23/03/2016

Argentina: 40 años entre una y otra dictadura

Perón rompió un pacto no firmado con sus jóvenes más leales
y revolucionarios, a los que en su momento denominó la “juventud maravillosa”,
o en el plano de la resistencia armada a la dictadura del general Lanusse,
caracterizó como las “formaciones especiales”. El viejo general, acostumbrado a
manejar pendularmente, de derecha a izquierda y viceversa, las pasiones y
pensamientos políticos de su Movimiento, no pudo soportar que le disputaran el
espacio del poder y mucho menos que en esa “aventura” estuvieran embarcados
esos jóvenes militantes que habían crecido con el “Perón o Muerte” entre los
labios, pero que ahora sentían que para ser coherentes había que seguir
avanzando hacia la concreción de una Patria Socialista.

Lo que vino después es más o menos conocido: el frustrado
reencuentro del líder con su pueblo en Ezeiza, donde las bandas fascistas
incluidas en el peronismo asesinaron a cientos de luchadores y luchadoras, el
posterior discurso de Perón acusando a las víctimas de victimarios, la
conformación desde el gobierno, bajo la coordinación de López Rega pero con el
indudable visto bueno del General, de ese engendro criminal que fue la Triple
A. Párrafo aparte, la ruptura entre los militantes de la Tendencia
Revolucionaria y Perón, sintetizada en ese doloroso acto de Plaza de Mayo, en
el que el General insultó no sólo a quienes tanto habían luchado para que él
volviera, sino que quebró definitivamente la posibilidad de que el peronismo
avanzara por una senda revolucionaria hacia el socialismo. Perón, eligió, como
tantas veces a los burócratas sindicales y políticos, sabiendo que muchos de
ellos eran parte del equipo de sostén y apoyo logístico (además de participar
concretamente en asesinatos de militantes) de los mercenarios de la Triple A.
Después de ese suicidio político, Perón murió y con él se fue el último gran
referente de un momento que pudo ser glorioso para las clases populares, pero
que no fue por limitaciones ideológicas que cíclicamente se repiten en algunos
movimientos de características progresistas. A la hora de romper con el molde
capitalista, por más avanzadas que estén los sectores de base ligados a esas
experiencias de poder, siempre aparece un freno (ideológico) y comienza una
rápida involución.

 

El derrumbe del péndulo

 

Tras la muerte de Perón, la puerta abierta al enfrentamiento
entre peronistas de izquierda y elementos fascistoides de un Movimiento que
siempre los contó en sus filas, se hicieron insoportables para la sociedad, que
día a día se despertaba contando muertos y más muertos.

A partir de ese momento, y con todos estos antecedentes a su
favor -auge, descomposición y caída de un peronismo que abandonara la
posibilidad de disputar poder a la oligarquía y a sus patrones imperialistas-
es que aparece con mayor claridad una foto de cómo se había ido gestando a la
sombra la idea intervencionista de los sectores más gorilas de las Fuerzas
Armadas. Aprovechando el desquicio del gobierno de Isabel y sus consecuencias
“caóticas y anarquizantes” (dos palabrejas que los militares y grupos de
derecha suelen usar siempre que desean dar uno de sus tradicionales zarpazos)
sólo bastaba agregar un poco más de leña al fuego para que la caída se
precipite.  La proclama golpista del
general Videla a fines de 1975 en Tucumán, donde los combatientes del ERP
mantenían con tremendo sacrificio una experiencia de guerrilla rural. dejaba en
claro que a muy corto plazo, ese desgobierno “peronista” sería cosa del pasado.

