Pensamiento Crítico
PENSAMIENTO CRITICO

2019-01-08

Disparen contra la democracia


A modo de balance, y pensando en las expectativas para este año que comienza, el dato político de 2018 es que la valoración de la democracia en América Latina es la más baja desde 2001. Además, las posiciones autoritarias, con el ejemplo elocuente de la llegada de Jair Messias Bolsonaro a la presidencia de Brasil, recogen cada vez más adhesiones.


Por Mariano Vázquez


Latinobarómetro, que monitorea 18 países de América Latina desde 1995, reveló en su última encuesta regional de 2018 que sólo el 48 por ciento de los encuestados considera que “la democracia es la forma preferible de gobierno”. Un año antes, el registro era del 53 por ciento. Se trata del quinto descenso consecutivo desde 2010 cuando la cifra alcanzó el 61 por ciento. Asimismo, la indiferencia ante la posibilidad de vivir bajo un régimen democrático o autoritario ascendió al 28 por ciento, tres puntos más que en 2017.

 

Números preocupantes que van de la mano de una creciente ola de intolerancia, xenofobia, racismo, misoginia, homofobia, violencia que se extiende por todo el planeta. No es casual que este cóctel letal haya derivado en la llegada al poder de formaciones neofascistas.

 

El ejemplo más preocupante en América fue el de la elección de un candidato abiertamente fascista como Jair Messias Bolsonaro en Brasil. El país más poblado de la región, que constituye una de las 10 economías del mundo y con una importancia geoestratégica en el concierto internacional de naciones mudó hacia posiciones rancias. La deriva de Brasil contagiará el escenario electoral de 2019.

 

La exacerbación del miedo al otro, del odio al otro, llevará al crecimiento exponencial de posiciones intolerantes. Votación tras votación, el fanatismo ocupa más espacios. Ya es parte de los ejes de campaña de la mayoría de las formaciones de derecha en América Latina. Bolsonaro exportó el fascismo a la región. Su discurso xenófobo, misógino, homófobo y racista se complementa con los principios ultraconservadores de la escuela económica de Chicago.

 

El neofascismo que macartiza y odia se asocia hoy al ultraliberalismo que ajusta, privatiza y quita derechos.

 

La larga noche dictatorial que sufrieron en diferentes oleadas la gran mayoría de los países latinoamericanos parece entrar en el terreno de la desmemoria. El gabinete ministerial que posesionó Bolsonaro en Brasil tiene nueve integrantes de veintidós que son miembros de las Fuerzas Armadas o trabajaron en instituciones militares. Además, un capitán (el propio Bolsonaro) y un general (Hamilton Mourão) retirados gobiernan el gigante sudamericano desde el 1º de enero.

 

La pérdida de consenso de que la democracia es la mejor forma de gobierno no sólo ocurre en América, también en Europa, testigo mudo de la caída en el olvido del consenso de paz duradera de la posguerra, como así también el genocidio nazi. 


En la actualidad, siete países de la Unión Europea tienen a la extrema derecha gobernando en solitario o en coalición. Suecia, pese a su elogiado Estado de Bienestar, es el último ejemplo. El partido xenófobo Demócratas Suecos obtuvo en las elecciones de septiembre el 17 por ciento de los votos y 62 escaños.

 

Formaciones neofascistas gobiernan en Austria, Italia, Polonia y Hungría. En Holanda se quedaron en la puerta; en Francia ya han disputado la segunda vuelta. En Alemania, que tras el genocidio nazi no tenía formaciones de extrema derecha, por primera vez una coalición nostálgica del fascismo ingresó el año pasado en el Bundestag con más del 12 por ciento de los votos.

 

La tendencia es alarmante: ya son diecinueve los parlamentos en Europa con representación ultraderechista. En once países del viejo continente estas formaciones políticas ya superan el 15 por ciento de los votos y van por más.

 

Recordemos que América Latina inició un período inédito de gobiernos de izquierda muy heterogéneos. Comenzó en 1998 con la victoria de Hugo Chávez y decantó, como nunca antes en la historia, en la llegada al poder de líderes populares como Lula da Silva (Brasil), Néstor Kirchner (Argentina), Tabaré Vázquez (Uruguay), Evo Morales (Bolivia), Daniel Ortega (Nicaragua), Rafael Correa (Ecuador), Mauricio Funes (El Salvador), Manuel Zelaya (Honduras), más la resistente presencia de Cuba.

 

Construyeron procesos socio-políticos inclusivos de ruptura con el Consenso neoliberal de Washington y una integración latinoamericana que sólo habían anhelado dos siglos atrás los soñadores de la Patria Grande.

 

Hace unos cinco años, la derecha salió de su aturdimiento. Aliada a un aceitado aparato mediático-judicial, trabajó para suceder a estos gobiernos. Lo logró en Argentina, Brasil, Ecuador y Honduras. Además sumó al cónclave conservador a Chile, Perú, Colombia y Paraguay. La excepción: México, que tras un oscuro período PAN-PRI, alumbró la llegada a la presidencia del progresista Andrés Manuel López Obrador.

 

México y Brasil, los dos países más poblados de América Latina, las dos economías más grandes y los centros de pensamiento con más influencia en la cosmovisión regional y mundial presentan hoy una lucha de titanes por el sentido político en un continente en reyerta. Además, las prácticas y discursos entre Bolsonaro y López Obrador no podrían ser más disímiles. Los rumbos de sus administraciones serán claves en las campañas de la nutrida agenda electoral que la región tendrá en 2019.

 

Este año habrá elecciones presidenciales en El Salvador (3 de febrero), Panamá (5 de mayo), Guatemala (19 de junio), Argentina y Uruguay (27 de octubre) y Bolivia (octubre), en el contexto de mayor deterioro del aprecio ciudadano por la democracia desde la caída de las dictaduras.

 

La gestión autoritaria que inicia Bolsonaro será turbulenta. El plan de ajuste salvaje, más privatización, más persecución a opositores, sólo se garantizará con violencia. La tentación de Bolsonaro, en la dificultad de su agenda, será la represión y el autoritarismo.

 

AMLO también inicia un proceso complejo en un país azotado por la violencia estatal y paraestatal. Sus vientos de cambio y espíritu soberano generan esperanza.

 

En este tablero geopolítico se juega el rumbo cultural de la región.


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