29/07/2012

A 60 años de la muerte de Eva Perón

¿Desde sus sueños de infancia pobre, en Los Toldos, tapada su cabeza con una frazada para escapar de la mirada fija de ese padre que recién conocerá en un cajón de muerto; desde su cuerpo tapado con papeles que no engañan al frío mientras escucha el tropel de potros y tiembla ante los alaridos de la indiada que nacen desde abajo de la tierra como nacen una y otra vez los huesos de los vencidos?

¿Desde la mansa Junín, cuando ella se sentaba a contemplar las danzas del cielo y recitaba sonetos de amor y hacía con sus manos sombras chinas y todas las ceremonias del teatro, hasta el día que llegó un cantor de tangos que la sedujo con su voz de hombre triste, con la promesa de esa llave que le abrirá las puertas de la ciudad lejana, donde los folletines de radio se cumplen siempre con final feliz?

¿Desde su desamparo vulgar de muchacha provinciana en la Buenos Aires de las seis terminales de trenes a vapor y de las grandes marquesinas tan próximas y tan lejanas por donde bajan las estrellas de las broadcasting con sombreros de plumas y zorros plateados sobre los hombros ligeramente perfumados, rumbo a ese palacio de músicas y bailes donde ella no va, porque todavía la cenicienta del cuento no ha encontrado al hombre poderoso que la besa y redime de la bastardía y de cada hora de hambre y de cada caricia que no fue legítima, porque sólo los ángeles tienen el derecho de acostarse a nuestro lado desnudos y sin amor?

¿Desde el amor, desde qué amor; el amor que gratifica y repara a la hora de los lobos cuando suena el teléfono y una voz extraña nos dice que nuestra madre ha muerto; el amor que se frustra y engendra el odio, ese pájaro perverso que se mete en el alma y la transforma en cueva; el amor que se sabe frágil y se pretende eterno; el amor en donde se confunden para la suprema edificación del hombre, las obsesivas ideas de salvación y perdición del espíritu; el amor que se evade de sí y busca su recinto allí donde están los otros hombres con sus historias pequeñas y diarias, únicas; el amor que destruye al mundo del no amor para crear en el amor el único cielo que está en la tierra; o acaso ella quiso ser algo más que la plena luz del amor?

¿Desde dónde hablar con Eva, o Eva Duarte, o Eva de Perón, su negrita –¡que se casen, que se casen!, les gritaron sin camisa, frente a la casa, o sea sus hermanos que pedían para ella un final con Libreta del Civil y fiesta–, o Evita la de todos, que es decir la que fue y puso el cuerpo para que muchos años después, años que acaso no alcancen a ver nuestros ojos, cuando tanta obstinación se cruce de una vez y para siempre con la historia, alguien con aire doctoral pueda decir: en los antecedentes de nuestra revolución hay una mujer, y muestre su retrato, y otra generación se enamore como nos enamoramos nosotros cuando éramos jóvenes y la muerte tocaba su tambor en la casa de enfrente?

¿Desde la actriz en giras dudosas por teatros dudosos y hoteles también dudosos; la de Betty, Peggy, Mary, July, dulces y adoradas rubias de New York, estrellita Eva sin mayor estrella?

¿Desde el terremoto de San Juan, cuando entre lutos y beneficios por los que lo perdieron todo se cruza con el Coronel y comienza la leyenda de dos, como un canto de muchos que se bifurca hacia el infinito?

¿Desde un Octubre 17, y ella que sale y ella que no sale, ella heroína o temerosa soñadora; ella que va en busca de los que hacen la historia o los que hacen la historia cruzan los ríos, cruzan los puentes, y la hacen a ella, quieren tener algo dulce y bello para luchar con más ganas, o para morir con menos miedo, igual que un corazón en el medio del tiempo?
¿Desde todo lo que quitó con odio cantando como una niña: el que le quita a un ladrón tiene cien años de perdón; desde lo que dio con amor, o sea desde ella y por ella, porque de ella eran el hambre de muchos que mitigó, las heridas que cerró, las humillaciones que lavó, las bocas enfermas que besó; esa boca crispada que lanza las señales a la multitud, esa boca convertida en llamarada que anuncia: vendrán por la revancha, vendrán otra vez para humillarnos, vendrán por la noche con sus cuchillos del degüello, y quién será vigía cuando no esté yo?