A diferencia de otras épocas donde el poder militar
intervenía en las situaciones derivadas del accionar gubernamental, en todos
esos últimos meses habían preferido mantenerse como observadores frente al
poder político y sus derivaciones , más allá de su activa y criminal
participación en la lucha anti-guerrillera. Preparaban así el clima para lo que
pronto se convertiría en una de las dictaduras militares más siniestras del
continente. Ese poder militar había advertido mejor que nadie que antes,
durante y posteriormente al regreso de Perón, decenas de miles de jóvenes con
armas o sin ellas, en barrios, fábricas, colegios, universidades y cuanto
rincón del país así lo exigiera, habían ocupado un espacio de construcción de
poder popular, contaban con una formación política de gran profundidad, eran
austeros y rechazaban el consumo capitalista, imaginando para su generación y
las futuras, la idea de vivir para siempre en una nueva sociedad sin
explotadores ni explotados. No sólo arañaban la posibilidad de hacerse con el
gobierno a mediano plazo sino que estaban convencidos de que tomarían los
cielos por asalto. Esa percepción caló hondo también en el enemigo más directo,
representado por uniformados que, renunciando a los principios de los ejércitos
sanmartinianos, preferían adorar un tótem envuelto en la bandera de barras y
estrellas. y en función de ello y el odio visceral a todo lo que significara
peronismo revolucionario o marxismo, es que decidieron emprender una nueva Cruzada.

 

Un “proceso” a la medida de Washington

 

Entre marzo de 1976 y abril de 1982 las tres fuerzas armadas
aplicaron todas las enseñanzas de la Escuela de las Américas y la estrategia de
aniquilamiento de la Escuela Francesa utilizada en Argelia y en otros países de
África. Todo para imponer un plan económico al uso del FMI, el Banco Mundial y
las trasnacionales más voraces. Resultado: mayor endeudamiento, destrucción de
los beneficios sociales adquiridos durante años de lucha, ilegalización de
entidades gremiales y partidos políticos de izquierda. Para ejecutar esas
políticas hambreadoras, se necesitaba una represión sin antecedentes que a
fuerza de desapariciones (30 mil no es una cifra inventada sino una dato
objetivo de lo que fue esa barbarie), campos de concentración, encarcelamientos
masivos y cientos de miles de desterrados involuntarios.

 

Aún en ese marco letal hubo resistencias de todo tipo. Desde
conflictos de trabajadores que desafiaron al poder militar con huelgas y
trabajo a desgano hasta acciones armadas de organizaciones que a pesar de haber
sido diezmadas por la represión no dejaban de intentar recrear climas de
hostigamiento a semejante enemigo.

 

Resistir es vencer

 

De esas insurgencias organizadas o silvestres era difícil
enterarse debido a la gran censura informativa, pero existieron numerosos
ejemplos de luchas, que analizadas desde este presente adquieren una
importancia mayor por haber sido practicadas en momentos de durísima represión.
Protagonizaban estas ultimas, decenas de militantes juveniles orgánicos o
desenganchados de las estructuras formales de los nucleamientos
político-militares, o de los agrupamientos de base, que por razones de
seguridad o porque simplemente perdían los contactos, seguían la lucha según
sus propios criterios de autodefensa.

También, y hay que destacarlo ahora que la derecha intenta
imponer una nueva modalidad de discurso único, desde el peronismo
revolucionario y también desde organizaciones marxistas se pudieron armar
estructuras contrainformativas, tan útiles en tiempos de apagón total. Por
haber formado parte de una de ellas, destaco el trabajo en ese sentido
impulsado por Rodolfo Walsh y quienes lo acompañamos en la experiencia de la
Agencia de Noticias Clandestinas (ANCLA).

El tema de ANCLA era de una gran trascendencia: había que
transformar un espacio de clandestinidad en una fuente contra-informativa y de
denuncia sobre los desmanes, atropellos, violaciones de los derechos humanos
(torturas, asesinatos, campos de concentración) y demás fechorías que estaban
cometiendo los militares de las tres armas, y el grupo importante de civiles
que les acompañaban en el genocidio. Además, se hacía fundamental eludir la
censura para dar a conocer las numerosas acciones que la resistencia popular
(no solamente la armada) estuviera generando día a día en cada rincón del país.
La experiencia duró poco más de un año, pero como decíamos en ese entonces, se
logró demostrar que “se puede hacer buen periodismo en tiempos muy difíciles”.
Y obtener victorias perdurables, como fue la Carta a la Junta Militar que
escribiera Walsh, poco antes de caer asesinado en combate.

