14/07/2013

ARGENTINA: Como decía Germán… (In memoriam de Germán Abdala)

 

En agosto de 1992 la revista El Porteño publicó una entrevista a Germán Abdala, el entonces joven diputado nacional y dirigente de ATE que enfrentaba las políticas neoliberales del menemismo. A continuación, recordamos algunos de los pasajes del reportaje, con conceptos que todavía hoy siguen vigentes:

 
Fue pintor de autos, encordador de raquetas de tenis, militante de la juventud maravillosa y operario de mantenimiento en la empresa minera del Estado. Con la dictadura pasó a la clandestinidad, desde donde, junto a Víctor De Gennaro, inició una larga y victoriosa campaña para destronar de la Asociación de Trabajadores del Estado al burócrata Juan Horvath. Desde 1989—año en que fue elegido diputado— fue el cerebro oculto del Grupo de los Ocho, y lo de “oculto ” no se debe a una pasión por los bastidores del poder sino a una enfermedad irreversible que lo acosaba desde mucho antes. A pesar de su extrema fragilidad ha decidido mantenerse en pie para dar la batalla ideológica. Les presentamos a Germán el Turco Abdala (36 años), un joven discípulo de John William Cooke que predica en favor de la unidad en torno de valores en peligro de extinción y la necesidad de acabar con las sectas.
 

— ¿Qué opina sobre la “muerte de las ideologías”?

—Hoy más que nunca están presentes las ideologías, pero ocurre que una ha ganado una batalla en el mundo. Es por eso mismo que, hoy más que nunca, hay que afirmar las ideas y el debate ideológico. Lo de la muerte de las ideologías es una gran mentira del capitalismo, de esta ideología imperialista que trata de convencemos de que no discutamos más ideas y nos insertemos acríticamente en el consumo. Los sectores populares y progresistas tenemos un debate pendiente y una autocrítica que hacernos. Debemos encontrar las nuevas formas y realizar el proceso de actualización que hizo nuestro enemigo para dominarnos.

 

— ¿Cómo y por dónde empezaría?

—Dije debatir ideologías; te agrego tomarnos de principios muy concretos que han sido lo elemental de nuestra existencia. Separar las que han sido causas justas de las injustas. Principios de equidad con la explotación terrible que sufre nuestro pueblo. Debemos hacernos cargo de una actualización que no podemos delegar en nadie. Tenemos que crear modelos como en los años 60, como fueron el Che,

Fanon, Evita, Cooke y un montón de compañeros. Generar los modelos de los 90, porque tal vez los del 60 hayan quedado desactualizados durante los cambios estructurales. Pero lo primero es reconstruir la actitud solidaria y el compromiso colectivo y revalorizar estos valores contra la marca de individualismo.

 

— ¿Cuál es el lugar en que pueden construirse los modelos que usted propone?

—Desde los principios que te mencioné y desde los compañeros que a lo largo y ancho del país siguen comprometidos y no se han quebrado, no traicionaron ni su mandato ni su compromiso con los trabajadores. Tenemos que salir de la típica actitud infantil de la izquierda, de luchas por la hegemonía, donde jamás se permite construir a largo plazo. Tenemos que romper con los egoísmos que hay entre grupos y subgrupos que hacen que todo se fracture, que todo sea divisible por dos. Es indispensable que toda la izquierda social no organizada, todos los sectores populares, democráticos, nos unifiquemos.

 

— ¿Cuál es su visión del fenómeno?

—Nosotros, desde el peronismo, estamos haciendo una autocrítica que nos está costando mucho. Por ejemplo, para mí el peronismo es ya un dato histórico, nada más. Como cuando decimos: “Viva San Martín”, “Viva Artigas”, “Viva el Chacho Peñaloza”, decimos: “Viva Perón y Evita”. Hoy el peronismo es este menemismo que nos gobierna. Así que tenemos que tomar distancia de todo lo que sea estructura.

La gente está desorientada, desganada, porque no ha sido interpretada en sus problemas más elementales. Y bueno, ésa es la responsabilidad que tenemos hoy: o tenemos 20 o 30 años de desierto con anchoas en el bolsillo o construimos en los próximos años una alternativa para disputarle el poder a este bipartidismo, a este partido único, del ajuste. Pelearle a esto, que sólo se diferencia entre el menemismo, que es salvaje y corrupto, y el radicalismo, que puede ser prolijo y con buenos modales, pero que en última instancia es el mismo modelo de  sociedad.

 

—Volvamos a los sindicatos. Desde el espacio político-gremial, ¿cómo se articula lo social en el modelo de construcción que propone?

—Nuestra experiencia nos demostró que no alcanza con democratizar un sindicato, recuperar una estructura y ponerla al servicio de los trabajadores.

