Angelelli y Romero

02/05/2019

Angelelli y Romero

Amenazados por los poderes dictatoriales ambos sacerdotes redoblaron su opción por los pobres a costa de su propia vida. “El ansia de liberación de un pueblo no es algo que los poderosos puedan llevarse en una bolsa”, dijo Enrique Angelelli. “Las mayorías pobres de nuestro país son oprimidas y reprimidas cotidianamente por las estructuras económicas y políticas de nuestro país”, denunció Arnulfo Romero.

Por Mariano Vázquez (@marianovazkez)

El poema “Sobre nuestra moral poética” del salvadoreño Roque Dalton (1935-1975), también asesinado por sus ideas y acciones, calza a la perfección con las convicciones y las causas que abrazaron Angelelli y Romero. Dice así: “No somos, pues, cómodos e impunes anonimistas / De cara estamos contra el enemigo / y cabalgamos muy cerca de él, en la misma pista. / Y al sistema y a los hombres / que atacamos desde nuestra poesía /con nuestra vida les damos la oportunidad de que se cobren / día tras día”.


El 4 de agosto de 1976 el obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, fallecía en un supuesto accidente automovilístico. Con la recuperación de la democracia, y tras un extenso proceso judicial, se confirmó en 2014 que la dictadura asesinó a este obispo contestatario. Tenía 53 años.

El 24 de marzo de 1980, el arzobispo de San Salvador Arnulfo Romero fue asesinado de un disparo en el corazón por un francotirador de los escuadrones de la muerte mientras oficiaba la Eucaristía en la Capilla del Hospital La Divina Providencia en la capital salvadoreña. Tenía 62 años.

“Martirio en odio a la fe”, con esta categoría el papa Francisco beatificó a Enrique Angelelli, a tres de sus compañeros también asesinados y a Arnulfo Romero. El trámite fue arduo. El negacionismo de las cúpulas eclesiásticas impedía que se presentara a estos curas como ejemplo católico a favor de los pobres y enfrentados a las dictaduras cívico-militares latinoamericanas.

Esta decisión trascendental de la Iglesia Católica nos motivó a dialogar con Carlos Custer, un referente del cristianismo en la opción preferencial por los pobres, los trabajadores y los pueblos.


Custer fue nombrado por el expresidente Néstor Kirchner embajador argentino en el Vaticano (2003-2007), secretario adjunto de la extinta Confederación Mundial del Trabajo (CMT), central cristiana y tercermundista, dirigente histórico del movimiento sindical argentino y fundador de la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Trabajadores Estatales (CLATE).

“Me regocijó esta beatificación del papa Francisco, aunque la Iglesia haya demorado tanto, porque es un compromiso para con monseñor Angelelli, dos sacerdotes y un laico que llevaban la línea pastoral de enfrentamiento a la dictadura, de denuncia de las violaciones a los derechos humanos y que, por eso, fueron brutalmente asesinados”, sostuvo Custer en una charla con el portal web de CLATE, quien además recordó que “a Angelelli lo conocí en 1966, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970) a la que criticó duramente; luego, con el golpe del `76, a él ya lo habían sacado de Córdoba por la presión de la derecha y lo mandaron a La Rioja, una región aparentemente con menor conflictividad, pero él tenía la línea del Concilio Vaticano II, la de iglesia comprometida con los pobres y los derechos humanos y en esa provincia siguió adelante con sus creencias y convicciones. Estaba amenazado. Lo asesinaron para borrar a ese hombre extraordinario que impulsaba una iglesia comprometida con los pobres”, subrayó Custer.

La valentía de este cura que se enfrentó al poder criminal más sangriento de la historia argentina lo ratifica el ignominioso editorial del diario derechista La Nación del 30 de julio de 2018: “Monseñor Angelelli de ninguna manera constituye el modelo de ejemplaridad cristiana que la Iglesia exige para iniciar un proceso de canonización”.

Respecto a Romero, Custer señala que “no era un hombre de ideas progresistas, era del clero medio, moderado, él se va radicalizando por la propia realidad que iba atravesando El Salvador, una semicolonia de Estados Unidos, con una oligarquía macabra. Al igual que Angelelli, fue muy valiente porque sabía que su vida estaba en peligro, de hecho, los grupos parapoliciales lo asesinaron mientras celebraba misa”.

La prensa de la época, comprada por la dictadura, atacaba a Romero. Es muy elocuente la tapa del periódico La Opinión que titulaba “Harán exorcismo a Mons. Romero” y en la bajada aseguraba que “Preocupan Actitudes Sospechosas Arzobispo; Piden por la Salvación de su Alma; Mentes Diabólicas dirigen al Monseñor que se encuentra poseído por el Espíritu del Mal”.

Según Custer, se trata de “dos figuras esenciales de la iglesia en la opción preferencial por los pobres, que denunciaron la explotación de las minorías poderosas contra las mayoría populares, propugnaron la conciencia del pueblo, de los campesinos, de los trabajadores, dieron un apoyo irrestricto a la capacidad del pueblo para organizarse”.

