24/05/2016

“Los pueblos deben estar siempre atentos a la conservación de sus intereses y derechos y no deben fiar más que de sí mismos”

Durante la etapa virreinal, España mantuvo un férreo
monopolio con sus colonias americanas, impidiendo el libre comercio con
Inglaterra, beneficiaria de una extensa producción manufacturera en plena
revolución industrial. La condena a la intermediación perpetua por parte de
España encarecía los intercambios comerciales y sofocaba el crecimiento de las
colonias. La escasez de autoridades españolas y la necesidad de reemplazar al
régimen monopólico, sumado a las convulsiones que se vivían Europa tras la
invasión napoleónica, llevaron a un grupo destacado de la población criolla a
impulsar un movimiento revolucionario.

 

Para febrero de 1810 casi toda España se encontraba en manos
de los franceses. Un Consejo de Regencia gobernaba la península en nombre de
Fernando VII, prisionero de Napoleón. El 13 de mayo de 1810 llegaron a Buenos
Aires las noticias de la caída de la Junta Central de Sevilla, último bastión
del poder español.

 

La autoridad que había designado al virrey Baltasar Hidalgo
de Cisneros había, por tanto, caducado y la propia autoridad del virrey se
encontraba cuestionada. Pronto Cisneros debió ceder a las presiones de las
milicias criollas y de un grupo de jóvenes revolucionarios y convocó a un
Cabildo Abierto para el 22 de mayo de 1810. El Cabildo, dominado por españoles,
burló la voluntad popular y estableció una junta de gobierno presidida por el
propio Cisneros. Esto provocó la reacción de las milicias y el pueblo. Cornelio
Saavedra y Juan José Castelli obtuvieron la renuncia del ex virrey.

 

El 25 de mayo, reunido en la Plaza de la Victoria, actual
Plaza de Mayo, el pueblo de Buenos Aires finalmente impuso su voluntad al
Cabildo creando la Junta Provisoria Gubernativa del Río de la Plata integrada
por: Cornelio Saavedra, presidente; Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Miguel
de Azcuénaga, Manuel Alberti, Domingo Matheu, Juan Larrea, vocales; y Juan José
Paso y Mariano Moreno, secretarios. Quedó así formado el primer gobierno
patrio, que no tardó en desconocer la autoridad del Consejo de Regencia
español.

 

Hemos elegido algunos extractos del pensamiento de Mariano
Moreno, uno de los más esclarecidos patriotas de la Revolución de Mayo, donde
reivindica valores todavía vigentes como la importancia de la instrucción y la
educación como método contra las tiranías, la necesidad de vigilar la conducta
de los representantes, los reparos ante las injerencias del extranjero y la
necesidad de una organización federal en el gobierno.

 

“El oficial de nuestro ejército después de asombrar al
enemigo por su valor, debe ganar a los pueblos por el irresistible atractivo de
su instrucción. El que se encuentre desnudo de estas cualidades redoble sus
esfuerzos para adquirirlas, y no se avergüence de una dócil resignación a la
enseñanza que se le ofrece, pues en un pueblo naciente todos somos
principiantes, y no hay otra diferencia que la de nuestros buenos deseos: el
que no sienta los estímulos de una noble ambición de saber y distinguirse en su
carrera, abandónela con tiempo, y no se exponga al seguro bochorno de ser
arrojado con ignominia: busque para su habitación un pueblo de bárbaros o de
esclavos y huya de la gran Buenos Aires que no quiere entre sus hijos hombres
extranjeros a las virtudes.”

 

“El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus
representantes, y el honor de éstos se interesa en que todos conozcan la
execración con que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder
para cubrir sus delitos. El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren
bien, debe aspirar a que nunca puedan obrar mal.

