25/11/2015

ATE, 63 años atrás, fue parte del proyecto sindical latinoamericanista nacido al calor de la Revolución Peronista

En las
deliberaciones, el dirigente camionero y sanjuanino José Espejo, Secretario
General de la CGT argentina, puso el énfasis, en la necesidad de conformar una
central latinoamericana. “No debe importarnos un ápice la existencia de
otras centrales; no queremos estrechar las manos encubiertas de sangre de
trabajadores, de los que están al servicio de Wall Street. Queremos levantar
todo el potencial obrero de América a efectos de reconquistar nuestras riquezas
económicas, y recuperar el intercambio, dirigiéndolo, para elevar el nivel de
la vida de los pueblos, sumidos hasta el presente en la explotación, mientras
entonan loas a sus propios verdugos”. Estos fueron argumentos de los
delegados argentinos que también pusieron de relieve la necesidad de reclamar
la participación en el seno de la (OIT), dada “la comprobación de que a
sus conferencias asisten nada más que los delegados de los gobiernos, que dicen
lo que les place, sobre los trabajadores de sus países”.

 

El dirigente
argentino de los obreros del vestido, José Alonso, puntualizó la diferencia
existente entre los derechos del hombre sustentados por la OIT, y los derechos
de los trabajadores tal como en la realidad se concretaban con el avance de la
clase trabajadora en la revolución peronista.

 

Concluidas
las deliberaciones, se resolvió la constitución del Comité de Unidad Sindical Latinoamericana
-CUSLA- “libre de toda dominación extraña, como paso previo a la creación de
una poderosa Central Obrera Latinoamericana, para defender los intereses y los
derechos de la clase trabajadora en general y afianzar la dignidad de los
pueblos, y acrecentar la soberanía de las naciones”. Tal como  años antes lo habían pregonado los dirigentes
de la ATE, Libertario Ferrari y Cecilio Conditti en una reunión celebrada en
México con fines similares.

 

Concretando
este primer paso con la creación del CUSLA, varios de quienes participaron en
la reunión, al retornar a sus países, sufrieron represalias políticas y
patronales. Despidos de sus fuentes de trabajo, en algunos casos, y en otros,
encarcelamiento.

 

Vencidos
todos los obstáculos y los intentos disuasivos por parte del imperialismo y el
stalinismo soviético, el 20 de noviembre de 1952, se realiza en México el
Congreso de Unidad, con la asistencia de 
delegados de 18 países.

 

En él se
aprobó la creación inmediata de la Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos
Sindicalistas (ATLAS), cuya sede permanente sería Buenos Aires. El nucleamiento
representa a dieciocho millones de trabajadores.

 


La
Secretaría General le correspondió al dirigente argentino, José Espejo; la
Secretaría Adjunta al chileno Rubén Hurtado; el representante de Puerto Rico,
Francisco Colón Gordiany, fue elegido Secretario de Actas; Fernando Pérez
Vidal, de Cuba, Secretario de Relaciones; Héctor Gutiérrez Zamora, de Costa
Rica, Secretario de Finanzas. La Secretaría de Organización le fue confiada a
Florencio Maya, de México, y la de Prensa y Propaganda a Tomás del Piélago, del
Perú. Para la Delegación Permanente ante la ONU y la OIT fue designado Luís
Morones. A cargo de la representación en nuestro país, quedaría el enfermero
puntaltense Héctor Di Pietro, secretario general adjunto de la ATE.

 

A fin de ser
elaborados diversos informes sobre las distintas realidades nacionales en
materia de legislación laboral, reforma agraria, discriminación racial,
problemática del transporte, niveles de industrialización, estado de
independencia, etcétera, fueron creados equipos técnicos y comisiones. A tales
efectos, y tomando una iniciativa que fuera tenida en cuenta por el Partido
Laborista argentino, son convocados técnicos e investigadores para integrar las
respectivas comisiones de estudio, quedando constituido un Departamento
Técnico. Otra novedad es el concepto adoptado de supranacionalidad con el
propósito de abordar las diversas problemáticas que son comunes a casi todos
los países.

 

Un aspecto
de importante consideración vinculado a facilitar la intercomunicación entre la
Asociación y los gobiernos fue incentivar sumar al cuerpo diplomático de cada
país, un representante obrero en la embajada, de acuerdo a la Ley de Servicio
Exterior aplicada en Argentina, en vigencia desde 1947.

 

Su
Declaración de Principios será precisa “ATLAS está y estará contra toda
forma de totalitarismo o dictadura, tanto de derecha como de izquierda, ya sea
ejercida por el capitalismo o por el Estado.

 

La
existencia de ATLAS en nuestro país, concluirá a poco de producirse  el golpe militar de la autodenominada
Revolución Libertadora. El 16 de enero de 1956 el PEN decretó la intervención
de la ATLAS, tras la detención de Héctor Di Pietro, habiendo sido el último
titular de la central obrera.

 

Para el
gobierno de facto el carácter internacional de ATLAS tenía mucho menos
significación que su identificación con el peronismo, y no podía quedar al
margen en la ofensiva que ejecutaba en contra de las organizaciones sindicales
y los cuadros del movimiento obrero en esos momentos.

 

Como
aconteció con muchos otros locales sindicales, el edificio de la ATLAS, ubicado
en la Avenida de Mayo 591, fue ocupado por infantes de marina, fuertemente
pertrechados. Sus archivos y ficheros fueron destruidos y sus bienes materiales
incautados. Paralelamente, el interventor de la Confederación General del
Trabajo, Capitán de Navío Patrón Laplacette, desvinculó a la CGT de la ATLAS,
argumentando que ésta “no ha constituido en momento alguno un organismo
auténticamente sindical, con postulados y acciones para la liberación de la
miseria económica y espiritual en que puedan estar grupos de trabajadores de
Latinoamérica”.

 

Luego del
decreto de intervención con lo que se inmovilizó el accionar de la ATLAS, y con
la disolución judicial pedida por el Ministerio de Educación y Justicia,
durante el gobierno de Arturo Frondizi, la ATLAS, francamente debilitada, fue
diluyendo su accionar, a pesar de las inyecciones directrices dadas por Perón
desde el exilio, e incluso se la borró de la memoria colectiva, con lo que las
nuevas generaciones desconocen uno de los aspectos más relevantes, por su
proyección continentalista, de la historia del movimiento sindical argentino y
latinoamericano.

 

No serán
simples expresiones de deseo las declaraciones vertidas por el primer ministro
inglés, Winston Churchill, ante la Cámara de los Comunes en 1955, una vez
conocida la caída del gobierno popular “La caída del tirano Perón en
Argentina es la mejor reparación al orgullo del Imperio y tiene para mí tanta
importancia como la victoria de la segunda guerra mundial, y las fuerzas del
Imperio Inglés no le darán tregua, cuartel ni descanso en vida, ni tampoco
después de muerto”.

 

Con la caída
del Gobierno popular, se diluía el primer intento de integración
latinoamericanista proyectado desde la participación de la clase trabajadora.
Un sueño que se diluye en parte, debido a la desmedida dependencia política al
gobierno que le diera sustento, y las limitaciones que de ello se desprenden   impidiendo 
al movimiento obrero reformularse una dinámica independiente que fuera
capáz de garantizar la continuidad y despliegue de ATLAS, incluso, en defensa
del gobierno del Gral Perón.

 

* Por Daniel
Parcero, autor de la Historia de la ATE e integrante como investigador del
Departamento de Cultura del CDN

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