Institucionales
CONGRESO CINCUENTENARIO DE CLATE

06/03/2017

Declaración de Cartagena de Indias


Texto completo de la Declaración del Congreso Cincuentenario de la CLATE que tuvo lugar en la ciudad de Cartagena de Indias, del 24 al 27 de febrero.


PRENSA CLATE



Declaración de Cartagena de Indias
Congreso Cincuentenario de la CLATE

En el marco del centésimo aniversario de la Revolución Rusa y la promulgación de la Constitución de Mexicana, se realiza el Congreso Cincuentenario de la CLATE. El impacto de estos trascendentales hitos históricos desencadenaron, como respuesta del mundo del capital a los avances sociales, la creación de la OIT en 1919 y luego la creación de distintas formas de estado de bienestar social.

Este Congreso Cincuentenario de CLATE tiene lugar en un momento de particular trascendencia para los trabajadores y las trabajadoras de la región y del mundo. En efecto, podemos afirmar que estamos transitando por una etapa de recrudecimiento de la ofensiva del capital sobre el trabajo, a escala planetaria. Etapa que por ponernos frente a nuevos datos de época nos obliga a reflexionar sobre la certeza de las distintas categorías de análisis con las que nos manejamos.

Sin pretender establecer una caracterización pormenorizada de la etapa, sí podemos detenernos en algunos rasgos novedosos de la misma. El contexto mundial evidencia problemas tales como el hecho de que los límites de la globalización capitalista y el descontento que genera, tienden a expresarse en variantes ultraconservadoras en los propios países centrales.  En efecto, el Brexit en el Reino Unido, la derrota de la reforma política de Mateo Renzi en Italia, el ascenso de Trump a la presidencia de EEUU, las próximas elecciones en Francia donde el freno al Frente Popular de Le Pen queda en manos de la derecha neoliberal globalizadora, son claras expresiones de que la impugnación al orden mundial neoliberal que se afirmara después de la Caída del Muro están enmarcadas dentro del ideario de la derecha.

En nuestra región, las evidentes dificultades que atravesaron y atraviesan las experiencias de gobierno que nacieron al calor de las movilizaciones populares, que impugnaron las consecuencias del modelo propuesto por el consenso de Washington y el neoliberalismo más salvaje (con el claro ejemplo del rechazo al ALCA), también nos invitan a una reflexión.

Evidentemente estas experiencias presentaron características disímiles, donde algunas enunciaron propuestas que pretendían trascender los marcos del capitalismo y llevaron adelante procesos constituyentes que impusieron importantes cambios en las Constituciones liberales vigentes, convivieron con propuestas centroizquierdistas que se proponían “humanizar” el capitalismo, con otras que sólo se propusieron construir “un capitalismo serio". Pero lo que no podemos es soslayar es que esas dificultades existen y que asistimos a una pérdida de la hegemonía relativa, es decir a la incapacidad de construcción y sostenimiento del consenso interclasista que caracterizó su etapa de consolidación.

Tampoco desconocemos que el agotamiento del ciclo de elevados precios de materias primas y commodities, que constituyen el núcleo central de nuestras exportaciones se agotó generando una etapa de estrechez fiscal para nuestras economías. Pero el no haber trasformado una matriz productiva primarizada, sostenida en un extractivismo depredador del medio ambiente, confiando en que los elevados precios internacionales no se alterarían, además de un desconocimiento del comportamiento de estos mercados, es una responsabilidad de estas gestiones. En efecto abrazar el modelo de un neodesarrollismo extractivista permitió, durante el ciclo de elevados precios, generar políticas redistributivas sin afectar seriamente a los grupos locales dominantes, resignando una mayor captura de renta por parte de los Estados lo que hubiera permitido transformar la matriz productiva.

Las dificultades descriptas abrieron el camino una ofensiva liberal conservadora en la región,  con éxitos apreciables, por métodos democráticos como en Argentina y Perú, o con métodos de golpe institucional (Paraguay y Brasil) o estrategias mixtas que incluyen el acoso institucional y corporativo con el agregado de la movilización de sectores de la sociedad como en Venezuela.