“Ahora me toca a mí”

El 18 de julio de 1976 fueron secuestrados y asesinados los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longeville. Unos días después mataron al campesino catequista laico Wenceslao Pedernera. Angelelli observó que el círculo se cerraba en torno a él. Sabía que sería el siguiente: “Ahora me toca a mí”, le dijo a su entorno, que lo conminó a exiliarse. Se negó.

 

 

Angelelli nació en Córdoba el 17 de julio de 1923. En 1949 se ordenó como sacerdote y en 1960 fue nombrado obispo auxiliar de Córdoba. En esa década participó de las históricas sesiones del Concilio Vaticano II. En 1968 lo enviaron a la diócesis de La Rioja. “Desde el 24 de marzo de 1976 Angelelli se enfrentó a los golpistas. Esa fue su sentencia de muerte”, rememora Custer.

Miguel Baronetto, relata en “Vida y martirio de Monseñor Angelelli”, que este le decía a sus colegas: “Hoy cae un vicario general, mañana (muy próximo) caerá un obispo. Por ahí se me cruza por la cabeza el pensamiento de que el Señor anda necesitando la cárcel o la vida de algún obispo para despertar y vivir más profundamente la colegialidad episcopal”.

“Hay que descubrir dos cosas: que para servir hay que tener el oído atento, siempre puesto a lo que dice el Evangelio y a lo que dice el pueblo. Y guardar fidelidad a ambas cosas”, afirmaba Angelelli en 1975.

“Organizarse es un deber”

Las homilías de monseñor Romero eran tan famosas que llegaban por radio a todos los rincones de El Salvador, ese país bajo dictadura militar, dominado económicamente por 14 familias, por la elite ideológica que masacró al pueblo en 1932 y que ante el influjo oral del obispo amenazaban en la prensa escrita de la época: “Matamos 40 mil y tuvimos 40 años de paz. Si hubiéramos matado 80 mil, habrían sido 80 años”.


Esto respondió Romero en su homilía del 16 de septiembre de 1979: “El derecho de organización nadie lo puede violar. La represión que quiere deshacer a los grupos organizados hace muy mal, porque la organización es un derecho humano que nadie lo puede violar. Las reivindicaciones que esas organizaciones piden cuando son justas, hay que oírlas. Organizarse es un derecho y en ciertos momentos como el de hoy, es también un deber. Porque las reivindicaciones sociales y políticas tienen que ser no de hombres aislados sino la fuerza de un pueblo que clama unido por sus justos derechos. El pecado no es organizarse. El pecado es para un cristiano perder la perspectiva de Dios”.

Romero nació el 15 de agosto de 1917 en la localidad de San Miguel. A los 13 años entró al seminario. Se ordenó sacerdote a los 26. Entre 1944 y 1967 fue párroco en su pueblo natal. Dice su biógrafa, María López Vigil que era “muy amigo de los ricos y también de los pobres, pretendió ser a la vez pastor de corderos y de lobos. Le sacaba limosnas a los ricos para dárselas a los pobres: así les aliviaba a los pobres sus problemas y a los ricos su conciencia”. Del 1967 a 1974 fue obispo auxiliar de San Salvador y desde ese año a 1977 obispo de Santiago de María, rica zona cafetalera y algodonera. La cúpula eclesiástica confiaba en él, por eso fue nombrado arzobispo de San Salvador en 1977.

Allí se produce un cambio en Romero. Así lo relata López Vigil: “Y es ley de historia que en la medida en que una autoridad tiene más poder, más se aleja de la gente y más insensible se le vuelve el corazón. Vas subiendo y muchos te van perdiendo. La altura emborracha y aísla. En Oscar Romero se quebraron estas dos leyes. Se ‘convirtió´ a los 60 años. Y fue al ascender al más alto de los cargos eclesiásticos de su país cuando se acercó de verdad a la gente y a la realidad. En la máxima altura y cuando los años le pedían reposo, se decidió a entender que no existe más ascensión que hacia la tierra. Y hacia ella caminó. En esa hora undécima eligió abrirse a la compasión hasta poner en juego su vida. Y la perdió. No le ocurre a muchos”.

Recuerda Custer que al calor del Concilio Vaticano II muchos curas se acercaron a su pueblo: “La realidad los va convirtiendo, veían la explotación, la obscenidad y la prepotencia de las burguesías funcionales al poder. Cuando palpa la realidad esa corriente minoritaria se da cuenta que no podía haber más silencio de la iglesia con los atropellos contra el pueblo y se ponen al frente de las luchas de los trabajadores”.

Un año después del asesinato de Romero, el militar Roberto d´Aubuisson, sindicado como el autor intelectual del crimen, fundó el partido ultraderechista ARENA, que gobernó varias veces El Salvador.

Para Custer es una “alegría para los que creemos en una iglesia junto a sus pueblo que el papa Francisco, que hoy es muy atacado por la derecha, haya beatificado a estos hombres ejemplares que no solo se enfrentaron a poderes terribles y a una cúpula eclesiástica cómplice de esas dictaduras”.

Y agregó: “Esa iglesia no estuvo a la altura de sus circunstancias y de sus obligaciones”.

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