01/03/2016

A quién le importa el futuro: bitácora de un observador global

Lo conocí hace casi 50 años, cuando sus pacientes femeninas
se perdían por sus ojos a medio abrir o a punto de la entrega, en el pabellón
siquiátrico del Hospital Español. Era el médico de Eugenia Souza, mujer
bellísima y conmovedora que parecía no tocar la tierra. Su hermano, Antonio Souza,
también excepcional, fue poeta además de descubridor de Francisco Toledo, entre
otros, a quien expuso en su galería.

                                                   

Juan Villoro define al libro de De la Fuente A quién le
importa el futuro, publicado por Planeta, como la bitácora de viaje de un observador
global, para luego asegurar que el observador actúa como nuestro enviado
especial a coloquios, simposia, cumbres y foros internacionales y –como un
Hermes moderno– regresa a instruirnos. En esas páginas, que tan bien ha sabido
presentar Juan Villoro, el ex rector de la UNAM parte de una fecha crucial como
el centenario de la Revolución Mexicana para replantear los aciertos y las
carencias de nuestra sociedad. Convencido de que muchos de los proyectos de la
Revolución sólo fueron enunciados: unos no se cumplieron y otros se olvidaron,
el resultado hoy es el que todos padecemos: la enorme desigualdad social y un
supuesto desarrollo nada equitativo.

 

De la Fuente convierte a nuestra modernidad en una
democracia vulnerable y en un Estado reconocido ante todo por sus debilidades,
ya que sus fortalezas se han esfumado, al menos la de sus funcionarios, para
acabar pronto, asaltantes de camino real. Muchos más atractivos son Los
bandidos de Río Frío, que nos pintó Manuel Payno.

 

Si bien la especialidad de Juan Ramón de la Fuente es la
siquiatría, su conocimiento de economía y sociología saltan a la vista: las
estadísticas que presenta sobre nuestro país son alarmantes: entre 142 países
enlistados en 2015, México aparece en el lugar 76 en cuanto a innovación, en el
61 en lo que respecta a tecnologías modernas, en el 73 en infraestructura y la
peor cifra es la de nuestra calidad educativa, que nos ubica en el lugar 107. Y
si de calidad educativa hablamos, debemos reconocer que el autor es un experto
en el tema, porque, como afirma Villoro: en 1999 De la Fuente recibió un campus
universitario sitiado y ocho años después entregó una ciudad del conocimiento.

 

En su libro A quién le importa el futuro nuestro atraso
educativo ocupa un lugar privilegiado y tampoco en esa materia nos favorecen
los números: “Hay 5.4 millones de analfabetas, 10 millones de personas que no
terminaron la primaria, otros 16 millones no pudieron terminar la secundaria
(…). Cuarenta por ciento de la población adulta no ha concluido la educación
básica. Visto de otra manera podemos decir que de cada 100 niños que inician la
primaria sólo 13 terminan la educación superior y únicamente dos concluyen un
posgrado”. Gran parte de ese atraso se debe a la deserción, que tiene su raíz
en nuestra fallida economía. ¿Cómo puede concentrarse un niño con el estómago
vacío? Peor aún, ¿cómo puede ir a la escuela, si sus padres lo necesitan para
limpiar parabrisas en un semáforo?

 

La baja inversión del gobierno de México en la
educación resulta catastrófica. Mientras México invierte 6.5 por ciento en
educación, Costa Rica llega a 10.5 por ciento y ni hablar de nuestros vecinos
del norte, que superan 16 por ciento. De la Fuente también afirma que de nada
sirve una educación para todos si no es de calidad. Enseñar a leer, a escribir
y a contar a un niño sin recursos es la obligación moral de cualquier Estado,
pero en México hace muchos años que se perdieron los propósitos educativos de
Vasconcelos y luego de Jaime Torres Bodet.

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