 

Después de la rendición humillante de Malvinas, la dictadura
comenzó a preparar su retirada, en la medida que los sectores

populares -algunos de los cuales erróneamente habían apoyado
esa aventura convocada por Galtieri- renovaban con más bríos su rechazo al
modelo autoritario impuesto por la fuerza de las armas. De hecho, no hubo caída
estruendosa sino traspaso de un modelo que amparaba el Terrorismo de Estado a
otro representado por una seguidilla de gobiernos que abrevaban en la
democracia burguesa y representativa. Democracias rigurosamente vigiladas por
Washington, que envió cíclicamente contingentes de multinacionales y
especialistas en megaminería, agronegocios y devastación territorial.

Párrafo aparte exige la lucha de los organismos de derechos
humanos, sobre todo Madres y Abuelas, que estuvieron al frente de la lucha por
los 30.000 detenidos-desaparecidos en plena época dictatorial y redoblaron la
exigencia en la batalla contra las leyes de impunidad (Obediencia Debida, Punto
Final y el nefasto indulto menorista). Todas estas instancias fueron
contestadas en la calle y ese esfuerzo fue el ariete principal que una vez
llegado el Kirchnerismo al gobierno, le permitió impulsar la revisión de todo
lo actuado anteriormente y dar vía libre a juicios de lesa humanidad que
lograron meter en la cárcel a numerosos genocidas.

 

Este oscuro presente

Ahora, a 40 años de aquellos años de plomo, es indudable que
el panorama local y regional ha cambiado superlativamente. Por lo menos, en la
recién inaugurada experiencia macrista comienzan a visibilizarse actitudes,
gestos e iniciativas ligadas a fragmentos del discurso autoritario de la
dictadura. Tanto en lo económico donde se avanza nuevamente hacia la imposición
de un plan neoliberal, que como en el caso del implantado por José Martínez de
Hoz en 1976, necesita de la represión para facilitar su predominio, como en el
aspecto laboral, descargando una oleada de despidos que afectan al ámbito
estatal y privado.

El país vive otra dictadura, esta vez “democrática”,
legitimada por los votos, de la misma manera que la del 76 lo fue por las armas
y el beneplácito de franjas reaccionarias de la población. La sociedad, por lo
menos esa parte que votó al macrismo, se está fascistizando rápidamente, tanto
como el lanzamiento de decretos involucionistas por parte del gobierno. El
revanchismo impera en todos los órdenes de la embestida derechista y se están
recorriendo caminos que van a terminar en más ataques a los derechos humanos y
a la voluntad de un amplio sector del pueblo de defenderlos y profundizarlos.

Se vive un clima de policialización de la sociedad.
Uniformados de distintas procedencia –muchos ya existían en el anterior
gobierno. se hacen fuertes en las calles y tratan de interferir en contra de la
organización popular. A esto hay que sumarle la aparición de núcleos
paramilitares que operan en barrios humildes y suman de esta manera más terror
a un panorama de por sí muy delicado.

Frente a estas situaciones, la resistencia es casi una
obligación de quien se sienta militante por la vida. De la misma manera que en
tiempos de la dictadura militar siempre hubo hombres y mujeres que no se
callaron frente a la injusticia, o trabajadores que desafiaron aumentos,
despidos y la presencia militar en las fábricas, hoy se hace necesario recordar
los motivos, las ganas y el coraje de nuestros 30 mil hermanos y hermanas que
desafiaron todas las adversidades y despuntaron una lucha por el socialismo
hasta las últimas consecuencias.  Si no
lo hiciéramos, si apostáramos a esperar “a ver que pasa”, si nos equivocáramos
subestimando al enemigo que hoy enfrentamos, pensando en retornos a más de lo
mismo, o miráramos a un costado por cobardía, la derecha imperialista verá
allanado el camino para quedarse varios años en el gobierno. En memoria de
Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, de Santucho y Pujadas, del Carlón Pereyra Rossi y
de Silvio Frondizi, del Padre Carlos Mujica y Rodolfo Ortega Peña, no nos
podemos permitir más fragmentaciones, y sí debemos tratar de iluminar la unidad
en la acción, buscando saldar uno de los grandes temas pendientes en el campo
de la izquierda popular y revolucionaria. Si lo logramos, lo demás vendrá solo.

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