Pensamiento Crítico
Francia

2018-12-11

Agua quieta, corre profunda


El movimiento empezó en voz baja hasta que su aullido jaqueó al gobierno tecnócrata de Emmanuel Macron. Desde los medios y la casta política buscaron demonizarlo. La arrogancia ante la rebelión de los excluidos de siempre convirtió a los “chalecos amarillos” en emblema. Ya no se trata solo de un reclamo sectorial.


Por Mariano Vázquez


La rebelión de los chalecos amarillos luminiscentes (los automovilistas deben llevarlo obligatoriamente para casos de emergencia en la ruta) comenzó silenciosamente, a través de las redes sociales, con el objetivo de oponerse al aumento de los impuestos en los combustibles. En apenas cuatro semanas lograron frenar la medida, obtuvieron la atención mundial y ya tienen adherentes en Bélgica, Holanda y España. Adicionalmente, la soberbia de Macron los elevó del reclamo sectorial al integral: ahora cuestionan la injusta distribución de la riqueza en Francia, piden una asamblea de ciudadanos para cambiar el rumbo socio-económico y la dimisión del primer mandatario.

 

Con justicia, el joven Macron—el 21 de diciembre cumplirá 41 años—  fue bautizado como el “presidente de los ricos”. A pesar de que en 2017 Francia ocupó el quinto puesto mundial en  generación de riqueza, su año y medio de mandato fue a pura concesión a las clases dominantes. Indignó su decisión de modificar el impuesto a las grandes fortunas, que dejó en las arcas de los millonarios seis mil millones de euros mientras le exige sacrificios al resto de la población.  

 

Varias frases del presidente revelan el desprecio hacia los ciudadanos. Ha dicho sin sonrojarse que "basta con cruzar la calle para encontrar trabajo", "los obreros son unos analfabetos" o que "los franceses son caprichosos y refractarios a los cambios".

 

La soberbia tecnócrata ha sido derrotada por un movimiento que ha logrado sortear las etiquetas clásicas. No tiene líderes visibles ni estructuras organizativas tradicionales. Encuestas de opinión muestran que entre el 70% y el 77% de los franceses apoyan a los chalecos amarillos.

 

Injusticia fiscal

 

En diálogo telefónico con el filósofo francés Frédéric Calmettes, éste apunta a que la “arrogancia y desconexión de la realidad de Macron añadió más ira a la ira ya existente porque la ciudadanía observa que hay injusticia fiscal. En 18 meses de mandato siempre privilegió a los ricos y a las empresas y los chalecos amarillos lograron representar esa cólera hacia las élites políticas”.

 

Destaca como un valor la heterogeneidad de los chalecos amarillos: “Son un núcleo de gente muy diversa, sin organización, sin trabajo, jóvenes de barrios desfavorecidos y, sobre todo, trabajadores con grandes dificultades para sobrevivir y es esta última categoría la que cambia las variables políticas. Esta clase media, principalmente periférica a las grandes ciudades, que hasta los ´90 tuvo un trabajo que la protegía de la pobreza, hoy ya no tiene contención. Estas personas no ven un futuro aunque estén integradas socialmente. Tienen la impresión de que trabajan para pagar cada vez más impuestos, mientras que en los últimos 30 años los servicios públicos se han deteriorado y el déficit público va en aumento”.

 

Complementa esta mirada Federico Bellido, profesor de Historia de España y Análisis de la Imagen en la Universidad Grenoble Alpes: “El problema con los chalecos amarillos es que es un movimiento impredecible y yo no me aventuraría a hacer pronósticos sobre su futuro, se trata de un movimiento lo suficientemente heterogéneo y variado (así como lo son las regiones en las que se encuentra más implantado) como para afirmar que puedan seguir una dirección concreta, es pronto para hacer pronósticos, pero sí han marcado un punto de inflexión en la sociedad francesa”.

 

“Hay que estar atentos a las próximas movilizaciones para ver si se repite la espiral de acción-represión de los dos últimos fines de semana, sobre todo del último, puesto que el gobierno también ha sobrepasado de largo y de forma grave el límite del respeto de los derechos humanos más elementales, como la libertad de movimiento, de manifestación y de presunción de inocencia (realizando miles de detenciones preventivas sin pruebas de comisión de delito); más allá del despliegue inédito y completamente irracional y desproporcionado de 89.000 policías”, amplia Bellido.