No alcanza si eso no se potencia con una propuesta política masiva hacia toda la sociedad, si no se une íntimamente con el resto de las organizaciones sociales y políticas del país. Nosotros fallamos en la construcción de un nuevo modelo, de la nueva propuesta, la alternativa global a esta sociedad. Hemos quedado embretados en sobrevivir cada uno en su experiencia, cada uno en su sindicato, en su fracción. En nuestro gremio nosotros hacemos una profunda autocrítica: creíamos que teníamos razón en el debate sobre  el rol del Estado y pensábamos que era necesario reformarlo y democratizarlo, pero no supimos cómo ganar a la gente para eso: se la ganaron los formadores de opinión del menemismo, de esta “revolución conservadora” que logró que la gente se plantee a sí misma como usuaria, con su valor individual, y no con sus reclamos y necesidades sociales.

 

— ¿Cómo podrían acabarse los sectarismos?

—Ha quedado claro que, a mayor presión, más explotación y dureza en la aplicación del ajuste. Y esto no trae como respuesta una mayor conciencia de los compañeros, un mayor compromiso y combatividad. Trae más desesperanza e individualismo.

 

—El hartazgo general…

—La gente está cansada de paros y movilizaciones, de que siempre seamos los mismos los que nos vemos las caras. La gente empieza a valorar que hay que empezar a cambiar desde otro lugar. Que tenemos que tener políticas claras hacia los medios de comunicación, que hoy son claves en formar opinión en la sociedad. Que debemos tener dirigentes creíbles y, te insisto, tenemos que saldar todo un debate ideológico entre los que fuimos responsables, militantes durante los años 70, con la nueva militancia, porque eso tampoco cuajó. Y no cuajó porque hay soberbia en los viejos militantes y en las estructuras formales. Ninguna de ellas es capaz de aceptar que sufre el mismo síndrome que los partidos políticos del sistema.

 

— ¿La gente se repliega porque está en otro nivel de la discusión política, en otra dimensión?

—La gente se va a ir replegando cada vez más porque no participa en la discusión con nosotros. La ve como una discusión de los militantes, de los cuadros; no como un debate que conduzca a resolver sus problemas cotidianos. Los militantes que tenemos años en esto queremos que sigan nuestro ritmo, y cuando miramos para atrás estamos solos: la gente tiene su ritmo propio. Esto no significa que se haya vuelto reaccionaria en masa porque haya votado a Duhalde o a Rico. En la  Capital, la gente votó por De la Rúa porque no construimos una opción seria de poder, una alternativa. Esta, y no otra, es nuestra primera responsabilidad. En segundo lugar, tenemos la de ver que nuestra sociedad —a diferencia de lo que sucedía en los años 60 y 70— se encuentra despolitizada, lo que ha sido todo un éxito de los grupos de poder. Es que el sistema logró cambiarle a la gente los ejes de valor. Un trabajador ferroviario quizá critique hoy a una trabajadora docente porque hace paro y no le banca a los chicos en la escuela: veinte años atrás esto no ocurría.

 

— ¿Cree que la derechización avanza por los medios de comunicación y se inocula en la sociedad?

—No sé si se trata de una derechización. Me suena muy absoluto, como si nosotros nos pusiéramos por encima de la gente diciendo que no nos equivocamos, que es la gente la que se derechizó. Insisto en que la gente se empobreció. Y vive con mucha angustia la crisis de la marginalización, de la expulsión del sistema. Hay, sí, una crisis de los sectores que tendrían que ser la vanguardia de una alternativa popular.

Nosotros no fuimos capaces de ofrecerle al modelo que brindó Alfonsín, al que ofrece esta revolución conservadora, una contracara. Esa es nuestra responsabilidad. Las utopías son posibles cuando uno demuestra todos los días que va rumbo a ellas.

 

— ¿La lucha es hoy por más democracia y participación?

—Sí, tratar de profundizar una democracia formal, restringida, es nuestra responsabilidad para construir una alternativa popular con todos los sectores que se lo banquen. Hay que hacerlo con humildad, partiendo de una autocrítica entre los militantes y los dirigentes. Y saber que hoy tienen que confluir lo social, lo político y lo gremial. Digo: confluir lo generacional con la posibilidad de demostrar que podemos construir un país distinto. Que es posible gobernarlo sin pagar la deuda externa. Que es posible elegir un camino que será duro, pero que no dejará a la mayoría de este país marginada, arruinada. Y es aquí que hay que volver a pelear por legitimar que la deuda la paguen los ricos, porque lo que el poder logró meterle a la gente es la resignación acerca de que sólo la paguen los pobres.

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