa de cada familia barrial.  Desafiando las carencias estructurales, un
puñado de vecinas y militantes sociales nutrieron a los calderos de los
elementos necesarios para que la muchedumbre pudiera recobrar fuerzas con un
guiso tan popular como los comensales.

 

Había que verlos en los alrededores del Obelisco,
“almorzando” en fraterno montón, mientras un público diverso, integrado
por oficinistas, estudiantes y hasta ejecutivos trajeados y encorbatados
pasaban a su lado y miraban la escena un poco con pudor y otro poco con
envidia. Es que las risas que salían de los distintos corrillos eran
contagiosas, a pesar de los múltiples problemas que cada uno de ellos y ellas
cargan sobre sus espaldas. A un lado, cantaba presente un torbellino de niños
jugando con las banderas que habían portado los mayores, aprovechando los rayos
del sol que abrigaban, casi con ternura, a unos y otras.

 

Había que escuchar sus reclamos, que apuntan a que esa marea
humana surcada por las necesidades, pueda sentirse como el que más, y no estar
condenado a la marginación constante. “Queremos puestos de trabajo
genuino”, dijo uno, y enseguida agregó: “reclamamos cese de las políticas
represivas para los trabajadores de la vía pública”. Esto es así, porque
no se trata sólo de la angustia del hambre, provocada por una inflación
galopante que bordea el 44 %, sino que además, a la ola de decenas de miles de
despidos y la falta de oportunidades que tienen los que nacen, crecen y mueren
en villas de emergencia o en barrios carenciados, se le suma en los últimos
meses la impronta agresiva de la policía metropolitana retirándolos como si
fueran bultos de los sitios en que se concentraban miles de trabajadores
callejeros. No sólo a ellos, sino que como ocurriera en los últimos días, hasta
una joven que amamantaba a su hijita en una esquina cualquiera, fue violentada
por un grupo policial femenino que la obligó con malos modos a retirarse del
lugar porque “dar la teta en público está prohibido”. Si Eduardo Galeano
viviera, cuanto material obtendría de esta Argentina de hoy para sus
maravillosos relatos de injusticias y rebeldías.

 

Alrededor de las humeantes ollas, la vida cobra otro sentido
para quienes las circundan, porque de allí salen aromas que son tan necesarios
para darse fuerza e imaginarse otra forma de vida, otro hábitat que no sean los
actuales. Y entre plato y plato, servidos por voluntarias surgidas de los
mismos contingentes barriales, una mujer apunta dos reivindicaciones más a la
lista de reclamos: “se hace necesaria la construcción y terminación de
viviendas” y también la mil veces prometida urbanización de las villas.  Y por último, algo tan elemental como la
exigencia de alimentos para los comedores populares y los merenderos
comunitarios.

 

Por esas cuestiones básicas que los oídos de los
funcionarios del macrismo quieren ignorar o ningunear, la ola popular alumbró
con sus consignas y protestas las calles, marcando una pauta indispensable para
que siga creciendo la resistencia y la lucha. Con pocos días de diferencia al
“ruidazo” bulliciosos y estridente producido por el repicar de cacerolas
se le suma ahora este “ollazo” que serpenteó la ciudad en toda su dimensión.
Ambas acciones apuntan a un mismo objetivo: pararle la mano a Macri y sus
ministros trasnacionales.

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