En general, los gobiernos intentaron incorporar a los movimientos sociales, pero sin permitirles mayores cuotas de poder, beneficiándolos pero subordinándolos al mismo tiempo, o promoviendo la división cuando esto no ocurría. No fueron pocas las veces que desde la gestión gubernamental se descalificó y enfrentó la protesta de trabajadores y movimientos cuando expresaba disconformidad con el rumbo que el proceso tomaba. Este fenómeno no tuvo iguales características en término de daño a la organización popular. Pero la posición de los movimientos sociales frente a los gobiernos, fue el factor que interpeló a todos por igual, y caracterizó su desarrollo o estancamiento.

Pérdida de hegemonía que abre la puerta a una derecha aggiornada en su discurso público. Que enarbolando un supuesto republicanismo, respeto a los derechos de las minorías, preocupación por las condiciones de vida de los sectores más postergados, vuelve a hacernos escuchar los cantos de sirena al libre comercio, a la apertura al mundo. Y para lo cual recicla recetas ya conocidas: para ganar competividad, debemos achicar los déficit fiscales y reducir los costos laborales. Es decir la supuesta competitividad de nuestras economías se ganará con las conocidas recetas de ajuste.
Sin pretender dar una única respuesta a un panorama de extrema complejidad, creemos que desde los trabajadores nos debemos profundizar un debate político e ideológico para asumir las dificultades que hoy afrontan las propuestas transformadoras. En efecto para aquellos que asumimos concepciones emancipatorias y antisistémicas, no tenemos dudas de que el capitalismo no resuelve los problemas de la humanidad. Pero también debemos asumir, independientemente de las valoraciones, que en cada caso correspondan, las experiencias que en nombre de los socialismos reales se han llevado adelante, tampoco han podido hacerlo.

Es más, para aquellas propuestas, valorables por cierto, que pretendieron formular un paradigma  civilizatorio equidistante de las propuestas que se enfrentaron desde el fin de la segunda guerra mundial y la Caída del Muro de Berlín, hoy transitan la dificultad de tener que definirse al centro entre la propuesta globalizadora y un modelo de sociedad que se desfondó. Para ser explícitos, creemos que en la ausencia de un paradigma que haga de lucha contra todas las desigualdades y todas las asimetrías, la clave de construcción de nuevos modelos de sociedad, hay que buscar una de las razones por las que la disputa sobre quién conduce la construcción de un nuevo orden mundial, se dan en el tablero ideológico de la derecha. Aún la aparición de la República Popular China en esta disputa, no permite generar expectativas acerca de un orden distinto. Baste recordar la encendida defensa de la globalización y la apertura comercial a escala mundial que el presidente Xi Jinping hiciera en último Foro Mundial de Davos, defensa que le valiera recibir los más encendidos elogios en la cumbre globalizadora.
   
En este panorama se inscribe lo que definíamos al comienzo como ofensiva generalizada del capital sobre el trabajo. De sobra conocemos que la lógica de reproducción capitalista se basa en garantizar una creciente tasa de ganancia, para lo cual siempre echa mano a aumentar la explotación sobre los trabajadores. De tal forma, son cada vez más escuchados los llamados a mejorar la productividad que no esconde otra cosa que incrementar la plusvalía relativa, a disminuir los costos laborales que como ya conocemos encierra un ataque al conjunto de las conquistas laborales y en especial a la seguridad social en su conjunto.

Vale la pena dejar en claro que la aparición de variantes proteccionistas netamente conservadoras en las potencias capitalistas, no alteran este cuadro de ofensiva. En efecto, la aparición de Trump lo confirma. Más allá de los ataques xenófobos contra los hermanos mexicanos, en sus primeras medidas para recuperar la “grandeza de EE.UU”, dio vía libre a la construcción de dos gasoductos que se encontraban frenados por fuertes cuestionamientos ambientales. Así mismo en su supuesta ofensiva para que las automotrices radiquen en su territorio las inversiones, no sólo prometió liberar regulaciones ambientales sino también laborales.