¿Desde su rostro de bella porcelana de Limoges, sus aires de señora, su peinado de rizos, sus vestidos largos de Jaumandreu y ese rubí y esa perla y todos los juegos de cortesana y todas las mascaras del ceremonial que probó y dejó, porque no eran de ella, sino que pasaban por ella purificados como en un capítulo más de la gran novela, porque quienes en verdad estaban allí eran miles de muchachas de barrios y provincias con sus boquitas rojas y felices, al menos por unas horas, y salvadas, al menos por unas horas, de la fealdad y la pena; porque donde ella estaba era en la fuente, lavándose los pies con un gran movimiento sensible por medio del cual los pies lastimados de los otros llegan a ser sus pies de bailarina que corre por las calles y danza entre nubes como si fuera la aurora?

¿Desde el poder que tuvo en sus manos y dejó escapar como lluvia entre los dedos y no como oro que no se repite, porque el poder que llevó al país por donde el país anda tiene dioses, a los que ella no adoró, y tiene reglas para subvertirlo de cuajo que ella no cumplió, son reglas duras las de la revolución, y no se olviden que ella era una muchacha romántica movida como todos saben por el amor, o por el odio, que también se sabe vive bajo el mismo lecho y usa la misma sábana?

¿Desde dónde hablar de ella ahora que como nunca hace falta; ahora que el cansancio y la desesperanza nos amenazan, nos invaden; ahora que la otra cara de su belleza es la fealdad de esos hombres que saltan del folletín y buscan instalarse en el poder con sus muecas y sus risas y sus manos que no olvidan de apretar la soga que nos anuda la garganta?

¿Desde la conciencia de clase que tuvo y los enemigos de clase que se ganó, porque se cosecha lo que se siembra y ella ¡vaya que sembró!, a manos llenas sembró?

¿Desde las milicias obreras que deseó hasta poner el deseo en la punta de sus dedos, que nadie antes que ella tuvo tan claro en este siglo, en estas tierras perdidas del sur, de qué manera se ganaba o se perdía la partida?

¿Desde la justicia como el esplendor de un delirio que la quemó en la hoguera?

¿Desde el hierro de su mano con que marcó la frente del traidor?

¿Desde la mujer que votó; desde la mujer que puso su pie en la política para poner sentimientos donde sólo había impiedad y negocios; desde la mujer que se quedó en la Plaza de las grandes fiestas y allí enterró a sus muertos y allí tuvo sus hijos que ahora busca los jueves en la misma Plaza, de espaldas al río, a despecho de olvidos y perdones?

¿Desde su enfermedad, pobrecito su cuerpo; ella sin otro hijo que el cáncer en las entrañas; ella de 33 y ya santa; ella orada, ella con flores, ella pedida como se pide que venga la luz después de la tormenta que parece eterna y aterra?

¿Desde su renunciamiento, o sea la caída de un proyecto, o sea la derrota de ese gran salto hacia adelante que pudo ser y no fue, porque sólo fue el comienzo de la gran marea que levantó los cuerpos por las alturas y los estrelló contra las piedras y los convirtió en nada de vida, apenas jirones de rostros y de hombres que el viento trae y lleva, ni siquiera hojas para la tierra, tumbas como cántaros para recoger las lagrimas?

¿O debemos hablar desde su muerte en días en que se juzga a los dueños de la muerte? ¿O desde su vida, ella saqueada hasta en sus últimas palabras pero viva?
Viva y erguida con su dedo acusador dividiendo las aguas. Anunciando en nuestro silencio herido sin ángeles ni profetas que la muchacha del gran amor volverá blandiendo su espada y será millones.

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