 

Calmettes también subraya otro argumento muy repudiado de Macron: “Dice que aumentar los salarios destruye el empleo y después aumenta los impuestos con el pretexto de la ecología, pero no tiene una política ambientalista. Ahora está atrapado en su estrategia de vaciar de contenido la política e ignorar a las clases media y baja. Ahí reside el problema de confianza entre la gente y el gobierno. Los chalecos no quieren ser ‘recuperados’ por los partidos y los sindicatos y el gobierno no sabe qué y con quién negociar”.

 

Afirma también que en la historia de Francia hay una conexión entre las rebeliones y las cuestiones impositivas: “La Revolución de 1879, antes de derrocar al rey, comenzó con una revuelta contra los impuestos. Todas las revueltas en Francia, excepto el mayo del 68, están vinculadas al sentimiento de injusticia fiscal. Al principio, los chalecos solo tenían reivindicaciones de ‘consumidores y de ahí la rebelión. Hoy el movimiento de los chalecos escapa a todos. El gobierno no ha tomado rápidamente las medidas necesarias para calmar la ira y es tarde ya, lo cual complica peligrosamente el fin de la crisis. Todo es incierto y es probable que el ganador de todo esto sea la extrema derecha, como en Italia”.

 

Tarde y mal

 

Un mes después de la primera marcha de los chalecos amarillos, el presidente francés decidió enviar un mensaje televisado a la población. Propuso aumentar 100 euros el salario mínimo para 2019, cancelar los impuestos para jubilaciones menores a los 2000 euros, dejar exentas de impuestos las horas extras a partir de 2019 y pedir a los empresarios que paguen un bono de fin de año.

 

Bellido señala que “los gestos anunciados no van a colmar los deseos y demandas sociales”. Y amplia: “Por primera vez, Macron, desde su llegada al poder, dejó su arrogancia a un lado para mostrarse comprensivo e incluso pedir perdón por sus anteriores comentarios. De todas formas, no creo que sus anuncios hayan servido para calmar los ánimos de un movimiento imprevisible que en un mes ha franqueado varias etapas en su proceso de toma de conciencia y ha abrazado reivindicaciones y demandas que eran impensables en su origen”.

 

- ¿Cómo han tratado los medios a los chalecos amarillos?, le pregunto a Bellido

 

- Ha sido detestable. Las cadenas televisivas de información continua, como 24 horas y BFMTV,  han sido duramente criticadas, sus periodistas insultados y repudiados por los manifestantes por la tergiversación y descalificación contra el movimiento. En cuanto a las cadenas públicas y otras privadas de más prestigio, si bien se enmascaran bajo el rigor profesional, han hecho uso en demasía de la figura del chroniqueur (comentarista o analista) para desacreditar al movimiento sin manchar su imagen, pues se trata de opiniones de las que la cadena no se hace responsable. En cuanto a la prensa escrita y la radio han sido más profesionales aunque tienen menos influencia mediática.

 

- Evidentemente los agarró por sorpresa.

 

- No estaban preparados ni la vieron venir. Se encontraron con el fenómeno y en lugar de intentar comprenderlo, analizarlo, prefirieron descalificarlo achacándoles adjetivos muy duros, antiecologistas o escépticos con el cambio climático, o antisolidarios como que solo piensan en llenar su tanque de gasolina. Los acusaron de ser partidarios de la extrema derecha o votantes del Frente Nacional, sin embargo, tal como iba creciendo y ganando importancia, se dieron cuenta que era muy heterogéneo y comenzaron a invitarlos a los platós, redacciones, para cambiar la estrategia y desacreditarlos ahora por el infantilismo e inocencia de sus demandas, de sus argumentaciones y de sus propuestas, así como por la falta de organización y ausencia de representantes. En una segunda fase se trató de decirles, en pocas palabras, que no habían entendido nada, que los impuestos eran necesarios porque el cambio climático es una realidad y la transición energética no podía esperar. Sin embargo, el movimiento ha sabido desarrollarse y crecer con bastante rapidez, dando contenido y fortaleciendo su argumento, diversificando y ampliando el marco de sus demandas, volviéndose más inclusivo y más simpático de cara a la opinión pública pesar de la violencia y los intentos de criminalizarlos.

 

Las medidas anunciada por Macron son insuficientes y a destiempo. No hubo anuncios para los sectores que vertebraron las protestas: los jubilados, los trabajadores y el movimiento estudiantil. No toca los insultantes beneficios para los sectores concentrados de la economía ni atiende los reclamos sociales de redistribución de la riqueza en un país con desempleo que ronda el 9% y con la presión fiscal más alta de los 28 países que integran la Unión Europea.


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