Las nuevas experiencias neoliberales que accedieron a los gobiernos en la región, rápidamente hicieron profesión de "fe neoliberal", dejando en claro que transitarán los pasos que sean necesarios dar para “abrirse al mundo”, es decir, incorporarse al proceso globalizador. Para lo cual,  no sólo rápidamente avanzan en ajustes fiscales y profundizan el avance contra los derechos laborales con el declarado objetivo de aumentar la productividad, sino que profundizan el deterioro de las capacidades regulatorias de nuestros Estados para garantizar la incorporación a las estrategias de libre comercio. Estrategias que seguramente sufrirán realineamientos a la luz de lo ya descripto, pero en lo que se refieren a la inserción de nuestros países poco cambiarán.

Vale aquí citar recientes declaraciones de la canciller de Alemania, que tras los tropiezos del TTP y el TTIP juzga muy propicio avanzar en los tratados de entendimiento de la Unión Europea con nuestra región, eso dejando en claro que el reclamo para abrir las fronteras agrícolas de UE va llevar más tiempo. Otro de los que no sólo no cambiará sino que se vislumbra como uno de los tratados que tomará fuerza en el tiempo próximo es el TISA (Tratado de Libre Comercio de Servicios). Este tratado intenta eliminar o reducir al máximo las fronteras económicas internacionales, los sistemas regulatorios que preservan los derechos de los trabajadores y el papel de las empresas y servicios públicos. Todo lo cual genera pérdidas significativas de soberanía nacional y derechos democráticos.

Estas iniciativas pretenden transformar los espacios geográficos que constituyen nuestras naciones en mercados, donde se produzcan y comercien mercancías y servicios articulados a escala mundial, convirtiendo a los Estados en meros administradores de esos territorios. La incorporación a este proceso impone la desarticulación de las funciones que el Estado mantiene, no sólo en la prestación de servicios esenciales, sino también en sus capacidades de regulación sobre los grupos más concentrados del poder económicos. Queda claro que estas estrategias buscan avanzar en la mercantilización de los servicios y en la transformación del poder de intervención estatal en un mero garante de la inmunidad del capital.

Los trabajadores y trabajadoras del Estado, de sobra conocemos las recetas que se implementan para aplicar estos modelos: ajustes, desmantelamiento de áreas completas de gestión Estatal, despidos y mayor precarización laboral. No tenemos dudas de que las acciones y políticas públicas que hoy se gestionan desde las distintas áreas estatales, lejos están de satisfacer las necesidades de nuestros pueblos. Nadie mejor que quienes día sostenemos su funcionamiento con nuestro trabajo cotidiano para saberlo. Pero tampoco dudamos en afirmar que las trasformaciones que nuestras sociedades reclaman y disputan por un rol del Estado puesto al servicio de esas transformaciones, no vienen de la mano del ideario neoliberal.

Sabemos de sobra que los ajustes y recortes fiscales afectan nuestra estabilidad laboral y obturan las posibilidades de lograr mejoras salariales que nos permitan una vida digna. Pero también tenemos en claro que cuando se desmantela un área del Estado, cuando se aplican recortes y se despiden trabajadores, las políticas públicas se resienten, los servicios a la comunidad se resienten.
Por eso, hemos enfrentado el resurgir en muchos de nuestros países de una campaña de desprestigio y estigmatización, que tratan de enfrentar al trabajador estatal con el resto de la comunidad, buscando condiciones de legitimidad a las políticas de ajuste y despido, y orgullosamente hemos dicho “soy estatal y mi trabajo son tus derechos”.

Debemos redoblar nuestros esfuerzos para enfrentar los intentos de desarticular las capacidades de intervención estatal para ponerlo al servicio de los grupos de poder y sus intereses, y así convertirse solo en el garante de servicios básicos para aquellos que no puedan pagarlos. Para los demás estará el mercado. En ese camino vuelven a aparecer iniciativas sobre supuestos seguros universales de salud o prestaciones básicas de seguridad social. En esta lucha debemos estar dispuestos a articular debates e iniciativas con otras organizaciones de trabajadores y trabajadoras, y con distintos movimientos sociales, dejar en claro que estas propuestas por más que vengan de la mano de un discurso modernizado y marquetinero están inscriptas y tendrán los mismos efectos que las propuestas neoliberales.