 

“Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus
derechos, si cada hombre no conoce, lo que vale, lo que puede y lo que sabe,
nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo
entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos, sin
destruir la tiranía”

 

“Los pueblos deben estar siempre atentos a la conservación
de sus intereses y derechos y no deben fiar más que de sí mismos. El extranjero
no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas
ventajas pueda proporcionarse. Recibámoslo en buena hora, aprendamos las
mejoras de su civilización, aceptemos las obras de su industria y franqueémosle
los frutos que la naturaleza nos reparte a manos llenas; pero miremos sus
consejos con la mayor reserva y no incurramos en el error de aquellos pueblos
inocentes que se dejaron envolver en cadenas, en medio del embelesamiento que
les habían producido los chiches y coloridos abalorios. Aprendamos de nuestros
padres y que no se escriba de nosotros lo que se ha escrito de los habitantes
de la antigua España con respecto a los cartagineses que la dominaron:

 

Libre, feliz, España independiente

Se abrió el cartaginés incautamente:

Viéronse estos traidores

Fingirse amigos, para ser señores;

Entrar vendiendo para salir mandando’”

 

Fuente: Mariano Moreno, Escritos Políticos, Buenos Aires, La
Cultura Argentina, 1915

 

“En vano publicaría esta Junta principios liberales, que
hagan apreciar a los pueblos el inestimable don de su libertad, si permitiese
la continuación de aquellos prestigios, que por desgracia de la humanidad
inventaron los tiranos, para sofocar los sentimientos de la naturaleza. Privada
la multitud de luces necesarias, para dar su verdadero valor á todas las cosas;
reducida por la condición de sus tareas á no extender sus meditaciones mas allá
de sus primeras necesidades; acostumbrada á ver los magistrados y jefes
envueltos en un brillo, que deslumbra á los demás, y los separa de su
inmediación; confunde los inciensos y homenajes con la autoridad de los que los
disfrutan; y jamás se detiene en buscar á el jefe por los títulos que lo
constituyen, sino por el voto y condecoraciones con que siempre lo ha visto
distinguido. De aquí es, que el usurpador, el déspota, el asesino de su patria
arrastra por una calle pública la veneración y respeto de un gentío inmenso, al
paso que carga la execración de los filósofos, y las maldiciones de los buenos
ciudadanos; y de aquí es, que á presencia de ese aparato exterior, precursor
seguro de castigos y todo género de violencias, tiemblan los hombres oprimidos,
y se asustan de sí mismos, si alguna vez el exceso de opresión les había hecho
pensar en secreto algún remedio”.
Algunos miopes quieren ver en esta disputa el origen de la
oposición entre unitarios y federales, alineando por supuesto a Moreno en el
rol de padre del unitarismo y a Saavedra como progenitor, ya que nuestra
historia es fanática de los padres, del federalismo. Es curioso porque
Saavedra, hombre poco afecto a la filosofía y a la escritura, no ha dejado una
sola línea en la que mencione siquiera las palabras federalismo o federación,
mientras que el “unitario” Moreno le dedica varios párrafos de su texto: Sobre
las miras del Congreso que acaba de convocarse, y la Constitución del Estado:
Allí señalaba:
“El gran principio de la federación se halla en que los
estados individuales, reteniendo la parte de soberanía que necesitan para sus
negocios internos, ceden a una autoridad suprema y nacional la parte de
soberanía que llamaremos eminente, para los negocios generales, en otros
términos, para todos aquellos puntos en que deben obrar como nación. De que
resulta, que si en actos particulares, y dentro de su territorio, un miembro de
la federación obra independientemente como legislador de sí mismo, en los asuntos
generales obedece en clase de súbdito a las leyes y decretos de la autoridad
nacional que todos han formado. En esta forma de gobierno, por más que se haya
dicho en contrario, debe reconocerse la gran ventaja del influjo de la opinión
del contento general: se parece a las armonías de la naturaleza, que están
compuestas de fuerzas y acciones diferentes, que todas concurren a un fin, para
equilibrio y contrapeso, no para oposición; y desde que se practica felizmente
aun por sociedades incultas no puede ser calificada de difícil. Este sistema es
el mejor quizá, que se ha discurrido entre los hombres”

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