Decíamos al comienzo que este Congreso de nuestra CLATE se realiza en un momento de especial trascendencia para los trabajadores, y como tal nos abre importantes posibilidades de crecimiento. Nuestras organizaciones tienen una larga historia en la conquistas de mejores condiciones laborales y enfrentando los avances de los gobiernos sobre nuestros derechos. Pero la nueva etapa económica y política que vivimos en la región nos da la oportunidad de profundizar nuestro debate político e ideológico sobre cómo y con quiénes articular estrategias que no sólo frenen este avance de características conservadoras, sino también cómo comenzar a delinear transformaciones que superen este orden social injusto.

Hoy las transformaciones que se viven en el mundo del trabajo tienden a incorporar cada vez más la precariedad y la fragmentación de las áreas de trabajo y la tercerización aún en el mismo ámbito estatal. Nuestras organizaciones deberán estar en capacidad de debatir cuál es el modelo de organización, de acuerdo a cada realidad, que permitan potenciar nuestra capacidad de intervenir en esas condiciones.

Sabemos que a las crisis económicas se las enfrenta con políticas muy distintas a las que nos proponen. El desarrollo productivo que industrialice nuestras economías nos permitiría transformar la matriz extractivista con bajo valor agregado y con ello se abrirían otras posibilidades de inserción, no subordinada, a escala mundial. Lejos de aplicar políticas de austeridad que sólo profundizan ciclos recesivos, el pleno empleo, salarios y jubilaciones dignas dinamizan las condiciones de un mercado interno que impulsa el crecimiento con condiciones de igualdad. Garantizar el acceso a prestaciones de salud pública de calidad, a la educación pública, y políticas amplias de seguridad social, no generan déficit fiscal, sino que aseguran las condiciones de reproducción de la sociedad para todos y no sólo para aquellos que puedan pagarlos.

Sabemos que enfrentar estas políticas que con distinta intensidad se llevan adelante en nuestros países e imponer trayectorias distintas nos lleva a avanzar en mayores grados de unidad y articulación internacional y en particular en nuestra Patria Grande Latinoamericana y Caribeña. Lamentablemente, los avances que durante la experiencia “progresista” se dieron en el camino de la integración regional, quedaron circunscriptos a aspectos de integración política. Así, logros trascendentes como la creación del ALBA, la UNASUR o CELAC que permitieron instalar en el imaginario colectivo de la región el Sueño de la Patria Grande, que hicieron posible que la gloriosa CUBA presidiera la CELAC y que tuvieron fundamental incidencia en el cambio de actitud de la administración Obama hacia Cuba quedaron inconclusos.

No se avanzó en una integración económica, financiera, energética y alimentaria que hubiera permitido enfrentar de otra forma, con otra fortaleza el ciclo de precios a la baja de nuestras exportaciones, y que al mismo tiempo habría dotado de mayor fortaleza a nuestras monedas frente al dólar.

Si como creemos, experiencias de cambio profundo en la región, tienen como condición de posibilidad una verdadera integración regional, nuestra CLATE es un actor fundamental en esta tarea. No sólo por el lugar que como organización de trabajadores ocupamos, sino porque orgullosamente podemos exhibir nuestros cincuenta años de vida demostrando que es posible construir unidad e integración, rompiendo con esquemas de división a pesar de nuestra diversidad.

No tenemos dudas de que la realización de este Congreso será de fundamental importancia, no sólo para ratificar la voluntad de lucha en defensa de nuestros derechos laborales, profundizar el internacionalismo que nos caracteriza y el compromiso de articulación con múltiples organizaciones y movimientos sociales, campesinos, ambientalistas, indígenas, de género y todos aquellos que luchan denodadamente por un ideal igualitario.

Nuestros debates y resoluciones fortalecerán nuestra organización, nos dotarán de mejores herramientas para enfrentar esta nueva oleada de políticas de ajuste, y nos permitirán delinear un modelo de Estado puesto al servicio de las mayorías populares. Pero sin lugar a dudas, serán un aporte trascendente a la hora de discutir un nuevo modelo de sociedad. Donde no sea más fácil imaginar que el planeta está en riesgo si no cambiamos el sistema capitalista, que imaginarnos otro sistema donde no existan ni explotadores ni explotados.




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